sábado, 6 de octubre de 2007

Praga, la joya de la corona

Por fin, escribo unas líneas desde la inmaculada y bella ciudad de Praga. Decía Goethe que era la piedra más preciosa de la corona de las ciudades europeas, y se quedaba corto. Aquí todo se saborea: las calles empedradas como serpientes infinitas, los tranvías nerviosos, la lluvia traicionera y, por supuesto, la cerveza. Es el caldo vital de toda su actividad; estoy convencido de que el río Moldava, que divide la urbe perpetuamente, es pura y densa cerveza negra. Nada más poner pie en Praga, se percibe un evidente acogimiento, que sin duda surge del visitante, pues los anfitriones desprecian sistemáticamente a todo aquel que no habla checo a nivel de catedrático. Aquí el frío es inversamente proporcional a la simpatía. Es más fácil ver el sol huidizo que una sonrisa o un mínimo gesto de calidad humana. Incluso entre ellos se tratan con cautela, miedo quizás, como si demostrar afecto o alegría fuera un delito penado con cien latigazos. La gente joven, al menos, se muestra más hospitalaria y familiarizada con el inglés. Pero volviendo a la ciudad en sí, es difícil objetar algo. Praga es un lugar hechizado que emana auténtica magia, sortilegios que se inyectan en quien la recorre como una dulce dosis de sosiego. La ciudad encantada. Además del jolgorio o la dicha, parece estar prohibida la fealdad; no hay calle del centro y muchos otros barrios que no tenga una hilera de casas impolutas y llamativas, cada una distinta de la siguiente y la anterior, con un patrón tan poco armónico a veces que eleva el conjunto a una maestra creación. En los rincones se amontonan los hechizos que sin duda levantaron Praga. Es casi alucinógeno ser la savia de sus calles. Los lugareños, tras su rictus impenetrable, deben de padecer lo mismo, aunque lo disimulan muy bien. Según veo, está más de moda pasear con un perro miniaturizado de ojos saltones entre los brazos, o en una bolsa de viaje, donde sea excepto en el suelo azabache, como el resto de los perros del mundo. La próxima vez que salga al exterior haré como ellos, intentaré ocultar con caras de perro la ilusión de vivir aquí, y con suerte alguien me cogerá en brazos y me paseará de lado a lado.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La sinuosa senda de la pluma

Preguntando se llega a Roma, decían. Y también al origen de las estirpes, digo yo ahora. Aprovechando el estío y las reuniones familiares, he indagado en tiempos pretéritos, concretamente en los menesteres de mis antepasados inmediatos, y he descubierto el por qué de mi afición por la palabra; esa mosca no me picó a mí, yo sólo he heredado el delicioso veneno de manos de quien sufrió la picadura. Por él empiezo a desentrañar esta saga -someramente, eso sí -, ya que fue el primero y el más ilustre.

Mi tío tatarabuelo, Modesto Sánchez Ortiz, natural de Aljaraque, fue un conocido periodista de finales del siglo XIX. Publicó varios libros sobre esta práctica, y aunque seguramente hizo muchas más cosas de las que he podido averiguar, sí ha trascendido la más notable de ellas: el por entonces presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, le recomendó como director al Conde de Godó, propietario del periódico La Vanguardia, y éste aceptó. Por entonces era poco más que un diario caciquil que publicaba avisos de prensa, y gracias a su docta mano empezó a convertirse en lo que es ahora. Tras acceder a la dirección en 1888 comenzó a hacer de La Vanguardia un periódico moderno y profesional, más alejado de la política, e incluyó como colaboradores fijos y esporádicos a intelectuales y artistas de la época, entre los que figuraba el ilustre pintor Santiago Rusiñol, buen amigo suyo, quien le pintó el siguiente retrato, allá por 1898.

Abrió sus páginas a todas las manifestaciones artísticas y a las personas más representativas de la sociedad, creando una nueva filosofía de trabajo que sus sucesores fueron perfeccionando hasta terminar de hacer La Vanguardia un diario al nivel de los más ilustres. Con la cautela de quien no ha visto con sus propios ojos, me atrevo a decir que realizó un meritorio trabajo.

