viernes, 2 de noviembre de 2007
Destino de madera
miércoles, 17 de octubre de 2007
Héroes Del Silencio
rrar nuestro hastío melódico, para ponernos fuera del alcance del bostezo universal, donde bogábamos casi exánimes y estancados. Verlos era una de las cosas que nos quedaban por hacer.Aquel día 12 de octubre comparecimos con antelación y nervios en el lugar de tan señalado evento, en nuestro sitio, para sacarnos nuestra espina. Dos horas y media antes del inicio de la magia ya estábamos allí, las dos horas y media más largas de nuestras vidas, que darían paso a las dos horas y media más cortas de las mismas. Me había jugado varias cenas a que no volvería de Praga hasta bien entrado el próximo año, pero perdí mi apuesta por el rock and roll. Mereció la pena el viaje y la espera.
A las nueve de la noche se apagaron las luces y la gente empezó a darse cuenta de lo que estaban a punto de presenciar. Unas pantallas mostraron las siluetas de los héroes al trasluz, moviéndose con parsimonia, mientras sonaban las guitarras de El estanque. Y entonces se alzaron y los vimos juntos por fin, sobre un escenario, poniéndonos la piel de pollo. Cinco figuras que no habían perdido la magia de sus manos y cuerdas vocales. Comenzaba el espectáculo.
Tras una traca de temas inolvidables, con una Sirena varada que nos conmovió a todos, Bunbury se acercó al micrófono para pedirnos un interceso; su voz estaba amenazando con decir adiós prematuramente. Todos palidecimos, pero el héroe volvió enseguida con más fuerza y, desde la pasarela que dividía al público en dos sectores igual de entregados, continuó deleitándonos con baladas supremas como La herida.
Al poco se volvieron a retirar y el público rugió enfervorizado pidiendo más acordes, redobles y alaridos. No era suficiente. Todavía faltaban algunas joyas de su extensísimo repertorio. Retomaron el camino al escenario y, entre aludes de aplausos, pusieron toda la carne en el asador, con malditos duendes, iberias sumergidas y tierras entre las que instalarnos, si bien poco duramos allí, pues nuestro ascenso hacia algún tipo de limbo fue instantáneo. Y en el clímax desaparecieron una vez más. Entonces tragamos saliva con gesto descompuesto suponiendo aquello el final, pero no nos rendimos. Un ‘Héroes, Héroes’ brotó de cada garganta allí congregada, y las palmas ardieron al chocar entre sí tras el segundo y último regreso. Fue en ese momento cuando toda luz dejó de brillar y las gradas se tornaron un mar negro salpicado de mecheros, miles y miles, formando constelaciones, encendidos por una chispa adecuada que fue, simplemente, inolvidable.
Y por desgracia se empezó a perfilar el ocaso de tan memorable actuación, un auténtico tesoro que almacenamos en la alacena de nuestras mentes, que al atisbar el final enfermaron de desdicha, como presas de virus, abandonadas en brazos de la fiebre, temerosas por no haber recibido bendiciones o flores de loto que hicieran rodar su fortuna.
Se fueron de súbito. Nunca fue tan breve una despedida, ni quisimos creer que fuera definitiva. Se desvaneció el sueño. Intentamos volver a él en vano, y en ese instante deseamos morir de siesta para revivir aquella experiencia impagable. La música dio paso al silencio que nos hizo enmudecer durante horas. Sin palabras.
sábado, 6 de octubre de 2007
Praga, la joya de la corona
miércoles, 26 de septiembre de 2007
La sinuosa senda de la pluma
Mi tío tatarabuelo, Modesto Sánchez Ortiz, natural de Aljaraque, fue un conocido periodista de finales del siglo XIX. Publicó varios libros sobre esta práctica, y aunque seguramente hizo muchas más cosas de las que he podido averiguar, sí ha trascendido la más notable de ellas: el por entonces presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, le recomendó como director al Conde de Godó, propietario del periódico La Vanguardia, y éste aceptó. Por entonces era poco más que un diario caciquil que publicaba avisos de prensa, y gracias a su docta mano empezó a convertirse en lo que es ahora. Tras acceder a la dirección en 1888 comenzó a hacer de La Vanguardia un periódico moderno y profesional, más alejado de la política, e incluyó como colaboradores fijos y esporádicos a intelectuales y artistas de la época, entre los que figuraba el ilustre pintor Santiago Rusiñol, buen amigo suyo, quien le pintó el siguiente retrato, allá por 1898.
