miércoles, 28 de noviembre de 2007

Los países majos

He hallado, en un rincón del continente, una aproximadísima recreación de la vida idílica que podría describirse en cualquier novela de ficción, y es real, sí, vívida y fehaciente; existe. Sólo he paladeado una porción de tan suculento pastel, Groningen, y he regresado a las heladas estepas de centroeuropa con ganas de empacharme de él en cuanto me vaya de aquí. Nunca es desagradable volver a Praga, por supuesto, pero tras integrarme entre los holandeses los checos me resultan aún más incomprensibles y deshumanizados, como máquinas irascibles programadas para no excederse en gentilezas o buenos gestos. Allí sólo me encontré caras amables, sonrisas, hospitalidad, angloparlantes y modales refinados. ¡Así da gusto! Las ancianas te tratan como si fueras su propio nieto, hasta el más rudo vendedor ambulante te desea buen fin de semana, y seguro que los maleantes -si los hubiere- te atracan con un por favor adelantado y gesto dulce. Se mastica tranquilidad por sus calles, armonía, todo es una maquinaria engrasada con la lógica del bienestar, y parece funcionar de maravilla, según pude comprobar. Las bicicletas tienen tomada la ciudad, son una plaga benigna que añade sabor al entorno, lo embellecen con su desordenado modo de amontonarse en cualquier farola o esquina, y lo desintoxican de humo y ruidosos vehículos. De todas las drogas que circulan por Gronigen atropelladamente como los glóbulos rojos de un hemofílico, la más placentera debe de ser seguro la de pedalear, que viene a ser causa y efecto en sí misma. Sin dos ruedas y un sillín no eres nadie, sólo un lento peatón entre balas de aluminio. A las afueras se encuentra un lugar digno de mención y reiteradas visitas en todas las estaciones, pues en cada una ofrece un aroma peculiar e inimitable: este lago, inmenso, que muestra la fotografía. En otoño se componen sobre él unos atardeceres incandescentes que poco tienen que envidiar a la luz emputecida de la Praga crepuscular, y el aire desatado durante el ocaso provoca en la hierba crecida de su ribera un engolfamiento parecido al del Moldava a la altura de la Isla de Kampa. Un paraíso auténtico, una ensoñación, sólo se comprende sentado junto a él, especialmente a la sombra del molino que lo vigila minuto tras minuto. Aquí poco podría añadir sin quedarme corto en la evocación de su magia. Es una pieza más de un cautivador asentamiento humano, pero de humanos empeñados en desprenderse de las más deleznables actitudes de su condición. Imagino que a quien lea esto le entrarán ganas de acercarse a visitarlo, y no dudo que los disfrutará, pero he de reconocer que se me hinchan los dedos con apetitosas palabras, porque descubrirlo junto a alguien que ya lo conoce y lo aprecia profundamente hace de la visita algo todavía más trascendental y delicioso, y si dicha guía tiene demás la manía de hechizar sistemáticamente todo cuanto pisa o maneja, se salta al territorio de las experiencias imborrables. Pero puedo asegurar que nadie desterrará de sus recuerdos una incursión por Groningen, aunque aviso que tiene un peligro latente; es como el Amazonas, si uno va, es posible que nunca vuelva de allí.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Destino de madera