En él empieza la dinastía periodística, pero lógicamente no acaba. Su hermano menor, mi tatarabuelo, Gerardo Sánchez Ortiz, también se dedico a la disciplina. Fue periodista, corresponsal de varios periódicos extranjeros, franceses y portugueses sobre todo, y uno de los fundadores de la Asociación Nacional de la Prensa. Al final de su vida cultivó una curiosa manía: mientras leía un libro, tras finalizar una página, en vez de pasarla y unirla al montón de las ya vistas, la arrancaba sin contemplaciones.

Su primogénito, mi bisabuelo, Modesto Sánchez Monreal, fue precisamente vocal de la Asociación de la Prensa, además, como no, de periodista. Creó la agencia Notisport, de temática deportiva, y la agencia de noticias Febus, la cual, tras unirse a la agencia Fabra, dio lugar a la por hoy todos conocida agencia EFE. Algunos niegan este punto de partida, y añaden que se llama así por ser ésta la inicial del nombre y el apellido del Caudillo, pero según he leído, tomó esa denominación al ser la primera letra de las dos agencias que la originaron. Así mismo, fue redactor del prestigioso periódico La Voz, al igual que de su versión vespertina El Sol. El carácter deliberadamente liberal de la publicación le costó la condena a muerte, aunque afortunadamente sólo pasó unos años en la cárcel. Su hermano Fernando, sin embargo, sí fue asesinado. Era también periodista, el otro fundador de Febus, y padre del hoy famoso presentador y escritor Fernando Sánchez Dragó. La hermana de mi bisabuelo, Alicia Sánchez Monreal, no siguió los pasos de sus dos hermanos, pero dio a luz a la conocida escritora Lourdes Ortiz.

Y por último, desmenuzando los estratos que sí he tenido la suerte de conocer, revelaré que mi abuelo -de nombre Modesto, como os podéis imaginar- fue también periodista, aunque ejerció sólo de colaborador, en periódicos como Las Provincias. Si bien mi madre, aun siendo amante de las letras, optó por la filología, mi tía y madrina sí continuó la tradición, y hoy trabaja en el gabinete de prensa de una conocida empresa nacional. No, ella no se llama Modesta, si es lo que estáis pensando.

Y yo, pues… tengo este blog.


Por el momento…

jueves, 13 de septiembre de 2007

Botellazo al dios de las palabras

¡Qué tiempos aquellos del dardo en la palabra de los que nos hablaba Lázaro Carreter! Y me expreso en términos de añoranza no porque haya desaparecido dicho fenómeno de ninguneo lingüístico -que de hecho persiste con mayor ferocidad- sino porque hoy en día ya no supone una práctica aislada; ahora también está de moda ignorar directamente la palabra escrita, mantenerla presa bajo las tapas de pasta que hacen las veces de celda. Sí, leen menos que nuestros congéneres de la edad pétrea.

Y no mire hacia otro lado ahora que ha emprendido la lectura de este texto, como si la cosa no fuera con usted. Ha de saber, siendo sincero, que catar las delicias gráficas de esta argumentación no va a catapultarle a la dimensión de los lectores asiduos si hasta ahora pertenecía al bando contrario -que se haya masificado y felizmente poblado por los detractores de la pluma-, pero al menos le servirá de guía hacia ella. Vamos, no sea tímido. No pierde nada por probar, nunca lo sabrá nadie mientras usted sepa guardar el secreto, aunque si algún día se enteran los miembros de su congregación anti-lectora, dese por muerto o exiliado. Ellos no quieren traidores entre sus filas, pero nosotros, que hemos leído sobre la condición del alma y sus miserias y vivimos del arrepentimiento ajeno, sabemos comprender tanto nuestras posturas como las suyas. La inquietud humana es vegetal un día y gregaria al siguiente. Si ya ha llegado a este punto, mis más sentidos pésames por su pasado y efusivas felicitaciones por su futuro. Acaba de pisar el camino que le conducirá a un maravilloso paraje.

