martes, 22 de mayo de 2007

Lo más probable es el adiós

Cuando ellos se quedaban quietos y abrazados, el mundo los usaba de vértice para poder girar. Era la doble condena; soportar otro peso, además de la distancia, y favorecer al tiempo que cuanto estaban juntos corría a grandes zancadas y al separarse volvía farragoso el caminar. Los brazos suyos apenas habían aprendido a anudarse entre sí durante los dos años que habían transcurrido desde aquel día gélido, cuando se fundieron por primera vez junto al puerto moteado de gaviotas y melancólicas sirenas roncas, junto al barco que ahora, como tanta otras veces, le devoraba a él para vomitarlo en un puerto distinto y vacío, un puerto sin ella. Sabían muy bien que después de cada encuentro lo más seguro era el adiós.

Desde la cubierta agitaba su mano casi desmayada, y ella, cariacontecida, abandonada en el muelle, repetía el gesto. Los movimientos eran precisos, calcados, como los dos mundos de un espejo, y parecían imitar la rutina de eliminar el vapor desplegado en la superficie para verse bien, porque mirándose el uno al otro se veían a ellos mismos en realidad -ya habían alcanzado la máxima dimensión del amor-, y parecían también decir algo, decían: «No, no te olvidaré».

Los estibadores, ajenos a la despedida, arrastraban pesadas cajas mohosas sobre el suelo empapado, y el gentío rumoreaba incomprensiones a gran volumen. Ninguno, ni al unísono, superaba el ruido que el silencio entre ellos les generaba en sus mentes. A él se le ocurrían decenas de cosas para gritar desde la altísima barandilla, a ella también, mas no lo hacían, porque creían haberse dicho todo ya. Lo que nunca, jamás se decían, era «Adiós», pues pronunciarlo suponía asegurar: «Ya no volveremos a vernos». La palabra más probable ni siquiera formaba parte de su vocabulario.

Se abrazaban, se besaban, y el último beso lo guardaban siempre para la próxima vez. Cada una de ellas, según subía por la escalerilla, iba recordándolos todos, pues olvidar uno solo era para él como tragar puñados de ceniza.

jueves, 17 de mayo de 2007

La nula indulgencia de Cronos

Cargarse otro año a las espaldas es una mera conclusión del anticipo que recibimos varios meses antes; no llegan de pronto los achaques, no se desvanece súbitamente la memoria, pero pesan cada vez más, aunque evitando cumplirlos en vano, siempre rodeados de quienes allí han de estar, y sin bajar la vista por miedo al rostro deslumbrante del futuro, suponen pasos correctos. Nada cambia, sólo dígitos superfluos en documentos o preguntas de rigor. Sí, veintitrés primaveras, veranos, otoños, inviernos, 1200 semanas, más de 8000 días... desde lejos todo parece más monstruoso. Ahora no es para tanto.


Uno se siente igual que el día anterior a su cumpleaños. No obstante, echando la vista atrás se puede ver la evolución del ser que todos sufrimos y, al menos en mi caso, las cosas positivas del pasado suelen prevalecer sobre las que provocaron algún mal. Bueno vale, ahora me fallan las rodillas cuando subo las escaleras del metro, se me ve el cartón, el lumbago asoma el hocico e incluso se me agota antes la paciencia, pero también aparecen nuevos aspectos que imprimen ilusión a todo.


Noto que he ganado en observación, que mi modo de aprehender y analizar se ha enriquecido, veo más allá, más matices, y aprendo a valorarlos. El otro día fui capaz de disfrutar al ver a una anciana comiendo un helado con avidez mientras caminaba casi a trompicones hacia un banco, donde se sentó a dar buena cuenta de él y pasar el rato. Reconocí su actitud como una de esas 'pequeñas cosas' a las que cada vez doy más importancia, como leer tranquilamente en la calle y levantar la vista para contemplar a la gente mientras pienso cuántas historias podrían escribirse de cada uno de ellos, o mirar la luna y las estrellas con deleite como si la noche siguiente ya no fueran a estar allí, o decirle a una desconocida lo primero que se me pase por la cabeza al verla pasar. Hasta me hizo gracia ver a dos nauseabundas palomas pelearse por posarse sobre un cartel -había sitio para las dos-, pues evocaban los defectos propios de los humanos y pensé que tal vez fueran más parecidas a nosotros de lo que pensamos.


