n abismo-, y entiendo que tampoco espero, no; sigo caminando sin aguardar a que esa vida venga a mí, porque al pie de la montaña sólo llegan las cosas en forma de alud y sepultan a quien no emprende nada. miércoles, 26 de diciembre de 2007
Y tras la cumbre...
n abismo-, y entiendo que tampoco espero, no; sigo caminando sin aguardar a que esa vida venga a mí, porque al pie de la montaña sólo llegan las cosas en forma de alud y sepultan a quien no emprende nada. lunes, 10 de diciembre de 2007
Maldito duende
dos hombres de aspecto local en la que tenía a bien descansar al fondo a la derecha. Un coctel de osadía y desconfianza nos llevó a obviar la más cercana y acomodarnos sobre aquella que dormitaba junto a la pared más alejada de la boca que nos había vomitado en ese inclasificable rincón de Praga. Al punto acudió la camarera de la sonrisa enclaustrada, a quien ordenamos dos tragos rubios. Durante su lenta escancia observamos las composición de las paredes ocres que soportaban la baja bóveda: de ellas colgaba graciosamente una colección de imágenes y tallas de naturaleza dispar… un Buda sonriente, una foto de Bruce Lee pintarrajeada, un lienzo colorido gobernado por una virgen indígena que charlaba por un teléfono móvil, un tapiz de Jesucristo amontonando ovejas, unas cortinas de esparto moteadas de pavos reales, un puzle de sus Satánicas Majestades… Nos sirvieron, y entre tanto estudiamos con atención a los dos hombres que conversaban no muy lejos de nosotros, claramente sometidos a la tiranía de las muchas cervezas que sus hígados venían soportando aquella noche. El uno, de unas tres décadas de edad, hablaba con vehemencia al otro, de medio siglo como mínimo, quien callaba absorto sin parecer escuchar la verborrea de su interlocutor y solo asentía de cuando en cuando, probablemente por palabras que ya resonaban en el interior de su mente. Reparamos en que en la única mesa desocupada, donde reposaban tres vasos y sus correspondientes últimos tragos olvidados, se había entronado un joven de aspecto desaseado bajo el embrujo de alguna sustancia perseguida por la ley, el cual se hizo cargo de aquellos tres posos de cebada y volvió a ser engullido por el túnel. Acto seguido, el más joven de los dos vecinos se arrastró hasta nuestra mesa balbuceando en checo, traduciendo después ante nuestros rostros de incomprensión: quería lumbre para prenderse un cigarrillo. No pudimos proporcionárselo, y regresó a su sitio con torpeza, disculpándose exageradamente por haber disturbado nuestra velada. No nos sorprendimos del todo cuando le vimos extraer un mechero del bolsillo de la chaqueta y procurar pira a su cigarro, pero si temimos por la integridad de su compañero cuando trató de encender el que le correspondía a él, confiando en su pulso oscilante, a punto de aplicar la llama a la luenga barba del amigo en vez de al extremo del quebradizo cilindro. Controlamos las risas al tranquilizarnos la extinción del fuego, mientras el joven de la higiene distraída regresaba para dar vida a su marihuana liada en un papel con el vértice incandescente de una de las velas allí congregadas. En la mesa que antes había esquilmado estaban ahora dos hombres algo mayores que nosotros, contemplándonos con ojos pícaros e intenciones no exentas de lascivia, y el más anciano de los vecinos despertaba a su lengua del letargo y gritaba casi a su colega, sin que entendiéramos el motivo de su enfado ni el contenido de sus reproches. Pidió un café, aparentemente harto de la cerveza, para dejar otra vez en coma sus cuerdas vocales y retomar el gesto triste del artista que ha perdido su motivación o su musa. Desaparecieron los observadores de la acera opuesta pero regresó el adorador del cannabis, aún mas hechizado por él, y tras enojarse inexplicablemente con las cortinas de pavos reales, que todavía no habían abierto la boca o las costuras, se colocó una bolsa de plástico en la cabeza y se esfumó, para volver al poco y sentarse a leer un periódico con deficiente atención. En ese instante mi compañero y yo nos miramos, y sin añadir palabra fuimos a la barra, abonamos nuestras cervezas -más caras de lo habitual por una especie de impuesto sobre la inspiración- y nos dejamos caer sobre la acera helada, parpadeando confusos sin saber muy bien qué clase de vórtice espiritual habíamos tenido a bien visitar aquella noche que así comenzó.miércoles, 28 de noviembre de 2007
Los países majos
viernes, 2 de noviembre de 2007
Destino de madera
miércoles, 17 de octubre de 2007
Héroes Del Silencio
rrar nuestro hastío melódico, para ponernos fuera del alcance del bostezo universal, donde bogábamos casi exánimes y estancados. Verlos era una de las cosas que nos quedaban por hacer.Aquel día 12 de octubre comparecimos con antelación y nervios en el lugar de tan señalado evento, en nuestro sitio, para sacarnos nuestra espina. Dos horas y media antes del inicio de la magia ya estábamos allí, las dos horas y media más largas de nuestras vidas, que darían paso a las dos horas y media más cortas de las mismas. Me había jugado varias cenas a que no volvería de Praga hasta bien entrado el próximo año, pero perdí mi apuesta por el rock and roll. Mereció la pena el viaje y la espera.