En la sociedad ultramoderna del siglo en vigor, leer un libro está tan mal visto como acuchillar una res en la cultura de Yahvé, si bien allí acarrea la muerte y aquí ser torturado y calificado de rata de biblioteca, lo que es bastante peor. Ha de saber que si lee, sólo emulará a esos mugrientos roedores cuando olisquee entre algunos de los libros que versan sobre el detritus de la raza, tema del que tantísimos autores han hablado desde que aprovecháramos la prensilidad del pulgar para enarbolar instrumentos de escritura. Quizá se sienta sucio, sí, pero entonces notará grandes ansias de sumergirse en otros mundos más amables y almibarados. Puede comenzar cautelosamente con pseudo-universos lingüísticos como el del best-seller, si bien no debe cometer el error de presumir de ello, pues lectores verdaderos y no lectores lo consideran un ejercicio deleznable. Úselo para acostumbrarse al fluir de las letras, para habituarse al ritual de acudir a la lectura antes de acostarse o simplemente para concebir la mesilla de noche como el lugar idóneo para acomodarlo. Introdúzcalo en su cartera o mochila y paséelo, sienta su peso, pero si le preguntan qué lleva, jamás diga la verdad; las respuestas han de ser “nada”, “otro objeto” o “el último de García Márquez”, por ejemplo, siempre dependiendo de quién le interrogue. Empezar de este modo es sencillo y peligroso. Ahora bien, no tenga la desfachatez de llamar libro a eso que sujeta ni de autoproclamarse lector; cuando entre en nuestro cosmos entenderá por qué.

Un libro de verdad jamás le entregará sus secretos tan hartamente masticados y refritos; es un ejercicio de asimilación y comprensión. Si no lo entiende, tranquilo, suele pasar. Los libros son como las medicinas, no afectan por igual a todo el mundo. La magia reside en su capacidad evocadora y de absorción mental, en la facilidad con la que nos puede enviar a un lugar lejano o a otro inexistente de tintes hiperrealistas. Esta positiva y plausible enajenación supone un excelente modo de quitar la herrumbre a nuestros anquilosados intelectos, tan avezados a la ley del mínimo esfuerzo, una digna escapatoria hacia los deliciosos lares de la memoria, que en ocasiones se tornan dolorosos e insoportables. Es cierto, los libros son armas de doble filo; tan pronto nos lanzan del tenue enamoramiento al paroxismo emocional como remueven lo más sórdido del pasado y nos hacen naufragar. Hay que tener valor para afrontar el reto, pero no se eche atrás por esto; vale la pena. Usted mismo me dará la razón cuando, al terminar una gran obra, la apoye conmovido sobre el pecho y lamente mirando al vacío su corta extensión, pues incluso mil páginas pueden parecer diez -y viceversa-.
Quien lee repite, y quien se limita a la experiencia única adolece de calidad de ser racional. Tamaña falta de anhelo intelectual nos aproxima al mundo de los anfibios, insectos y demás entes mediocres en cuanto a propósitos espirituales. Es peor leer solamente una vez que no leer jamás. Cuando usted se sumerja en alguna historia y pase las páginas obnubilado, odiará a su jefe, a la televisión, al fútbol y a su rutina por haberle sustraído tantas horas de lectura. No tema, hay tiempo para todo. Nunca es tarde para empezar a contrarrestar la desertización cognitiva. Y, por supuesto, en ningún momento se avergüence de esta loable afición. Si supera el miedo a ser descubierto con un ejemplar de El Quijote o La colmena entre las manos, inmediatamente hallará un nuevo placer o pasatiempo: convencer a esos aburridos para que derroten al hastío mediante la literatura y el ensayo.