Lo mejor de cumplir fue, sin duda, hacerlo junto a los que deben estar siempre más cerca que lejos. Lo peor, cumplirlos sin los que no pudieron venir, especialmente los que dentro de poco no veré tanto como hasta ahora, pero a quienes mantendré no cerca, sino en pleno centro de la memoria. Son de las cosas que no cambiarán por mucho que insista el tiempo. Todo lo que acabe dará pasó a lo nuevo, lo inmaculado, aquello por estrenar. En momentos así, cuando más difícil es reír, más falta hace la risa.


Os agradezco a todos formar parte de mí.

miércoles, 9 de mayo de 2007

El óbito de la flor peluda

Ostentará, seguramente durante mucho tiempo, un récord erigido sobre tristes cimientos. ¡Cuántos se han ido ya, cuántos yacen aun bajo el sustrato, sus cuerpos exánimes y corruptos! Tantos años que ahora parecen pocos, años que por fortuna han hecho asimilable la pérdida, por naturalidad. Cada cual podría encajar el golpe de una forma distinta. ¿Qué dirían algunos, al azar, cómo lo percibirían? Ejemplos:

Vicente Aleixandre: Y acabó el bogar de la ya no viva cobaya o coneja o compañera desmelenada.

Carpanta: ¡Ha muerto, la pobre! *
*(Una boca menos que alimentar y más carne en el cocido...)

Barriobajero: ¡Me se ha morido la rata!

En otros términos, el otro día falleció nuestra sufridora cobaya Margarita. No es noticia que una mascota fine en mi casa, pero este caso es distinto, pues como digo ella ha estado con nosotros más que cualquier otro animal, y ha sido la primera en morir cuando la naturaleza ha ordenado, de pura vejez. A más años de compañía más se suele echar de menos al ausente, innegablemente, pero ¿acaso no aplaca un poco el dolor saber que era realmente inevitable? Será raro no oírla chillar pidiendo su dosis de lechuga, lo extrañaremos, y no obstante la nostalgia se confundirá con una sonrisa al recordar todo el tiempo que nos acompañó, aunque a veces no le hiciéramos excesivo caso. Fue peor el atropellamiento de mi último perro o el suicidio despendolado de mi primera hurona, porque no era el momento ni nos lo esperábamos.

La última semana asistimos a su pérdida de apetito, su lánguida expresión tras los barrotes, sus nulas ganas de moverse. Sí, se veía venir, y eso ayudó a edulcorar el mal trago. ¿Qué podíamos hacer, sino esperar? ¿Duele la muerte por edad en un roedor, duele acaso en los humanos? ¿Sufrió? ¿Suplicaba tal vez algún tipo de eutanasia con aquellos ojos vidriosos que apenas lograban sostener una mirada? Ella sabía mejor que nadie la proximidad de la última estación. Cuando acariciaba con el dedo índice el remolino de su cabeza ya no temblaba. Antes sí, a veces de miedo a veces de gozo -no distinguía entre una y otra sensación, pero sé que no era siempre la misma-. Ni siquiera... ¿cómo se llama el ruido que hacen las cobayas? Bueno, digamos que no emitía sonido alguno. Daba lástima contemplar su cuerpo apagado, pues sin duda conservaba intactas las ansias de corretear y mordisquear el bebedero. Si he de pasar por ese estado antes de irme, espero sea descaradamente efímero.