A las nueve de la noche se apagaron las luces y la gente empezó a darse cuenta de lo que estaban a punto de presenciar. Unas pantallas mostraron las siluetas de los héroes al trasluz, moviéndose con parsimonia, mientras sonaban las guitarras de El estanque. Y entonces se alzaron y los vimos juntos por fin, sobre un escenario, poniéndonos la piel de pollo. Cinco figuras que no habían perdido la magia de sus manos y cuerdas vocales. Comenzaba el espectáculo.
Tras una traca de temas inolvidables, con una Sirena varada que nos conmovió a todos, Bunbury se acercó al micrófono para pedirnos un interceso; su voz estaba amenazando con decir adiós prematuramente. Todos palidecimos, pero el héroe volvió enseguida con más fuerza y, desde la pasarela que dividía al público en dos sectores igual de entregados, continuó deleitándonos con baladas supremas como La herida.
Al poco se volvieron a retirar y el público rugió enfervorizado pidiendo más acordes, redobles y alaridos. No era suficiente. Todavía faltaban algunas joyas de su extensísimo repertorio. Retomaron el camino al escenario y, entre aludes de aplausos, pusieron toda la carne en el asador, con malditos duendes, iberias sumergidas y tierras entre las que instalarnos, si bien poco duramos allí, pues nuestro ascenso hacia algún tipo de limbo fue instantáneo. Y en el clímax desaparecieron una vez más. Entonces tragamos saliva con gesto descompuesto suponiendo aquello el final, pero no nos rendimos. Un ‘Héroes, Héroes’ brotó de cada garganta allí congregada, y las palmas ardieron al chocar entre sí tras el segundo y último regreso. Fue en ese momento cuando toda luz dejó de brillar y las gradas se tornaron un mar negro salpicado de mecheros, miles y miles, formando constelaciones, encendidos por una chispa adecuada que fue, simplemente, inolvidable.
Y por desgracia se empezó a perfilar el ocaso de tan memorable actuación, un auténtico tesoro que almacenamos en la alacena de nuestras mentes, que al atisbar el final enfermaron de desdicha, como presas de virus, abandonadas en brazos de la fiebre, temerosas por no haber recibido bendiciones o flores de loto que hicieran rodar su fortuna.
Se fueron de súbito. Nunca fue tan breve una despedida, ni quisimos creer que fuera definitiva. Se desvaneció el sueño. Intentamos volver a él en vano, y en ese instante deseamos morir de siesta para revivir aquella experiencia impagable. La música dio paso al silencio que nos hizo enmudecer durante horas. Sin palabras.