En Praga los rincones gestionados por la muerte también conservan la belleza de cualquier otro espacio construido para la vida. Este cementerio de Vinohrady lo demuestra; aun siendo un oasis de aniquilación destila imponentes efluvios de existencia, es un ente tan integrado en la urbe como al margen de ella. Las tumbas son auténticas piezas de arte, desde las más mugrientas hasta las que yacen sobre el humus sin dejarse leer epitafios ni fechas sobre el propietario que ya nada puede poseer. Estas dos me parecieron especialmente imponentes, más que los pequeños mausoleos o las que iban acompañadas de bustos del finado. Sobre todas ellas se extiende una maraña de ramas y hojas, un laberinto de savia que se inyecta en el suelo donde un submundo de cadáveres aguarda, quizás alimentándose de ella. Beben del jugo de la naturaleza pura que los cubre y oculta. Todo el camposanto se rinde a la penumbra de los vegetales; los árboles forman cúpulas mohosas, odiadas por el sol, y a sus pies se arremolinan hongos de aspecto inocente, sin duda germinados con la semilla de la muerte, que también se adhiere a las hojas secas desterradas por el otoño, las que cubren cada rincón, cada sepulcro, cada avenida de cuerpos sepultados. Es un manto ocre que adopta el color de la propia piel humana al volverse inútil, pudrirse, compuesto al tiempo por el verde de otras tantas hojas sanas que por alguna razón yacen junto a las caídas. Imitan el ritual humano de visitar a los ausentes, calcan la costumbre global de no ignorar a los que no pueden ver ni ser vistos. Tras unos minutos entre la sombra y la escala de grises y pardos, se confunden todos los elementos: la piedra, el mármol, el frío, la tierra, la carne invisible, los fluidos reemplazados... Entonces uno concibe el entorno como eso, un ser con algo parecido a la vida que se compone de muerte y putrefacción. Con todo, la sordidez del óbito se diluye aquí con tremenda facilidad; es un paisaje más, idílico y tenebroso a la vez, mezcla que en realidad lo hace más apetitoso. Cuando salí por la puerta desvencijada, todavía conmovido, varias piezas del rompecabezas que se desplegó en mi mente al llegar a Praga fueron agrupándose. Nadie quiere abandonar gratuitamente la ciudad, sustrato o atmósfera; todos se quedan, en especial los muertos, quienes asimilan la calidad de la madera del devorador de carne que los hospeda y se transforman, creando arboles, naturaleza con alma humana, y reemprenden el proceso de todo ser. De sus ramas y troncos se extrae después la materia prima que da lugar a las omnipresentes marionetas, humanoides articulados de gesto inmutable que no son sino la reencarnación favorita de los lugareños. Sí, es poco lógico vivir con la perpetua expresión hierática de una marioneta y tras fenecer desear ser una de ellas al cien por cien. Son muy tradicionales, pero no se dan cuenta de que una vida de madera enmohece el alma. Ésa podría ser una explicación a su hosquedad. Por otra parte, los visitantes de Praga se contaminan sin saberlo de esta vorágine de cuerdas y texturas vegetales; esa sensación de flotar que se tiene al deambular por la ciudad es simplemente la que padecen los títeres cuando son manejados por dedos ágiles y periciosos. Praga es simplemente el teatro de marionetas del mundo, un rincón plagado de escenarios que sólo tienen cabida en los relatos fantásticos, y por ello estar aquí es un cuento de hadas de final aleatorio, una representación inevitable ante la que hay que rendirse. Quien quisiera que creara nuestro hábitat era seguro un docto titiritero, poco precavido también, pues aunque reservó un espacio para su afición, se le quedó pequeño, y por eso siempre acaba enredando todas sus marionetas entre sí. Probablemente ahora tenga cuerdas en mis dedos y no esté escribiendo con plena consciencia, pero al menos estas hebras invisibles no me amordazan las manos, ni lo harán.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Héroes Del Silencio

Hace once años proclamaron, sin que les creyésemos, que volverían en la gira del próximo milenio. No hallábamos posos de café que auspiciaran su reagrupación, y en efecto transcurrió una década de angustia e incertidumbre que confirmó los fantasmas de su desaparición. Pensábamos que efectivamente nos habían olvidado, pero cuando habíamos perdido la esperanza hallada en su propia fuente, reaparecieron, en la ciudad que los vio surgir y hacerse grandes, a orillas del Ebro, en el día más señalado. Volvieron para desterrar nuestro hastío melódico, para ponernos fuera del alcance del bostezo universal, donde bogábamos casi exánimes y estancados. Verlos era una de las cosas que nos quedaban por hacer.

Aquel día 12 de octubre comparecimos con antelación y nervios en el lugar de tan señalado evento, en nuestro sitio, para sacarnos nuestra espina. Dos horas y media antes del inicio de la magia ya estábamos allí, las dos horas y media más largas de nuestras vidas, que darían paso a las dos horas y media más cortas de las mismas. Me había jugado varias cenas a que no volvería de Praga hasta bien entrado el próximo año, pero perdí mi apuesta por el rock and roll. Mereció la pena el viaje y la espera.

A las nueve de la noche se apagaron las luces y la gente empezó a darse cuenta de lo que estaban a punto de presenciar. Unas pantallas mostraron las siluetas de los héroes al trasluz, moviéndose con parsimonia, mientras sonaban las guitarras de El estanque. Y entonces se alzaron y los vimos juntos por fin, sobre un escenario, poniéndonos la piel de pollo. Cinco figuras que no habían perdido la magia de sus manos y cuerdas vocales. Comenzaba el espectáculo.