El sepelio fue discreto. Como dije antes, por toda mi asilvestrada parcela hay mascotas enterradas: hamsters, jerbos, cobayas, erizos, tortugas... Algunas fueron sepultadas cuando ni siquiera habían construido la casa; llevan aquí más tiempo que yo. Reconozco que no me acuerdo de dónde están la mitad de ellas. A Margarita, en cambio, la enterramos en un sitio que difícilmente olvidaremos, bajo un improvisado mosaico de grava y flores arrancadas que se marchitaron al poco en señal de duelo. Por alguna extraña razón, las margaritas que depositamos fueron las últimas en quebrarse. Afortunadamente, el sol lució en todo momento sobre nosotros, manteniendo alejada a la lluvia que habría hecho demasiado deprimente el rito funerario. Y así nos despedimos de ella, sin la tristeza de un óbito inesperado, aunque sí con la desazón que nos produjo verla sometida al atroz rigor mortis. Pero eso forma siempre parte del plan de Tanatos.




jueves, 26 de abril de 2007

Primavera...

La primavera improvisa cada año sus incómodos intervalos de lluvia. No hay pautas ni patrones, es simple y seguro azar. En un despiste nuestro se envalentona y traicionera condena al sol a la elegancia de la incertidumbre. Sí, ahora miro por la ventana y el cielo esta otra vez derritiéndose. ¡Qué sopor, qué monotonía!

El regocijo del viaje, la aproximación al suicidio,
heraldos, ciegos, el retorno inviable.
Que viven en los presagios del choque,
que mueren en la colisión fluida, el vivir.
Languidecen.
Qué son sino sus propias lágrimas, el llorar la vida
y no la muerte, el trayecto prodigioso
y no su atroz despedida.

¿Y acaso no llegamos a percibir que también llueve en nuestras cabezas? No sólo el agua sabe reducirse a gotas. Una mente puede llegar a encharcarse, anegarse de pensamientos, y su naturaleza no es la de un receptáculo infinito: conoce límites. Alguien diseñó un camino estrecho a modo de alivio, por allí huye lo que no es retenido. A los pensamientos desbordados también se les llama lágrimas.

En el esbozo del sustrato y la furia
hallan razón, por la serenidad que sigue,
por los pasos petrificados -se evocan siempre-.
Pero nada se entiende.

Cierto, qué incomprensible puede ser un hiato entre el otoño y el verano. Pero, honestamente, para mí lo que sobra es precisamente el propio otoño, la alegoría de lo anodino, lo insulso. No es una estación, es un tránsito, sólo nos entretiene mientras la primavera se rearma para volver a inducirnos al desconcierto.

Corajes de lodo que forman la silueta viscosa
del intrépido, azares en danza, sortilegios,
las almas osadas que se sumergen en los charcos
del mundo.

Apenas un rincón para encontrarse.

Sí, es una pena desvirtuar algo como un atardecer primaveral, la tempestad los transforma en difusos ensayos, no llegan ni a serlo. Nublan la mente. No puedo concentrarme con la ausencia del sol. Hay luz al final del pasadizo, sí, pero la luz no es nunca la misma, como los ríos.

¡Atrás, la fruición desgastada, marchita,
que no fue tal!
Todo se extingue, todo, todo,
devenir es un límite puro .

No eres primavera, no eres tú.

Ella invita a meditar todo, inevitablemente. Predecir un final es ingenuo. No está para sembrar lógica, nunca viene para revelar nada. La primavera se inventó para pasar por nosotros, y no al revés.

Se han extenuado las comisuras del presente,
bogar, estrellarse, ser etéreo,
sí, la certeza es simple respuesta.