sábado, 6 de octubre de 2007
Praga, la joya de la corona
miércoles, 26 de septiembre de 2007
La sinuosa senda de la pluma
Mi tío tatarabuelo, Modesto Sánchez Ortiz, natural de Aljaraque, fue un conocido periodista de finales del siglo XIX. Publicó varios libros sobre esta práctica, y aunque seguramente hizo muchas más cosas de las que he podido averiguar, sí ha trascendido la más notable de ellas: el por entonces presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, le recomendó como director al Conde de Godó, propietario del periódico La Vanguardia, y éste aceptó. Por entonces era poco más que un diario caciquil que publicaba avisos de prensa, y gracias a su docta mano empezó a convertirse en lo que es ahora. Tras acceder a la dirección en 1888 comenzó a hacer de La Vanguardia un periódico moderno y profesional, más alejado de la política, e incluyó como colaboradores fijos y esporádicos a intelectuales y artistas de la época, entre los que figuraba el ilustre pintor Santiago Rusiñol, buen amigo suyo, quien le pintó el siguiente retrato, allá por 1898.
Abrió sus páginas a todas las manifestaciones artísticas y a las personas más representativas de la sociedad, creando una nueva filosofía de trabajo que sus sucesores fueron perfeccionando hasta terminar de hacer La Vanguardia un diario al nivel de los más ilustres. Con la cautela de quien no ha visto con sus propios ojos, me atrevo a decir que realizó un meritorio trabajo.
En él empieza la dinastía periodística, pero lógicamente no acaba. Su hermano menor, mi tatarabuelo, Gerardo Sánchez Ortiz, también se dedico a la disciplina. Fue periodista, corresponsal de varios periódicos extranjeros, franceses y portugueses sobre todo, y uno de los fundadores de la Asociación Nacional de la Prensa. Al final de su vida cultivó una curiosa manía: mientras leía un libro, tras finalizar una página, en vez de pasarla y unirla al montón de las ya vistas, la arrancaba sin contemplaciones.
Su primogénito, mi bisabuelo, Modesto Sánchez Monreal, fue precisamente vocal de la Asociación de la Prensa, además, como no, de periodista. Creó la agencia Notisport, de temática deportiva, y la agencia de noticias Febus, la cual, tras unirse a la agencia Fabra, dio lugar a la por hoy todos conocida agencia EFE. Algunos niegan este punto de partida, y añaden que se llama así por ser ésta la inicial del nombre y el apellido del Caudillo, pero según he leído, tomó esa denominación al ser la primera letra de las dos agencias que la originaron. Así mismo, fue redactor del prestigioso periódico La Voz, al igual que de su versión vespertina El Sol. El carácter deliberadamente liberal de la publicación le costó la condena a muerte, aunque afortunadamente sólo pasó unos años en la cárcel. Su hermano Fernando, sin embargo, sí fue asesinado. Era también periodista, el otro fundador de Febus, y padre del hoy famoso presentador y escritor Fernando Sánchez Dragó. La hermana de mi bisabuelo, Alicia Sánchez Monreal, no siguió los pasos de sus dos hermanos, pero dio a luz a la conocida escritora Lourdes Ortiz.
Y por último, desmenuzando los estratos que sí he tenido la suerte de conocer, revelaré que mi abuelo -de nombre Modesto, como os podéis imaginar- fue también periodista, aunque ejerció sólo de colaborador, en periódicos como Las Provincias. Si bien mi madre, aun siendo amante de las letras, optó por la filología, mi tía y madrina sí continuó la tradición, y hoy trabaja en el gabinete de prensa de una conocida empresa nacional. No, ella no se llama Modesta, si es lo que estáis pensando.
Y yo, pues… tengo este blog.