Tras una traca de temas inolvidables, con una Sirena varada que nos conmovió a todos, Bunbury se acercó al micrófono para pedirnos un interceso; su voz estaba amenazando con decir adiós prematuramente. Todos palidecimos, pero el héroe volvió enseguida con más fuerza y, desde la pasarela que dividía al público en dos sectores igual de entregados, continuó deleitándonos con baladas supremas como La herida.

Al poco se volvieron a retirar y el público rugió enfervorizado pidiendo más acordes, redobles y alaridos. No era suficiente. Todavía faltaban algunas joyas de su extensísimo repertorio. Retomaron el camino al escenario y, entre aludes de aplausos, pusieron toda la carne en el asador, con malditos duendes, iberias sumergidas y tierras entre las que instalarnos, si bien poco duramos allí, pues nuestro ascenso hacia algún tipo de limbo fue instantáneo. Y en el clímax desaparecieron una vez más. Entonces tragamos saliva con gesto descompuesto suponiendo aquello el final, pero no nos rendimos. Un ‘Héroes, Héroes’ brotó de cada garganta allí congregada, y las palmas ardieron al chocar entre sí tras el segundo y último regreso. Fue en ese momento cuando toda luz dejó de brillar y las gradas se tornaron un mar negro salpicado de mecheros, miles y miles, formando constelaciones, encendidos por una chispa adecuada que fue, simplemente, inolvidable.

Y por desgracia se empezó a perfilar el ocaso de tan memorable actuación, un auténtico tesoro que almacenamos en la alacena de nuestras mentes, que al atisbar el final enfermaron de desdicha, como presas de virus, abandonadas en brazos de la fiebre, temerosas por no haber recibido bendiciones o flores de loto que hicieran rodar su fortuna.

Se fueron de súbito. Nunca fue tan breve una despedida, ni quisimos creer que fuera definitiva. Se desvaneció el sueño. Intentamos volver a él en vano, y en ese instante deseamos morir de siesta para revivir aquella experiencia impagable. La música dio paso al silencio que nos hizo enmudecer durante horas. Sin palabras.

sábado, 6 de octubre de 2007

Praga, la joya de la corona

Por fin, escribo unas líneas desde la inmaculada y bella ciudad de Praga. Decía Goethe que era la piedra más preciosa de la corona de las ciudades europeas, y se quedaba corto. Aquí todo se saborea: las calles empedradas como serpientes infinitas, los tranvías nerviosos, la lluvia traicionera y, por supuesto, la cerveza. Es el caldo vital de toda su actividad; estoy convencido de que el río Moldava, que divide la urbe perpetuamente, es pura y densa cerveza negra. Nada más poner pie en Praga, se percibe un evidente acogimiento, que sin duda surge del visitante, pues los anfitriones desprecian sistemáticamente a todo aquel que no habla checo a nivel de catedrático. Aquí el frío es inversamente proporcional a la simpatía. Es más fácil ver el sol huidizo que una sonrisa o un mínimo gesto de calidad humana. Incluso entre ellos se tratan con cautela, miedo quizás, como si demostrar afecto o alegría fuera un delito penado con cien latigazos. La gente joven, al menos, se muestra más hospitalaria y familiarizada con el inglés. Pero volviendo a la ciudad en sí, es difícil objetar algo. Praga es un lugar hechizado que emana auténtica magia, sortilegios que se inyectan en quien la recorre como una dulce dosis de sosiego. La ciudad encantada. Además del jolgorio o la dicha, parece estar prohibida la fealdad; no hay calle del centro y muchos otros barrios que no tenga una hilera de casas impolutas y llamativas, cada una distinta de la siguiente y la anterior, con un patrón tan poco armónico a veces que eleva el conjunto a una maestra creación. En los rincones se amontonan los hechizos que sin duda levantaron Praga. Es casi alucinógeno ser la savia de sus calles. Los lugareños, tras su rictus impenetrable, deben de padecer lo mismo, aunque lo disimulan muy bien. Según veo, está más de moda pasear con un perro miniaturizado de ojos saltones entre los brazos, o en una bolsa de viaje, donde sea excepto en el suelo azabache, como el resto de los perros del mundo. La próxima vez que salga al exterior haré como ellos, intentaré ocultar con caras de perro la ilusión de vivir aquí, y con suerte alguien me cogerá en brazos y me paseará de lado a lado.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La sinuosa senda de la pluma

Preguntando se llega a Roma, decían. Y también al origen de las estirpes, digo yo ahora. Aprovechando el estío y las reuniones familiares, he indagado en tiempos pretéritos, concretamente en los menesteres de mis antepasados inmediatos, y he descubierto el por qué de mi afición por la palabra; esa mosca no me picó a mí, yo sólo he heredado el delicioso veneno de manos de quien sufrió la picadura. Por él empiezo a desentrañar esta saga -someramente, eso sí -, ya que fue el primero y el más ilustre.