A veces las mentes florecen en primavera...





miércoles, 11 de abril de 2007

Negro sobre negro

He soñado con la muerte, he soñado que estaba muerto. Si de verdad es así, entonces ya sé lo que es, y no merece la pena. Se resume como la nada. Únicamente al principio -y no sé por qué gracia o indulgencia del administrador de la muerte- podía disfrutar de una emulación vital y hacer casi lo mismo que cuando vivía, aunque en este sueño no recuerdo haber sido un ser vivo siquiera, y tal vez la vida en dicha ensoñación fuese un concepto distinto al conocido, tampoco lo sé. Quizás la entrada anterior de este blog, que efectivamente versaba sobre esta antítesis, me haya hecho soñar con la parte desconocida de la dualidad. El caso, en la mitad llevadera todo resultaba igual, pero no estoy seguro de si yo era visible o no. A veces, me convencía de ser evanescente, y entonces podía ver miedo o desconfianza en los conocidos que a mi alrededor contemplaban cómo manipulaba la realidad y sus objetos, los cuales parecían tener vida propia. Valiente paradoja, sin tener vida en mí lograba transmitirla a seres inertes e inanimados. Tal vez me volviese invisible con tan sólo planteármelo. Se parecía a un estado de duermevela, con su certeza desvaída, que de hito en hito se difuminaba y me permitía cavilar unos instantes sobre mi propio fallecimiento. No puedo creer, me repetía, que ya haya muerto. Resultaba tétrico, descorazonador, inaceptable, aun siendo casi un calco de lo ya conocido. Mi propio óbito, un verdadero despropósito. Al fin y al cabo, estaba al otro lado del espejo y todo podría parecer igual, sin serlo. No, desde luego no lo era, aquello apenas llegaba a ser una imitación desvencijada sin la esencia del patrón original. Con el salto de una a otra se perdían todos los detalles y virtudes que hacían genuina a la vida, y que la muerte imitaba burdamente durante un tiempo y por alguna razón inexplicable, como una fotocopia. Pero ya digo que esto era coyuntural. Tras un fugacísimo fundido en negro y una vuelta efímera a la existencia desvaída, todo se sumía en la espesura azabache que en realidad era la muerte. En ella no se podía mover uno, no podía verse, y cuando creía distinguir un sonido -casualmente familiar, una voz, pura sugestión- me desplazaba torpe hacia allí, a través de una atmósfera viscosa e impracticable, densa como el alquitrán. Sí, así era exactamente. Y no recuerdo hallar nada más que nueva oscuridad. La muerte en sí resultaba peor que cualquier ensayo sobre ella. Morir, si así resulta ser, es la nada, es dar palos de ciego y estar sumido en la espesura del hastío hasta enloquecer. Después de la vida no hay nada, literalmente, o hay nada, que dirían los latinoparlantes. Morir... ¿para qué? Si iba a ser aun más aburrido. De todos modos, al despertar no me atreví a etiquetar esta visión como pesadilla, a pesar de habérseme presentado bajo un tegumento muy similar, y medité entre sábanas y el siguiente sueño si aquellos que creen en una segunda existencia perderían su fe en ella tras padecer una revelación tan coherente. Sí, demasiado acertada, fidedigna, demasiado creíble, no se por qué. Lo asumí, ya digo, como una dimensión de alquitrán, a pesar de no haber estado nunca sumergido en él. Son deducciones lógicas. Alquitrán... el alquitrán es la muerte, quizás por ello haya tanta gente que pierda la vida en la carretera. Deberíamos conducir y desplazarnos sobre algo más suculento. Nieve templada, por qué no. Puestos a pedir...