Por el momento…
jueves, 13 de septiembre de 2007
Botellazo al dios de las palabras
e. Úselo para acostumbrarse al fluir de las letras, para habituarse al ritual de acudir a la lectura antes de acostarse o simplemente para concebir la mesilla de noche como el lugar idóneo para acomodarlo. Introdúzcalo en su cartera o mochila y paséelo, sienta su peso, pero si le preguntan qué lleva, jamás diga la verdad; las respuestas han de ser “nada”, “otro objeto” o “el último de García Márquez”, por ejemplo, siempre dependiendo de quién le interrogue. Empezar de este modo es sencillo y peligroso. Ahora bien, no tenga la desfachatez de llamar libro a eso que sujeta ni de autoproclamarse lector; cuando entre en nuestro cosmos entenderá por qué.Un libro de verdad jamás le entregará sus secretos tan hartamente masticados y refritos; es un ejercicio de asimilación y comprensión. Si no lo entiende, tranquilo, suele pasar. Los libros son como las medicinas, no afectan por igual a todo el mundo. La magia reside en su capacidad evocadora y de absorción mental, en la facilidad con la que nos puede enviar a un lugar lejano o a otro inexistente de tintes hiperrealistas. Esta positiva y plausible enajenación supone un excelente modo de quitar la herrumbre a nuestros anquilosados intelectos, tan avezados a la ley del mínimo esfuerzo, una digna escapatoria hacia los deliciosos lares de la memoria, que en ocasiones se tornan dolorosos e insoportables. Es cierto, los libros son armas de doble filo; tan pronto nos lanzan del tenue enamoramiento al paroxismo emocional como remueven lo más sórdido del pasado y nos hacen naufragar. Hay que tener valor para afrontar el reto, pero no se eche atrás por esto; vale la pena. Usted mismo me dará la razón cuando, al terminar una gran obra, la apoye conmovido sobre el pecho y lamente mirando al vacío su corta extensión, pues incluso mil páginas pueden parecer diez -y viceversa-.
Ahora le dejo solo, pero tranquilo, es fácil no salirse del camino si uno así lo quiere. Coja un libro, léalo, paladéelo y reincida como si fuera un delito emocionante. Y mime la palabra. No más dardos ni botellazos, por favor.
lunes, 27 de agosto de 2007
La luz del jardín
, pero arriesgada y egoísta si dicha flor no ha alcanzado aún su máximo esplendor. Entonces lamentamos haber intentado arrancarla de su hábitat, donde crecía y relucía, y la volvemos a plantar cuidadosamente, con miedo a que se quiebre. Después nos sentamos lo más cerca posible a mirarla, evitando la tentación de tocar sus pétalos aterciopelados, su tallo enhiesto, sabiendo que se podría marchitar al manosearla. Pero hasta de lejos nos embriaga la vitalidad que desprende, y aspiramos su perfume, o lo recordamos, igual que los instantes en los que la teníamos entre las manos, y aunque añoramos la dicha que nos producía, nos conformamos con verla brillar en su mundo. Algunos sólo las recopilan por vanidad; otros lo hacen por cuidar la flor, asumen la responsabilidad de mantener un tesoro de la naturaleza, se esfuerzan por dar lo mejor de sí para que no le falte de nada y brille hasta el final. Eso los convierte en afortunados. Sólo esperan que las flores tan bellas no sepan guardar rencor por el originario acceso de autocomplacencia. En verano siempre descubrimos alguna...
domingo, 1 de julio de 2007
Desvarío estival
e. El verano es la sensación de no estar haciendo nunca lo suficiente, y al mismo tiempo de saber deleitarse con la más nimia experiencia. Percibo el rumor del mar a miles de kilómetros, tentándome, a la quietud de las cumbres, obrando igual, a los parajes recónditos de la naturaleza, invitándome, a las estrellas que se esmeran en duplicar su fulgor. Y el verano es tener tiempo para someterse con gusto a todos estos extraños influjos que se desatan súbitamente tras un insoportable letargo tan extenso como desquiciante. Pero tantos segundos de ofrenda invitan a pensar, meditar, a repasar mentalmente el camino que nos ha llevado al clímax del año, al goce simple y efímero. Es, efectivamente, ese estado de conmoción casi perpetua, de hipersensibilidad a los estímulos, de incerteza y confusión por no poder reconocer la mayoría de ellos, el sentido de desorientación parcial, el por qué eterno. ¿Por qué? Esa es la pregunta más formulada en mi ser, y aunque se repita hasta la saciedad, suele ser la cuestión más absurda, retórica e irresoluta de todas. Porque cuando hay tiempo para cavilar sobre lo que ha de ser reflexionado, hay también retorcidos accesos de dolor e incertidumbre, los que acarrea la ausencia de respuestas y conclusiones. Y es que cuando pienso y me pregunto y no hallo contestación concluyo: no podemos ser la razón de todo esto. Y si no somos eso, entonces no somos nada.martes, 22 de mayo de 2007
Lo más probable es el adiós
l caminar. Los brazos suyos apenas habían aprendido a anudarse entre sí durante los dos años que habían transcurrido desde aquel día gélido, cuando se fundieron por primera vez junto al puerto moteado de gaviotas y melancólicas sirenas roncas, junto al barco que ahora, como tanta otras veces, le devoraba a él para vomitarlo en un puerto distinto y vacío, un puerto sin ella. Sabían muy bien que después de cada encuentro lo más seguro era el adiós. Los estibadores, ajenos a la despedida, arrastraban pesadas cajas mohosas sobre el suelo empapado, y el gentío rumoreaba incomprensiones a gran volumen. Ninguno, ni al unísono, superaba el ruido que el silencio entre ellos les generaba en sus mentes. A él se le ocurrían decenas de cosas para gritar desde la altísima barandilla, a ella también, mas no lo hacían, porque creían haberse dicho todo ya. Lo que nunca, jamás se decían, era «Adiós», pues pronunciarlo suponía asegurar: «Ya no volveremos a vernos». La palabra más probable ni siquiera formaba parte de su vocabulario.