Abrió sus páginas a todas las manifestaciones artísticas y a las personas más representativas de la sociedad, creando una nueva filosofía de trabajo que sus sucesores fueron perfeccionando hasta terminar de hacer La Vanguardia un diario al nivel de los más ilustres. Con la cautela de quien no ha visto con sus propios ojos, me atrevo a decir que realizó un meritorio trabajo.
En él empieza la dinastía periodística, pero lógicamente no acaba. Su hermano menor, mi tatarabuelo, Gerardo Sánchez Ortiz, también se dedico a la disciplina. Fue periodista, corresponsal de varios periódicos extranjeros, franceses y portugueses sobre todo, y uno de los fundadores de la Asociación Nacional de la Prensa. Al final de su vida cultivó una curiosa manía: mientras leía un libro, tras finalizar una página, en vez de pasarla y unirla al montón de las ya vistas, la arrancaba sin contemplaciones.
Su primogénito, mi bisabuelo, Modesto Sánchez Monreal, fue precisamente vocal de la Asociación de la Prensa, además, como no, de periodista. Creó la agencia Notisport, de temática deportiva, y la agencia de noticias Febus, la cual, tras unirse a la agencia Fabra, dio lugar a la por hoy todos conocida agencia EFE. Algunos niegan este punto de partida, y añaden que se llama así por ser ésta la inicial del nombre y el apellido del Caudillo, pero según he leído, tomó esa denominación al ser la primera letra de las dos agencias que la originaron. Así mismo, fue redactor del prestigioso periódico La Voz, al igual que de su versión vespertina El Sol. El carácter deliberadamente liberal de la publicación le costó la condena a muerte, aunque afortunadamente sólo pasó unos años en la cárcel. Su hermano Fernando, sin embargo, sí fue asesinado. Era también periodista, el otro fundador de Febus, y padre del hoy famoso presentador y escritor Fernando Sánchez Dragó. La hermana de mi bisabuelo, Alicia Sánchez Monreal, no siguió los pasos de sus dos hermanos, pero dio a luz a la conocida escritora Lourdes Ortiz.
Y por último, desmenuzando los estratos que sí he tenido la suerte de conocer, revelaré que mi abuelo -de nombre Modesto, como os podéis imaginar- fue también periodista, aunque ejerció sólo de colaborador, en periódicos como Las Provincias. Si bien mi madre, aun siendo amante de las letras, optó por la filología, mi tía y madrina sí continuó la tradición, y hoy trabaja en el gabinete de prensa de una conocida empresa nacional. No, ella no se llama Modesta, si es lo que estáis pensando.
Y yo, pues… tengo este blog.
Por el momento…
jueves, 13 de septiembre de 2007
Botellazo al dios de las palabras
e. Úselo para acostumbrarse al fluir de las letras, para habituarse al ritual de acudir a la lectura antes de acostarse o simplemente para concebir la mesilla de noche como el lugar idóneo para acomodarlo. Introdúzcalo en su cartera o mochila y paséelo, sienta su peso, pero si le preguntan qué lleva, jamás diga la verdad; las respuestas han de ser “nada”, “otro objeto” o “el último de García Márquez”, por ejemplo, siempre dependiendo de quién le interrogue. Empezar de este modo es sencillo y peligroso. Ahora bien, no tenga la desfachatez de llamar libro a eso que sujeta ni de autoproclamarse lector; cuando entre en nuestro cosmos entenderá por qué.Un libro de verdad jamás le entregará sus secretos tan hartamente masticados y refritos; es un ejercicio de asimilación y comprensión. Si no lo entiende, tranquilo, suele pasar. Los libros son como las medicinas, no afectan por igual a todo el mundo. La magia reside en su capacidad evocadora y de absorción mental, en la facilidad con la que nos puede enviar a un lugar lejano o a otro inexistente de tintes hiperrealistas. Esta positiva y plausible enajenación supone un excelente modo de quitar la herrumbre a nuestros anquilosados intelectos, tan avezados a la ley del mínimo esfuerzo, una digna escapatoria hacia los deliciosos lares de la memoria, que en ocasiones se tornan dolorosos e insoportables. Es cierto, los libros son armas de doble filo; tan pronto nos lanzan del tenue enamoramiento al paroxismo emocional como remueven lo más sórdido del pasado y nos hacen naufragar. Hay que tener valor para afrontar el reto, pero no se eche atrás por esto; vale la pena. Usted mismo me dará la razón cuando, al terminar una gran obra, la apoye conmovido sobre el pecho y lamente mirando al vacío su corta extensión, pues incluso mil páginas pueden parecer diez -y viceversa-.