martes, 27 de marzo de 2007

Inseparables, complementarias

Hallé en la contemplación de sus gestos una devoción febril por el sufrimiento, por la locura. En su estela imperceptible se estancaba la eternidad y el tiempo se perdía en su propia aura viscosa, haciendo del mundo un estanque helado sobre el que resbalar y perder el sentido. Los cinco otorgados se bloqueaban paulatinamente. Ella no se detenía por razones ajenas, y no lo haría jamás. Me supe un siervo de su codicia, pero qué importaba ya. Sólo podía verla desfilar y asumirla como ensoñación, mejor que como un excremento de la vigilia. Se alejaba sin torcer el cuello, sin mirar lo sobrepasado. Se iba. Pero sí, era mejor creerla un vestigio onírico. Justo detrás caminaba una réplica oscura suya, cabizbaja, sombría, hedionda, aunque dulce. La levedad de su devenir enmascaraba el cometido de segar lo que aquella silueta que la precedía había sembrado indiferente, desde la inercia. La una no miraba a la otra, sino a la nada, la otra no miraba a la una, sino al suelo evanescente, y ambas eran tan inseparables y complementarias como las noches y los días. Tras la última, ni un sólo motivo reconocible quedaba. Arrasaba con todo. ¿Tendría también ella un principio y un fin marcados, al igual que la figura cuya sombra interpretaba? En el instante de despedir a una y dar la bienvenida a la otra, era algo poco importante, pues en efecto la recibí con los brazos abiertos, queriendo abrazar a un ser que debía de odiar cualquier tipo de abrazo. Y aun así aferré sus vestiduras rasgadas cuando pasó de largo, en vano. No podría haberla tocado, nunca, no hasta el momento que ella decidiera. También desapareció en la luz, diluida, tras la primera y bella desconocida, quien empezó a enfundarse el disfraz de mundo que no creí volver a contemplar.

jueves, 1 de marzo de 2007

Por la puerta de atrás

Al final claudicaron -claudicamos- ante De Juana Chaos. El miserable ha sido trasladado a un centro hospitalario de su tierra natal, donde misteriosamente ha recuperado las ganas de comer y seguramente las de matar a más gente. Al menos los responsables materiales han seguido el protocolo aulario de sacar cada cosa por su sitio correspondiente y el asesino ha abandonado el hospital 12 de Octubre por la puerta de las basuras, la archiconocida puerta de atrás, para que de paso no se enterase nadie. No voy a decir nada más porque estoy tocando demasiado el tema político, pero si añadiré que ojalá el mal encarado bufón decida tras su recuperación poner una bomba a su liberador como muestra de agradecimiento. Visto lo visto, voy a empezar a hacer huelgas de hambre para lograr mis objetivos: dejaré de comer hasta que me regalen un piso, un coche, un puesto de directivo y vacaciones pagadas cada verano, y os animo a todos a hacer lo mismo. Una huelga de hambre masiva, a nivel nacional. Menudo titular. De ser así, cobraría tintes de razón aquello de que África empieza en los pirineos, pues además de hienas y buitres por los rincones tendríamos hambruna general. Hoy he leído que hace poco un niño africano de 9 años mintió sobre su edad para poder escalar el Kilimanjaro junto a varios exploradores (la edad mínima son 10 años). Dudo que su alimentación fuese mejor que la de nuestros niños, quienes entre bocado y bocado sólo se preocupan por pelear, fumar canutos, decir tacos y grabar todo ello con sus móviles. Si dejaran de comer tal vez abandonasen estos malos hábitos y les diese por coronar montañas, y nosotros, además de adelgazar, conseguiríamos pagar las letras del coche y la hipoteca mediante el ahorro alimenticio. Por ahora sólo veo ventajas en eso de renunciar a la comida. Si esto empieza y prospera los mandatarios no tardarán en apuntarse el tanto, y entonces decidirán seguir corrompiendo a África enviándole toda la comida inservible para que se vuelvan como nosotros antes de renunciar a ella. Los africanos sobrevivirían a la inanición, sí, pero pronto verían que sólo era un regalo envenenado más proveniente del primer mundo, quien al menos se daría cuenta de que la puerta de atrás de África no era para las basuras, sino para las almas, y que por ello nunca nos enterábamos cuando se iban.