Mi tío tatarabuelo, Modesto Sánchez Ortiz, natural de Aljaraque, fue un conocido periodista de finales del siglo XIX. Publicó varios libros sobre esta práctica, y aunque seguramente hizo muchas más cosas de las que he podido averiguar, sí ha trascendido la más notable de ellas: el por entonces presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, le recomendó como director al Conde de Godó, propietario del periódico La Vanguardia, y éste aceptó. Por entonces era poco más que un diario caciquil que publicaba avisos de prensa, y gracias a su docta mano empezó a convertirse en lo que es ahora. Tras acceder a la dirección en 1888 comenzó a hacer de La Vanguardia un periódico moderno y profesional, más alejado de la política, e incluyó como colaboradores fijos y esporádicos a intelectuales y artistas de la época, entre los que figuraba el ilustre pintor Santiago Rusiñol, buen amigo suyo, quien le pintó el siguiente retrato, allá por 1898.

Abrió sus páginas a todas las manifestaciones artísticas y a las personas más representativas de la sociedad, creando una nueva filosofía de trabajo que sus sucesores fueron perfeccionando hasta terminar de hacer La Vanguardia un diario al nivel de los más ilustres. Con la cautela de quien no ha visto con sus propios ojos, me atrevo a decir que realizó un meritorio trabajo.

En él empieza la dinastía periodística, pero lógicamente no acaba. Su hermano menor, mi tatarabuelo, Gerardo Sánchez Ortiz, también se dedico a la disciplina. Fue periodista, corresponsal de varios periódicos extranjeros, franceses y portugueses sobre todo, y uno de los fundadores de la Asociación Nacional de la Prensa. Al final de su vida cultivó una curiosa manía: mientras leía un libro, tras finalizar una página, en vez de pasarla y unirla al montón de las ya vistas, la arrancaba sin contemplaciones.

Su primogénito, mi bisabuelo, Modesto Sánchez Monreal, fue precisamente vocal de la Asociación de la Prensa, además, como no, de periodista. Creó la agencia Notisport, de temática deportiva, y la agencia de noticias Febus, la cual, tras unirse a la agencia Fabra, dio lugar a la por hoy todos conocida agencia EFE. Algunos niegan este punto de partida, y añaden que se llama así por ser ésta la inicial del nombre y el apellido del Caudillo, pero según he leído, tomó esa denominación al ser la primera letra de las dos agencias que la originaron. Así mismo, fue redactor del prestigioso periódico La Voz, al igual que de su versión vespertina El Sol. El carácter deliberadamente liberal de la publicación le costó la condena a muerte, aunque afortunadamente sólo pasó unos años en la cárcel. Su hermano Fernando, sin embargo, sí fue asesinado. Era también periodista, el otro fundador de Febus, y padre del hoy famoso presentador y escritor Fernando Sánchez Dragó. La hermana de mi bisabuelo, Alicia Sánchez Monreal, no siguió los pasos de sus dos hermanos, pero dio a luz a la conocida escritora Lourdes Ortiz.

Y por último, desmenuzando los estratos que sí he tenido la suerte de conocer, revelaré que mi abuelo -de nombre Modesto, como os podéis imaginar- fue también periodista, aunque ejerció sólo de colaborador, en periódicos como Las Provincias. Si bien mi madre, aun siendo amante de las letras, optó por la filología, mi tía y madrina sí continuó la tradición, y hoy trabaja en el gabinete de prensa de una conocida empresa nacional. No, ella no se llama Modesta, si es lo que estáis pensando.

Y yo, pues… tengo este blog.