Ahora le dejo solo, pero tranquilo, es fácil no salirse del camino si uno así lo quiere. Coja un libro, léalo, paladéelo y reincida como si fuera un delito emocionante. Y mime la palabra. No más dardos ni botellazos, por favor.
lunes, 27 de agosto de 2007
La luz del jardín
, pero arriesgada y egoísta si dicha flor no ha alcanzado aún su máximo esplendor. Entonces lamentamos haber intentado arrancarla de su hábitat, donde crecía y relucía, y la volvemos a plantar cuidadosamente, con miedo a que se quiebre. Después nos sentamos lo más cerca posible a mirarla, evitando la tentación de tocar sus pétalos aterciopelados, su tallo enhiesto, sabiendo que se podría marchitar al manosearla. Pero hasta de lejos nos embriaga la vitalidad que desprende, y aspiramos su perfume, o lo recordamos, igual que los instantes en los que la teníamos entre las manos, y aunque añoramos la dicha que nos producía, nos conformamos con verla brillar en su mundo. Algunos sólo las recopilan por vanidad; otros lo hacen por cuidar la flor, asumen la responsabilidad de mantener un tesoro de la naturaleza, se esfuerzan por dar lo mejor de sí para que no le falte de nada y brille hasta el final. Eso los convierte en afortunados. Sólo esperan que las flores tan bellas no sepan guardar rencor por el originario acceso de autocomplacencia. En verano siempre descubrimos alguna...
domingo, 1 de julio de 2007
Desvarío estival
e. El verano es la sensación de no estar haciendo nunca lo suficiente, y al mismo tiempo de saber deleitarse con la más nimia experiencia. Percibo el rumor del mar a miles de kilómetros, tentándome, a la quietud de las cumbres, obrando igual, a los parajes recónditos de la naturaleza, invitándome, a las estrellas que se esmeran en duplicar su fulgor. Y el verano es tener tiempo para someterse con gusto a todos estos extraños influjos que se desatan súbitamente tras un insoportable letargo tan extenso como desquiciante. Pero tantos segundos de ofrenda invitan a pensar, meditar, a repasar mentalmente el camino que nos ha llevado al clímax del año, al goce simple y efímero. Es, efectivamente, ese estado de conmoción casi perpetua, de hipersensibilidad a los estímulos, de incerteza y confusión por no poder reconocer la mayoría de ellos, el sentido de desorientación parcial, el por qué eterno. ¿Por qué? Esa es la pregunta más formulada en mi ser, y aunque se repita hasta la saciedad, suele ser la cuestión más absurda, retórica e irresoluta de todas. Porque cuando hay tiempo para cavilar sobre lo que ha de ser reflexionado, hay también retorcidos accesos de dolor e incertidumbre, los que acarrea la ausencia de respuestas y conclusiones. Y es que cuando pienso y me pregunto y no hallo contestación concluyo: no podemos ser la razón de todo esto. Y si no somos eso, entonces no somos nada.martes, 22 de mayo de 2007
Lo más probable es el adiós
l caminar. Los brazos suyos apenas habían aprendido a anudarse entre sí durante los dos años que habían transcurrido desde aquel día gélido, cuando se fundieron por primera vez junto al puerto moteado de gaviotas y melancólicas sirenas roncas, junto al barco que ahora, como tanta otras veces, le devoraba a él para vomitarlo en un puerto distinto y vacío, un puerto sin ella. Sabían muy bien que después de cada encuentro lo más seguro era el adiós. Los estibadores, ajenos a la despedida, arrastraban pesadas cajas mohosas sobre el suelo empapado, y el gentío rumoreaba incomprensiones a gran volumen. Ninguno, ni al unísono, superaba el ruido que el silencio entre ellos les generaba en sus mentes. A él se le ocurrían decenas de cosas para gritar desde la altísima barandilla, a ella también, mas no lo hacían, porque creían haberse dicho todo ya. Lo que nunca, jamás se decían, era «Adiós», pues pronunciarlo suponía asegurar: «Ya no volveremos a vernos». La palabra más probable ni siquiera formaba parte de su vocabulario.
jueves, 17 de mayo de 2007
La nula indulgencia de Cronos
o subo las escaleras del metro, se me ve el cartón, el lumbago asoma el hocico e incluso se me agota antes la paciencia, pero también aparecen nuevos aspectos que imprimen ilusión a todo.