martes, 20 de febrero de 2007

Los desfases hieráticos de cuerpo y alma

Ay, qué horrible puede llegar a ser la mezcla de café e insomnio... Al final estoy usando el blog para hacer tiempo mientras éste último se decide a desaparecer, algo que últimamente se demora demasiado, como antaño. Mi cuerpo parece llevar un horario diametralmente distinto al que debería emplear para amoldarse a las exigencias de la rutina y al ritmo de vida local, y eso me lo estoy tomando como una señal, una sugerencia incluso. Parece querer desvincularse de dicho entorno y se ha autoajustado a otro, situado unos cuantos meridianos más hacia el oeste, así por las buenas. Tengo jet lag sin haber salido de casa. Qué cosas... No sé hasta qué punto esto puede afectar al día a día, pero el caso es que hoy me han dicho algo que ha removido mi conciencia y desconozco si se puede deber al desajuste cognitivo de mi soporte carnal. Hoy alguien me dijo que siempre tengo la misma cara, y al no haber solicitado aun los matices sobre esta afirmación tan superflua como demoledora me siento intrigado respecto a si será verdad. Afortunada o desafortunadamente -no sé cual- no puedo verme el gesto las veinticuatro horas del día, y el ser algo esquivo a los objetos especulares me impide colocarme uno frente al rostro durante tanto tiempo. En cualquier caso, me gustaría probarlo, grabarme la cara un día entero y pasarme el siguiente víendome con un jet lag tan desmesurado como el que padezco. A buen seguro mi faz variaría constantemente al comprobar los resultados. Sería un extrañísimo ejercicio de autoanálisis verme en un espejo sometido a la diferencia horaria, como si el yo que contemplase no fuese el del día anterior, sino más bien el que sería varías franjas terrestres más a la izquierda, igual pero distinto, un alter ego tal vez más feliz que el ego gracias a estar donde al parecer habría de estar. ¿Una visión del pasado en el presente que en realidad es una visión del futuro? También lo desconozco, hoy en día si algo me es inherente, eso es la incerteza absoluta, y todo apunta a que sólo el paso del tiempo ira desvelando el porvenir. Pero qué diablos, en el fondo todo es coyuntural. De todos modos investigaré para ver si mi expresión es tan monótona, y espero que no sea así, porque eso me convertiría en una especie de autómata, y los aborrezco con toda mi alma desfasada. Odiaría parecer un busto, siempre con el mismo semblante, y deduzco que se trataría de uno no demasiado elocuente o expresivo. Además, sólo te hacen un busto cuando te has muerto, lo que sería una pésima señal y un hurto desproporcionado, pues apenas tengo más posesiones apreciadas que la vida. Creo haber descubierto otro miedo más, un nuevo temor: ahora también tengo pánico al hieratismo, y aunque el aspecto de la realidad sólo suele invitar a componer un gesto de proverbial indiferencia, soy de los que piensan que al mal tiempo buena cara. Mientras tanto, sálvese quien pueda...

viernes, 16 de febrero de 2007

Ministros, ministras y otros animales

Bueno, después de dos semanas sin pasarme por aquí observo que esto sigue en orden: desangelado y desértico. He pasado más de un mes amorrado a los apuntes y todo apunta a que ha sido en vano, para mi desgracia, pero en fin, tras largos días de estudio he vuelto para dar guerra, me veo con fuerzas hasta para hablar de política, aunque sólo lo haré de refilón. Me ha motivado a ello el reciente comienzo del juicio por los atentados de aquel largo día once; no sé, esa vitrina llena de gente parece más bien una pecera repleta de pirañas, una jaula de buitres, y resulta curioso ver como todos agachan la cabeza cuando los familiares de los asesinados les miran desde fuera. Entonces ponen ojos de cordero degollado y vuelven a cambiar de forma, pero siguen siendo eso, animales, aunque ahora todos alegan ser inocentes. Siempre lo digo y lo seguiré diciendo: todo lo que sale por la boca de un político me suena a mentira putrefacta, así como toda declaración de un asesino. No sé si unos u otros andan metidos en el ajo -seguramente los dos-, y como va quedando menos para las elecciones generales ambos parecen querer quitarse de encima algunas culpas para volver a ganar o no volver a perder al menos. Me recuerda unos versos de Lorca que dicen: Y que el mar recordó de pronto los nombres de todos sus ahogados... Ese repentino retorno de la memoria está basado en el interés, no me cabe duda, y es pura pantomima, porque redundando un poco, me consta que el único interés que les interesa es aquel emitido por bancos y cajas de ahorro. No, no confío en la justicia lo más mínimo, es la verdad, y menos ahora que nos acaban de cambiar el ministro. No conozco al nuevo pero apenas me inspira nada bueno. Me parece absurda la manía de tener tantos ministros como ministras; tal vez había una mujer mucho mejor preparada para asumir el cargo, pero con tal de no perder la proporción parece ser preferible enchufar a alguien con menos capacidades para ejercer. Si el presidente quiere paridad genérica en el consejo de ministros debería travestirse y aparentar ser mujer durante la mitad de la legislatura, para dar ejemplo. En fin, mejor dejo el tema porque me da nauseas mancharme lo dedos escribiendo de política. A estas horas lo mejor es horizontalizarse y consultar con la almohada qué hacer el resto del día, aunque yo apenas entiendo a la mía, pues es de Ikea y mis conocimientos de sueco son nulos, pero ella y yo dominamos el lenguaje universal del sueño, y así nos comunicamos. Buenas noches...