Ahora le dejo solo, pero tranquilo, es fácil no salirse del camino si uno así lo quiere. Coja un libro, léalo, paladéelo y reincida como si fuera un delito emocionante. Y mime la palabra. No más dardos ni botellazos, por favor.

lunes, 27 de agosto de 2007

La luz del jardín

¿Dónde pretende irse ese verano del que hablaba en la anterior entrada? No lo reconozco con su máscara de lluvias, tempestades y temperaturas reptantes; parece haber declinado, ahora es tan sólo una estación gemebunda a merced de la siguiente, el otoño, que ya enseña los dientes. A pesar de su prematura languidez, ha sido próspero y fructífero -de ahí que este páramo haya pasado dos meses en él regazo del olvido-. Todos acaban teniendo algo especial, sí, pero algunos dejan marcas indelebles en retinas, mentes, corazones y estómagos, marcas que no vuelven a repetirse por ser únicas. Lo mágico reside en la novedad, la primera experimentación. Un lugar nunca es tan hermoso la segunda vez, y si nos lo parece es un error, provocado por la dulce influencia del remanente que nos queda tras el primer contacto con él. Y querríamos volver una y otra vez a aquellos lugares, con aquellas personas, y cuando de nuevo estamos allí cerramos los ojos con fuerza y deseamos sentir lo mismo que al conocerlos, sin éxito. Pero regresar es revivir la sensación, y puede resultar igual de gratificante. Lo bueno de los lugares es que no se mueven de su sitio, no desaparecen, aunque también es una merma de su valor; si cambiasen tanto como las personas los perseguiríamos con idéntico tesón.

Al final todos buscamos levantar un jardín afectivo con las flores más valiosas. De vez en cuando hallamos una especialmente llamativa, esbelta, con un aroma desconocido capaz de endulzar el aire enrarecido dejado por las flores putrefactas, e intentamos cortarla para plantarla allí donde mejor la podamos observar. Esta maniobra es tan cotidiana como comprensible, pero arriesgada y egoísta si dicha flor no ha alcanzado aún su máximo esplendor. Entonces lamentamos haber intentado arrancarla de su hábitat, donde crecía y relucía, y la volvemos a plantar cuidadosamente, con miedo a que se quiebre. Después nos sentamos lo más cerca posible a mirarla, evitando la tentación de tocar sus pétalos aterciopelados, su tallo enhiesto, sabiendo que se podría marchitar al manosearla. Pero hasta de lejos nos embriaga la vitalidad que desprende, y aspiramos su perfume, o lo recordamos, igual que los instantes en los que la teníamos entre las manos, y aunque añoramos la dicha que nos producía, nos conformamos con verla brillar en su mundo. Algunos sólo las recopilan por vanidad; otros lo hacen por cuidar la flor, asumen la responsabilidad de mantener un tesoro de la naturaleza, se esfuerzan por dar lo mejor de sí para que no le falte de nada y brille hasta el final. Eso los convierte en afortunados. Sólo esperan que las flores tan bellas no sepan guardar rencor por el originario acceso de autocomplacencia.

En verano siempre descubrimos alguna...
En otoño la añoramos...
En invierno aún más, y contamos los días que faltan para la primavera...

domingo, 1 de julio de 2007

Desvarío estival

- Toc, toc...

- ¿Quién es?

- El verano

- ¡Joder, ya era hora!