jueves, 17 de mayo de 2007
La nula indulgencia de Cronos
o subo las escaleras del metro, se me ve el cartón, el lumbago asoma el hocico e incluso se me agota antes la paciencia, pero también aparecen nuevos aspectos que imprimen ilusión a todo. miércoles, 9 de mayo de 2007
El óbito de la flor peluda
jueves, 26 de abril de 2007
Primavera...
heraldos, ciegos, el retorno inviable.
Que viven en los presagios del choque,
que mueren en la colisión fluida, el vivir.
Languidecen.
Qué son sino sus propias lágrimas, el llorar la vida
y no la muerte, el trayecto prodigioso
y no su atroz despedida.

miércoles, 11 de abril de 2007
Negro sobre negro
etía, que ya haya muerto. Resultaba tétrico, descorazonador, inaceptable, aun siendo casi un calco de lo ya conocido. Mi propio óbito, un verdadero despropósito. Al fin y al cabo, estaba al otro lado del espejo y todo podría parecer igual, sin serlo. No, desde luego no lo era, aquello apenas llegaba a ser una imitación desvencijada sin la esencia del patrón original. Con el salto de una a otra se perdían todos los detalles y virtudes que hacían genuina a la vida, y que la muerte imitaba burdamente durante un tiempo y por alguna razón inexplicable, como una fotocopia. Pero ya digo que esto era coyuntural. Tras un fugacísimo fundido en negro y una vuelta efímera a la existencia desvaída, todo se sumía en la espesura azabache que en realidad era la muerte. En ella no se podía mover uno, no podía verse, y cuando creía distinguir un sonido -casualmente familiar, una voz, pura sugestión- me desplazaba torpe hacia allí, a través de una atmósfera viscosa e impracticable, densa como el alquitrán. Sí, así era exactamente. Y no recuerdo hallar nada más que nueva oscuridad. La muerte en sí resultaba peor que cualquier ensayo sobre ella. Morir, si así resulta ser, es la nada, es dar palos de ciego y estar sumido en la espesura del hastío hasta enloquecer. Después de la vida no hay nada, literalmente, o hay nada, que dirían los latinoparlantes. Morir... ¿para qué? Si iba a ser aun más aburrido. De todos modos, al despertar no me atreví a etiquetar esta visión como pesadilla, a pesar de habérseme presentado bajo un tegumento muy similar, y medité entre sábanas y el siguiente sueño si aquellos que creen en una segunda existencia perderían su fe en ella tras padecer una revelación tan coherente. Sí, demasiado acertada, fidedigna, demasiado creíble, no se por qué. Lo asumí, ya digo, como una dimensión de alquitrán, a pesar de no haber estado nunca sumergido en él. Son deducciones lógicas. Alquitrán... el alquitrán es la muerte, quizás por ello haya tanta gente que pierda la vida en la carretera. Deberíamos conducir y desplazarnos sobre algo más suculento. Nieve templada, por qué no. Puestos a pedir...martes, 27 de marzo de 2007
Inseparables, complementarias
Hallé en la contemplación de sus gestos una devoción febril por el sufrimiento, por la locura. En su estela imperceptible se estancaba la eternidad y el tiempo se perdía en su propia aura viscosa, haciendo del mundo un estanque helado sobre el que resbalar y perder el sentido. Los cinco otorgados se bloqueaban paulatinamente. Ella no se detenía por razones ajenas, y no lo haría jamás. Me supe un siervo de su codicia, pero qué importaba ya. Sólo podía verla desfilar y asumirla como ensoñación, mejor que como un excremento de la vigilia. Se alejaba sin torcer el cuello, sin mirar lo sobrepasado. Se iba. Pero sí, era mejor creerla un vestigio onírico. Justo detrás caminaba una réplica oscura suya, cabizbaja, sombría, hedionda, aunque dulce. La levedad de su devenir enmascaraba el cometido de segar lo que aquella silueta que la precedía había sembrado indiferente, desde la inercia. La una no miraba a la otra, sino a la