viernes, 2 de febrero de 2007

Suegras y avestruces

Hace poco leí que había comenzado el juicio por un asesinato cometido a principios de siglo, y hasta aquí todo normal, ya sabemos que ésta, nuestra “justicia”, suele ser lenta cual tortuga maniatada; lo curioso del caso reside en el modus operandi del asesino. El hombre, con su medio siglo largo a cuestas, dormía profundamente cuando se levantó para cometer su tropelía -valiente contradicción-. Fue un ejercicio de parasomnia, según los expertos, un trastorno del sueño que engloba cuatro tipos, de los cuales este individuo eligió un poco de cada uno sin darse cuenta, aunque en mi opinión todo suena a burda excusa, a un montaje. Según él, soñaba que dos avestruces le estaban atacando ferozmente, y claro, presa del pánico, tuvo la idea de enarbolar un hacha y un martillo para defenderse. La mujer y la suegra salieron a su paso, asustadas supongo por el trajín nocturno, y él, en pleno éxtasis aniquilador, acabó con ellas pensando que eran los enormes pajarracos. Lo que me hace sospechar de su verdadera intención es la presencia de la suegra, a quien seguro deseaba dar muerte; la esposa fue un daño colateral, una mártir de la buena causa, es decir, se la cargó para disimular, o quizá, una vez puesto en marcha, pensó que no era tan mala idea matar dos pájaros de un tiro, nunca mejor dicho. A las suegras se las suele comparar con otro tipo de aves, como grullas o pájaros de mal agüero, o incluso con especies de otras ramas, desde zorras hasta víboras, pero... ¿avestruces? Aunque es cierto que a veces se deben tener unos huevos como los de estos animales -u ovarios, seguramente bastante grandes también- para soportar a una suegra. De hecho, el Tribunal de la Rota Romana acaba de incluir a las suegras como motivo fehaciente y suficiente para un divorcio, y si lo dicen ellos es que los topicazos son ciertos. Volviendo al uxoricida-avicida, tras tumbar a las dos mujeres decidió dar buena cuenta de sus retoños. No especificó si también los confundió con avestruces o si pensó que eran pollos de corral, pues atacó con menos ímpetu y, por suerte, la hija sólo sufrió heridas y el hijo logró arrebatarle el hacha. Acto seguido, se defenestró, bien para suicidarse o para huir volando -¿se creería también un pájaro?-, pero aterrizó sobre un coche y sobrevivió. No sabemos cómo se solventará el juicio, si los descerebrados que tomen la decisión creerán una milonga tan pueril y lo dejarán ir, como pide la defensa, o si lo enchironarán. Espero sea lo segundo. También no hace mucho, condenaron a una joven a seis meses de cárcel por arrancarle media lengua a su novio de un mordisco, y ahora el pobre no puede emplear ciertas consonantes, dentales y palatales principalmente. Supongo que romperá con ella, aunque la quiera, porque las discusiones serían imposibles -mira que nos encanta discutir con la pareja- sin poder pronunciar cosas como: ¡Tu madre es un avestruz de mierda!