Y sé que es él porque los grillos han perdido el miedo a la noche, porque el sol ningunea a la luna y sus reflejos de plata, porque la piel insiste en no ser cubierta, porque algo me conmueve continuamente. El verano es la sensación de no estar haciendo nunca lo suficiente, y al mismo tiempo de saber deleitarse con la más nimia experiencia. Percibo el rumor del mar a miles de kilómetros, tentándome, a la quietud de las cumbres, obrando igual, a los parajes recónditos de la naturaleza, invitándome, a las estrellas que se esmeran en duplicar su fulgor. Y el verano es tener tiempo para someterse con gusto a todos estos extraños influjos que se desatan súbitamente tras un insoportable letargo tan extenso como desquiciante. Pero tantos segundos de ofrenda invitan a pensar, meditar, a repasar mentalmente el camino que nos ha llevado al clímax del año, al goce simple y efímero. Es, efectivamente, ese estado de conmoción casi perpetua, de hipersensibilidad a los estímulos, de incerteza y confusión por no poder reconocer la mayoría de ellos, el sentido de desorientación parcial, el por qué eterno. ¿Por qué? Esa es la pregunta más formulada en mi ser, y aunque se repita hasta la saciedad, suele ser la cuestión más absurda, retórica e irresoluta de todas. Porque cuando hay tiempo para cavilar sobre lo que ha de ser reflexionado, hay también retorcidos accesos de dolor e incertidumbre, los que acarrea la ausencia de respuestas y conclusiones. Y es que cuando pienso y me pregunto y no hallo contestación concluyo: no podemos ser la razón de todo esto. Y si no somos eso, entonces no somos nada.

martes, 22 de mayo de 2007

Lo más probable es el adiós

Cuando ellos se quedaban quietos y abrazados, el mundo los usaba de vértice para poder girar. Era la doble condena; soportar otro peso, además de la distancia, y favorecer al tiempo que cuanto estaban juntos corría a grandes zancadas y al separarse volvía farragoso el caminar. Los brazos suyos apenas habían aprendido a anudarse entre sí durante los dos años que habían transcurrido desde aquel día gélido, cuando se fundieron por primera vez junto al puerto moteado de gaviotas y melancólicas sirenas roncas, junto al barco que ahora, como tanta otras veces, le devoraba a él para vomitarlo en un puerto distinto y vacío, un puerto sin ella. Sabían muy bien que después de cada encuentro lo más seguro era el adiós.

Desde la cubierta agitaba su mano casi desmayada, y ella, cariacontecida, abandonada en el muelle, repetía el gesto. Los movimientos eran precisos, calcados, como los dos mundos de un espejo, y parecían imitar la rutina de eliminar el vapor desplegado en la superficie para verse bien, porque mirándose el uno al otro se veían a ellos mismos en realidad -ya habían alcanzado la máxima dimensión del amor-, y parecían también decir algo, decían: «No, no te olvidaré».

Los estibadores, ajenos a la despedida, arrastraban pesadas cajas mohosas sobre el suelo empapado, y el gentío rumoreaba incomprensiones a gran volumen. Ninguno, ni al unísono, superaba el ruido que el silencio entre ellos les generaba en sus mentes. A él se le ocurrían decenas de cosas para gritar desde la altísima barandilla, a ella también, mas no lo hacían, porque creían haberse dicho todo ya. Lo que nunca, jamás se decían, era «Adiós», pues pronunciarlo suponía asegurar: «Ya no volveremos a vernos». La palabra más probable ni siquiera formaba parte de su vocabulario.

Se abrazaban, se besaban, y el último beso lo guardaban siempre para la próxima vez. Cada una de ellas, según subía por la escalerilla, iba recordándolos todos, pues olvidar uno solo era para él como tragar puñados de ceniza.

jueves, 17 de mayo de 2007

La nula indulgencia de Cronos

Cargarse otro año a las espaldas es una mera conclusión del anticipo que recibimos varios meses antes; no llegan de pronto los achaques, no se desvanece súbitamente la memoria, pero pesan cada vez más, aunque evitando cumplirlos en vano, siempre rodeados de quienes allí han de estar, y sin bajar la vista por miedo al rostro deslumbrante del futuro, suponen pasos correctos. Nada cambia, sólo dígitos superfluos en documentos o preguntas de rigor. Sí, veintitrés primaveras, veranos, otoños, inviernos, 1200 semanas, más de 8000 días... desde lejos todo parece más monstruoso. Ahora no es para tanto.


