- Toc, toc...
- ¿Quién es?
- El verano
- ¡Joder, ya era hora!
Y sé que es él porque los grillos han perdido el miedo a la noche, porque el sol ningunea a la luna y sus reflejos de plata, porque la piel insiste en no ser cubierta, porque algo me conmueve continuament
e. El verano es la sensación de no estar haciendo nunca lo suficiente, y al mismo tiempo de saber deleitarse con la más nimia experiencia. Percibo el rumor del mar a miles de kilómetros, tentándome, a la quietud de las cumbres, obrando igual, a los parajes recónditos de la naturaleza, invitándome, a las estrellas que se esmeran en duplicar su fulgor. Y el verano es tener tiempo para someterse con gusto a todos estos extraños influjos que se desatan súbitamente tras un insoportable letargo tan extenso como desquiciante. Pero tantos segundos de ofrenda invitan a pensar, meditar, a repasar mentalmente el camino que nos ha llevado al clímax del año, al goce simple y efímero. Es, efectivamente, ese estado de conmoción casi perpetua, de hipersensibilidad a los estímulos, de incerteza y confusión por no poder reconocer la mayoría de ellos, el sentido de desorientación parcial, el por qué eterno. ¿Por qué? Esa es la pregunta más formulada en mi ser, y aunque se repita hasta la saciedad, suele ser la cuestión más absurda, retórica e irresoluta de todas. Porque cuando hay tiempo para cavilar sobre lo que ha de ser reflexionado, hay también retorcidos accesos de dolor e incertidumbre, los que acarrea la ausencia de respuestas y conclusiones. Y es que cuando pienso y me pregunto y no hallo contestación concluyo: no podemos ser la razón de todo esto. Y si no somos eso, entonces no somos nada.
e. El verano es la sensación de no estar haciendo nunca lo suficiente, y al mismo tiempo de saber deleitarse con la más nimia experiencia. Percibo el rumor del mar a miles de kilómetros, tentándome, a la quietud de las cumbres, obrando igual, a los parajes recónditos de la naturaleza, invitándome, a las estrellas que se esmeran en duplicar su fulgor. Y el verano es tener tiempo para someterse con gusto a todos estos extraños influjos que se desatan súbitamente tras un insoportable letargo tan extenso como desquiciante. Pero tantos segundos de ofrenda invitan a pensar, meditar, a repasar mentalmente el camino que nos ha llevado al clímax del año, al goce simple y efímero. Es, efectivamente, ese estado de conmoción casi perpetua, de hipersensibilidad a los estímulos, de incerteza y confusión por no poder reconocer la mayoría de ellos, el sentido de desorientación parcial, el por qué eterno. ¿Por qué? Esa es la pregunta más formulada en mi ser, y aunque se repita hasta la saciedad, suele ser la cuestión más absurda, retórica e irresoluta de todas. Porque cuando hay tiempo para cavilar sobre lo que ha de ser reflexionado, hay también retorcidos accesos de dolor e incertidumbre, los que acarrea la ausencia de respuestas y conclusiones. Y es que cuando pienso y me pregunto y no hallo contestación concluyo: no podemos ser la razón de todo esto. Y si no somos eso, entonces no somos nada.
1 comentario:
Muchacho, qué inmenso placer regresar a tu morada. Demasiado tiempo lejos, y aunque desde el curro podía alguna vez visitarte sólo ahora me puedo recrear en un comentario (tristemente para mí el verano aún no ha llegado).
Mi época preferida del año es el otoño, cuando la muerte de ese confuso gozo deja detrás una melancolía que invita con más fuerza aún a la reflexión y al arte (ummm, me estoy poniendo un poco cursi para un comentario después de tanto tiempo).
Espero que este verano lo disfrutes como pocos y que tenga el placer de compartir algunas horas de él contigo. Un abrazo!
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