nada, la otra no miraba a la una, sino al suelo evanescente, y ambas eran tan inseparables y complementarias como las noches y los días. Tras la última, ni un sólo motivo reconocible quedaba. Arrasaba con todo. ¿Tendría también ella un principio y un fin marcados, al igual que la figura cuya sombra interpretaba? En el instante de despedir a una y dar la bienvenida a la otra, era algo poco importante, pues en efecto la recibí con los brazos abiertos, queriendo abrazar a un ser que debía de odiar cualquier tipo de abrazo. Y aun así aferré sus vestiduras rasgadas cuando pasó de largo, en vano. No podría haberla tocado, nunca, no hasta el momento que ella decidiera. También desapareció en la luz, diluida, tras la primera y bella desconocida, quien empezó a enfundarse el disfraz de mundo que no creí volver a contemplar.jueves, 1 de marzo de 2007
Por la puerta de atrás
un piso, un coche, un puesto de directivo y vacaciones pagadas cada verano, y os animo a todos a hacer lo mismo. Una huelga de hambre masiva, a nivel nacional. Menudo titular. De ser así, cobraría tintes de razón aquello de que África empieza en los pirineos, pues además de hienas y buitres por los rincones tendríamos hambruna general. Hoy he leído que hace poco un niño africano de 9 años mintió sobre su edad para poder escalar el Kilimanjaro junto a varios exploradores (la edad mínima son 10 años). Dudo que su alimentación fuese mejor que la de nuestros niños, quienes entre bocado y bocado sólo se preocupan por pelear, fumar canutos, decir tacos y grabar todo ello con sus móviles. Si dejaran de comer tal vez abandonasen estos malos hábitos y les diese por coronar montañas, y nosotros, además de adelgazar, conseguiríamos pagar las letras del coche y la hipoteca mediante el ahorro alimenticio. Por ahora sólo veo ventajas en eso de renunciar a la comida. Si esto empieza y prospera los mandatarios no tardarán en apuntarse el tanto, y entonces decidirán seguir corrompiendo a África enviándole toda la comida inservible para que se vuelvan como nosotros antes de renunciar a ella. Los africanos sobrevivirían a la inanición, sí, pero pronto verían que sólo era un regalo envenenado más proveniente del primer mundo, quien al menos se daría cuenta de que la puerta de atrás de África no era para las basuras, sino para las almas, y que por ello nunca nos enterábamos cuando se iban.martes, 20 de febrero de 2007
Los desfases hieráticos de cuerpo y alma
sé cual- no puedo verme el gesto las veinticuatro horas del día, y el ser algo esquivo a los objetos especulares me impide colocarme uno frente al rostro durante tanto tiempo. En cualquier caso, me gustaría probarlo, grabarme la cara un día entero y pasarme el siguiente víendome con un jet lag tan desmesurado como el que padezco. A buen seguro mi faz variaría constantemente al comprobar los resultados. Sería un extrañísimo ejercicio de autoanálisis verme en un espejo sometido a la diferencia horaria, como si el yo que contemplase no fuese el del día anterior, sino más bien el que sería varías franjas terrestres más a la izquierda, igual pero distinto, un alter ego tal vez más feliz que el ego gracias a estar donde al parecer habría de estar. ¿Una visión del pasado en el presente que en realidad es una visión del futuro? También lo desconozco, hoy en día si algo me es inherente, eso es la incerteza absoluta, y todo apunta a que sólo el paso del tiempo ira desvelando el porvenir. Pero qué diablos, en el fondo todo es coyuntural. De todos modos investigaré para ver si mi expresión es tan monótona, y espero que no sea así, porque eso me convertiría en una especie de autómata, y los aborrezco con toda mi alma desfasada. Odiaría parecer un busto, siempre con el mismo semblante, y deduzco que se trataría de uno no demasiado elocuente o expresivo. Además, sólo te hacen un busto cuando te has muerto, lo que sería una pésima señal y un hurto desproporcionado, pues apenas tengo más posesiones apreciadas que la vida. Creo haber descubierto otro miedo más, un nuevo temor: ahora también tengo pánico al hieratismo, y aunque el aspecto de la realidad sólo suele invitar a componer un gesto de proverbial indiferencia, soy de los que piensan que al mal tiempo buena cara. Mientras tanto, sálvese quien pueda... viernes, 16 de febrero de 2007