Uno se siente igual que el día anterior a su cumpleaños. No obstante, echando la vista atrás se puede ver la evolución del ser que todos sufrimos y, al menos en mi caso, las cosas positivas del pasado suelen prevalecer sobre las que provocaron algún mal. Bueno vale, ahora me fallan las rodillas cuando subo las escaleras del metro, se me ve el cartón, el lumbago asoma el hocico e incluso se me agota antes la paciencia, pero también aparecen nuevos aspectos que imprimen ilusión a todo.


Noto que he ganado en observación, que mi modo de aprehender y analizar se ha enriquecido, veo más allá, más matices, y aprendo a valorarlos. El otro día fui capaz de disfrutar al ver a una anciana comiendo un helado con avidez mientras caminaba casi a trompicones hacia un banco, donde se sentó a dar buena cuenta de él y pasar el rato. Reconocí su actitud como una de esas 'pequeñas cosas' a las que cada vez doy más importancia, como leer tranquilamente en la calle y levantar la vista para contemplar a la gente mientras pienso cuántas historias podrían escribirse de cada uno de ellos, o mirar la luna y las estrellas con deleite como si la noche siguiente ya no fueran a estar allí, o decirle a una desconocida lo primero que se me pase por la cabeza al verla pasar. Hasta me hizo gracia ver a dos nauseabundas palomas pelearse por posarse sobre un cartel -había sitio para las dos-, pues evocaban los defectos propios de los humanos y pensé que tal vez fueran más parecidas a nosotros de lo que pensamos.


Lo mejor de cumplir fue, sin duda, hacerlo junto a los que deben estar siempre más cerca que lejos. Lo peor, cumplirlos sin los que no pudieron venir, especialmente los que dentro de poco no veré tanto como hasta ahora, pero a quienes mantendré no cerca, sino en pleno centro de la memoria. Son de las cosas que no cambiarán por mucho que insista el tiempo. Todo lo que acabe dará pasó a lo nuevo, lo inmaculado, aquello por estrenar. En momentos así, cuando más difícil es reír, más falta hace la risa.


Os agradezco a todos formar parte de mí.

miércoles, 9 de mayo de 2007

El óbito de la flor peluda

Ostentará, seguramente durante mucho tiempo, un récord erigido sobre tristes cimientos. ¡Cuántos se han ido ya, cuántos yacen aun bajo el sustrato, sus cuerpos exánimes y corruptos! Tantos años que ahora parecen pocos, años que por fortuna han hecho asimilable la pérdida, por naturalidad. Cada cual podría encajar el golpe de una forma distinta. ¿Qué dirían algunos, al azar, cómo lo percibirían? Ejemplos:

Vicente Aleixandre: Y acabó el bogar de la ya no viva cobaya o coneja o compañera desmelenada.

Carpanta: ¡Ha muerto, la pobre! *
*(Una boca menos que alimentar y más carne en el cocido...)

Barriobajero: ¡Me se ha morido la rata!

En otros términos, el otro día falleció nuestra sufridora cobaya Margarita. No es noticia que una mascota fine en mi casa, pero este caso es distinto, pues como digo ella ha estado con nosotros más que cualquier otro animal, y ha sido la primera en morir cuando la naturaleza ha ordenado, de pura vejez. A más años de compañía más se suele echar de menos al ausente, innegablemente, pero ¿acaso no aplaca un poco el dolor saber que era realmente inevitable? Será raro no oírla chillar pidiendo su dosis de lechuga, lo extrañaremos, y no obstante la nostalgia se confundirá con una sonrisa al recordar todo el tiempo que nos acompañó, aunque a veces no le hiciéramos excesivo caso. Fue peor el atropellamiento de mi último perro o el suicidio despendolado de mi primera hurona, porque no era el momento ni nos lo esperábamos.