Ministros, ministras y otros animales
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viernes, 2 de febrero de 2007
Suegras y avestruces
Hace poco leí que había comenzado el juicio por un asesinato cometido a principios de siglo, y hasta aquí todo normal, ya sabemos que ésta, nuestra “justicia”, suele ser lenta cual tortuga maniatada; lo curioso del caso reside en el modus operandi del asesino. El hombre, con su medio siglo largo a cuestas, dormía profundamente cuando se levantó para cometer su tropelía -valiente contradicción-. Fue un ejercicio de parasomnia, según los expertos, un trastorno del sueño que engloba cuatro tipos, de los cuales este individuo eligió un poco de cada uno sin darse cuenta, aunque en mi opinión todo suena a burda excusa, a un montaje. Según él, soñaba que dos avestruces le estaban atacando ferozmente, y claro, presa del pánico, tuvo la idea de enarbolar un hacha y un martillo para defenderse. La mujer y la suegra salieron a su paso, asustadas supongo por el trajín nocturno, y él, en pleno éxtasis aniquilador, acabó con ellas pensando que eran los enormes pajarracos. Lo que me hace sospechar de su verdadera intención es la presencia de la suegra, a quien seguro deseaba dar muerte; la esposa fue un daño colateral, una mártir de la buena causa, es decir, se la cargó para disimular, o quizá, una vez puesto en marcha, pensó que no era tan mala idea matar dos pájaros de un tiro, nunca mejor dicho. A las suegras se las suele comparar con otro tipo de aves, como grullas o pájaros de mal agüero, o incluso con especies de otras ramas, desde zorras hasta víboras, pero... ¿avestruces? Aunque es cierto que a veces se deben tener unos huevos como los de estos animales -u ovarios, seguramente bastante grandes también- para soportar a una suegra. De hecho, el Tribunal de la Rota Romana acaba de incluir a las suegras como motivo fehaciente y suficiente para un divorcio, y si lo dicen ellos es que los topicazos son ciertos. Volviendo al uxoricida-avicida, tras tumbar a las dos mujeres decidió dar buena cuenta de sus retoños. No especificó si también los confundió con avestruces o si pensó que eran pollos de corral, pues atacó con menos ímpetu y, por suerte, la hija sólo sufrió heridas y el hijo logró arrebatarle el hacha. Acto seguido, se defenestró, bien para suicidarse o para huir volando -¿se creería también un pájaro?-, pero aterrizó sobre un coche y sobrevivió. No sabemos cómo se solventará el juicio, si los descerebrados que tomen la decisión creerán una milonga tan pueril y lo dejarán ir, como pide la defensa, o si lo enchironarán. Espero sea lo segundo. También no hace mucho, condenaron a una joven a seis meses de cárcel por arrancarle media lengua a su novio de un mordisco, y ahora el pobre no puede emplear ciertas consonantes, dentales y palatales principalmente. Supongo que romperá con ella, aunque la quiera, porque las discusiones serían imposibles -mira que nos encanta discutir con la pareja- sin poder pronunciar cosas como: ¡Tu madre es un avestruz de mierda!miércoles, 31 de enero de 2007
Londres: un destino menos

martes, 16 de enero de 2007
Edades improbables
Cuando era un niño me imaginaba el futuro como algo improbable, un suceso que sólo afectaría a los demás, si bien pensaba en él con la retórica típica de cualquier alma cándida. Aquello de “cuando sea mayor...” eran simples palabras vacías, carentes de esencia, se decían por pura imitación o inercia, para ser uno más elucubrando sobre un porvenir latente. Haciendo memoria, no conozco a nadie que haya cumplido su sueño de ser astronauta, inventor, futbolista, catador de dulces y demás quimeras -aun es pronto, pero pocos están en el camino de su sueño infantil-. Resultaba sumamente complicado incluso imaginarse a esta edad. Ahora, por alguna razón que escapa a la mía, consigo recordar mi modo de pensar cuando era un tierno imberbe, mis cánones y patrones a partir de los cuales desgajaba el mundo exterior, el modo de regirme y gobernarme, la percepción de una vasta realidad demasiado distante por aquel entonces. Hoy día puedo rescatar algún vestigio de esos años, cuando la ignorancia nos mantenía dentro de los límites de la felicidad, en parajes tan maravillosos como efímeros, pero me sigue costando horrores imaginarme en el futuro. Tendemos a obviar los pasos inmediatos de nuestra existencia para recrearnos en los siguientes, aunque ahora el que me fascina es el último, la senectud, pues la madurez y la talludez se me pueden antojar cercanas incluso, o cuanto menos similares a estas épocas, pero la vejez es algo ignoto y verdaderamente lejano. A veces actúa como acicate para seguir adelante -sí, es una extraña motivación-, es un estado al que llegar será un logro, el final. Si concibo la vida como una navegación, con una excesiva tendencia a estar a la deriva, la tercera edad la entiendo como el puerto donde atracamos o la playa donde quedamos varados y languidecemos -hay muchos modos de llegar a viejo, algunos terroríficos-, pero en cualquier caso un lugar donde estamos estancados y de verdad tenemos tiempo para ser humanos, reflexionar sobre los rumbos tomados en el pasado, hacer acopio de sabidurías y demás delicias a las que ahora no podemos dedicarnos. Tal vez sea una de las pocas cosas buenas de este periodo. Si alcanzo dichas edades, me pregunto cuándo empezare a considerarme un anciano, un ser expuesto a la senilidad y el abandono, las fieras de todo hombre. Según dice Gabriel García Márquez, un hombre comprende que está envejeciendo cuando se mira al espejo y ve en su rostro la cara de su padre. Algún día lo haré, me plantaré frente al espejo, pero para intentar reconocerme a mí mismo y no a mi progenitor, porque no me acostumbraré jamás a un rostro arrugado ni a un pelo cano -soy consciente inconscientemente-, y buscaré en mi faz los detalles del pasado, quizás de estos momentos, o algunos posteriores, y pensaré: así que esto era la vida... Y no sé si lo comprenderé, como tampoco sé por qué me resulta tan enigmático el hecho de poder ser un octogenario curtido en mil vivencias. ¿Será la última parada la que proporcione las respuestas o aclare aquello jamás comprendido? Muchos no quieren vivir tanto, pero yo no pienso renunciar a ello, me parece abominable prescindir de una conclusión ideada para hacer de la vida algo con entidad y sentido. Es curioso, nadie nos enseña a envejecer, y sin embargo es de lo que mejor sabemos hacer...sábado, 6 de enero de 2007
Música, silencio
voz, la única, reverberando
el beso tuyo. Si son melódicas
las últimas notas del recuerdo,
sabrán volver. Y mientras,
se esmera en crepitar la
quietud, y me añades al
pensar nuevos caminos,
inciertos, serpenteando por
mí. Pero no queda nada, no,
nada -van a estrellarse las
músicas del alma- ¡Qué
olvidado ya su musitar,
su rumor sellado!
Todo es calma tormentosa,
el ruido mudo del tormento,
sí, todos los versos inútiles
que agotan el temblar del eco.
Y me empujas al silencio...