La última semana asistimos a su pérdida de apetito, su lánguida expresión tras los barrotes, sus nulas ganas de moverse. Sí, se veía venir, y eso ayudó a edulcorar el mal trago. ¿Qué podíamos hacer, sino esperar? ¿Duele la muerte por edad en un roedor, duele acaso en los humanos? ¿Sufrió? ¿Suplicaba tal vez algún tipo de eutanasia con aquellos ojos vidriosos que apenas lograban sostener una mirada? Ella sabía mejor que nadie la proximidad de la última estación. Cuando acariciaba con el dedo índice el remolino de su cabeza ya no temblaba. Antes sí, a veces de miedo a veces de gozo -no distinguía entre una y otra sensación, pero sé que no era siempre la misma-. Ni siquiera... ¿cómo se llama el ruido que hacen las cobayas? Bueno, digamos que no emitía sonido alguno. Daba lástima contemplar su cuerpo apagado, pues sin duda conservaba intactas las ansias de corretear y mordisquear el bebedero. Si he de pasar por ese estado antes de irme, espero sea descaradamente efímero.

El sepelio fue discreto. Como dije antes, por toda mi asilvestrada parcela hay mascotas enterradas: hamsters, jerbos, cobayas, erizos, tortugas... Algunas fueron sepultadas cuando ni siquiera habían construido la casa; llevan aquí más tiempo que yo. Reconozco que no me acuerdo de dónde están la mitad de ellas. A Margarita, en cambio, la enterramos en un sitio que difícilmente olvidaremos, bajo un improvisado mosaico de grava y flores arrancadas que se marchitaron al poco en señal de duelo. Por alguna extraña razón, las margaritas que depositamos fueron las últimas en quebrarse. Afortunadamente, el sol lució en todo momento sobre nosotros, manteniendo alejada a la lluvia que habría hecho demasiado deprimente el rito funerario. Y así nos despedimos de ella, sin la tristeza de un óbito inesperado, aunque sí con la desazón que nos produjo verla sometida al atroz rigor mortis. Pero eso forma siempre parte del plan de Tanatos.




jueves, 26 de abril de 2007

Primavera...

La primavera improvisa cada año sus incómodos intervalos de lluvia. No hay pautas ni patrones, es simple y seguro azar. En un despiste nuestro se envalentona y traicionera condena al sol a la elegancia de la incertidumbre. Sí, ahora miro por la ventana y el cielo esta otra vez derritiéndose. ¡Qué sopor, qué monotonía!

El regocijo del viaje, la aproximación al suicidio,
heraldos, ciegos, el retorno inviable.
Que viven en los presagios del choque,
que mueren en la colisión fluida, el vivir.
Languidecen.
Qué son sino sus propias lágrimas, el llorar la vida
y no la muerte, el trayecto prodigioso
y no su atroz despedida.

¿Y acaso no llegamos a percibir que también llueve en nuestras cabezas? No sólo el agua sabe reducirse a gotas. Una mente puede llegar a encharcarse, anegarse de pensamientos, y su naturaleza no es la de un receptáculo infinito: conoce límites. Alguien diseñó un camino estrecho a modo de alivio, por allí huye lo que no es retenido. A los pensamientos desbordados también se les llama lágrimas.

En el esbozo del sustrato y la furia
hallan razón, por la serenidad que sigue,
por los pasos petrificados -se evocan siempre-.
Pero nada se entiende.

Cierto, qué incomprensible puede ser un hiato entre el otoño y el verano. Pero, honestamente, para mí lo que sobra es precisamente el propio otoño, la alegoría de lo anodino, lo insulso. No es una estación, es un tránsito, sólo nos entretiene mientras la primavera se rearma para volver a inducirnos al desconcierto.

Corajes de lodo que forman la silueta viscosa
del intrépido, azares en danza, sortilegios,
las almas osadas que se sumergen en los charcos
del mundo.

Apenas un rincón para encontrarse.

Sí, es una pena desvirtuar algo como un atardecer primaveral, la tempestad los transforma en difusos ensayos, no llegan ni a serlo. Nublan la mente. No puedo concentrarme con la ausencia del sol. Hay luz al final del pasadizo, sí, pero la luz no es nunca la misma, como los ríos.

¡Atrás, la fruición desgastada, marchita,
que no fue tal!
Todo se extingue, todo, todo,
devenir es un límite puro .

No eres primavera, no eres tú.

Ella invita a meditar todo, inevitablemente. Predecir un final es ingenuo. No está para sembrar lógica, nunca viene para revelar nada. La primavera se inventó para pasar por nosotros, y no al revés.

Se han extenuado las comisuras del presente,
bogar, estrellarse, ser etéreo,
sí, la certeza es simple respuesta.


A veces las mentes florecen en primavera...





miércoles, 11 de abril de 2007

Negro sobre negro

He soñado con la muerte, he soñado que estaba muerto. Si de verdad es así, entonces ya sé lo que es, y no merece la pena. Se resume como la nada. Únicamente al principio -y no sé por qué gracia o indulgencia del administrador de la muerte- podía disfrutar de una emulación vital y hacer casi lo mismo que cuando vivía, aunque en este sueño no recuerdo haber sido un ser vivo siquiera, y tal vez la vida en dicha ensoñación fuese un concepto distinto al conocido, tampoco lo sé. Quizás la entrada anterior de este blog, que efectivamente versaba sobre esta antítesis, me haya hecho soñar con la parte desconocida de la dualidad. El caso, en la mitad llevadera todo resultaba igual, pero no estoy seguro de si yo era visible o no. A veces, me convencía de ser evanescente, y entonces podía ver miedo o desconfianza en los conocidos que a mi alrededor contemplaban cómo manipulaba la realidad y sus objetos, los cuales parecían tener vida propia. Valiente paradoja, sin tener vida en mí lograba transmitirla a seres inertes e inanimados. Tal vez me volviese invisible con tan sólo planteármelo. Se parecía a un estado de duermevela, con su certeza desvaída, que de hito en hito se difuminaba y me permitía cavilar unos instantes sobre mi propio fallecimiento. No puedo creer, me repetía, que ya haya muerto. Resultaba tétrico, descorazonador, inaceptable, aun siendo casi un calco de lo ya conocido. Mi propio óbito, un verdadero despropósito. Al fin y al cabo, estaba al otro lado del espejo y todo podría parecer igual, sin serlo. No, desde luego no lo era, aquello apenas llegaba a ser una imitación desvencijada sin la esencia del patrón original. Con el salto de una a otra se perdían todos los detalles y virtudes que hacían genuina a la vida, y que la muerte imitaba burdamente durante un tiempo y por alguna razón inexplicable, como una fotocopia. Pero ya digo que esto era coyuntural. Tras un fugacísimo fundido en negro y una vuelta efímera a la existencia desvaída, todo se sumía en la espesura azabache que en realidad era la muerte. En ella no se podía mover uno, no podía verse, y cuando creía distinguir un sonido -casualmente familiar, una voz, pura sugestión- me desplazaba torpe hacia allí, a través de una atmósfera viscosa e impracticable, densa como el alquitrán. Sí, así era exactamente. Y no recuerdo hallar nada más que nueva oscuridad. La muerte en sí resultaba peor que cualquier ensayo sobre ella. Morir, si así resulta ser, es la nada, es dar palos de ciego y estar sumido en la espesura del hastío hasta enloquecer. Después de la vida no hay nada, literalmente, o hay nada, que dirían los latinoparlantes. Morir... ¿para qué? Si iba a ser aun más aburrido. De todos modos, al despertar no me atreví a etiquetar esta visión como pesadilla, a pesar de habérseme presentado bajo un tegumento muy similar, y medité entre sábanas y el siguiente sueño si aquellos que creen en una segunda existencia perderían su fe en ella tras padecer una revelación tan coherente. Sí, demasiado acertada, fidedigna, demasiado creíble, no se por qué. Lo asumí, ya digo, como una dimensión de alquitrán, a pesar de no haber estado nunca sumergido en él. Son deducciones lógicas. Alquitrán... el alquitrán es la muerte, quizás por ello haya tanta gente que pierda la vida en la carretera. Deberíamos conducir y desplazarnos sobre algo más suculento. Nieve templada, por qué no. Puestos a pedir...