Por el momento…

jueves, 13 de septiembre de 2007

Botellazo al dios de las palabras

¡Qué tiempos aquellos del dardo en la palabra de los que nos hablaba Lázaro Carreter! Y me expreso en términos de añoranza no porque haya desaparecido dicho fenómeno de ninguneo lingüístico -que de hecho persiste con mayor ferocidad- sino porque hoy en día ya no supone una práctica aislada; ahora también está de moda ignorar directamente la palabra escrita, mantenerla presa bajo las tapas de pasta que hacen las veces de celda. Sí, leen menos que nuestros congéneres de la edad pétrea.

Y no mire hacia otro lado ahora que ha emprendido la lectura de este texto, como si la cosa no fuera con usted. Ha de saber, siendo sincero, que catar las delicias gráficas de esta argumentación no va a catapultarle a la dimensión de los lectores asiduos si hasta ahora pertenecía al bando contrario -que se haya masificado y felizmente poblado por los detractores de la pluma-, pero al menos le servirá de guía hacia ella. Vamos, no sea tímido. No pierde nada por probar, nunca lo sabrá nadie mientras usted sepa guardar el secreto, aunque si algún día se enteran los miembros de su congregación anti-lectora, dese por muerto o exiliado. Ellos no quieren traidores entre sus filas, pero nosotros, que hemos leído sobre la condición del alma y sus miserias y vivimos del arrepentimiento ajeno, sabemos comprender tanto nuestras posturas como las suyas. La inquietud humana es vegetal un día y gregaria al siguiente. Si ya ha llegado a este punto, mis más sentidos pésames por su pasado y efusivas felicitaciones por su futuro. Acaba de pisar el camino que le conducirá a un maravilloso paraje.

En la sociedad ultramoderna del siglo en vigor, leer un libro está tan mal visto como acuchillar una res en la cultura de Yahvé, si bien allí acarrea la muerte y aquí ser torturado y calificado de rata de biblioteca, lo que es bastante peor. Ha de saber que si lee, sólo emulará a esos mugrientos roedores cuando olisquee entre algunos de los libros que versan sobre el detritus de la raza, tema del que tantísimos autores han hablado desde que aprovecháramos la prensilidad del pulgar para enarbolar instrumentos de escritura. Quizá se sienta sucio, sí, pero entonces notará grandes ansias de sumergirse en otros mundos más amables y almibarados. Puede comenzar cautelosamente con pseudo-universos lingüísticos como el del best-seller, si bien no debe cometer el error de presumir de ello, pues lectores verdaderos y no lectores lo consideran un ejercicio deleznable. Úselo para acostumbrarse al fluir de las letras, para habituarse al ritual de acudir a la lectura antes de acostarse o simplemente para concebir la mesilla de noche como el lugar idóneo para acomodarlo. Introdúzcalo en su cartera o mochila y paséelo, sienta su peso, pero si le preguntan qué lleva, jamás diga la verdad; las respuestas han de ser “nada”, “otro objeto” o “el último de García Márquez”, por ejemplo, siempre dependiendo de quién le interrogue. Empezar de este modo es sencillo y peligroso. Ahora bien, no tenga la desfachatez de llamar libro a eso que sujeta ni de autoproclamarse lector; cuando entre en nuestro cosmos entenderá por qué.

Un libro de verdad jamás le entregará sus secretos tan hartamente masticados y refritos; es un ejercicio de asimilación y comprensión. Si no lo entiende, tranquilo, suele pasar. Los libros son como las medicinas, no afectan por igual a todo el mundo. La magia reside en su capacidad evocadora y de absorción mental, en la facilidad con la que nos puede enviar a un lugar lejano o a otro inexistente de tintes hiperrealistas. Esta positiva y plausible enajenación supone un excelente modo de quitar la herrumbre a nuestros anquilosados intelectos, tan avezados a la ley del mínimo esfuerzo, una digna escapatoria hacia los deliciosos lares de la memoria, que en ocasiones se tornan dolorosos e insoportables. Es cierto, los libros son armas de doble filo; tan pronto nos lanzan del tenue enamoramiento al paroxismo emocional como remueven lo más sórdido del pasado y nos hacen naufragar. Hay que tener valor para afrontar el reto, pero no se eche atrás por esto; vale la pena. Usted mismo me dará la razón cuando, al terminar una gran obra, la apoye conmovido sobre el pecho y lamente mirando al vacío su corta extensión, pues incluso mil páginas pueden parecer diez -y viceversa-.
Quien lee repite, y quien se limita a la experiencia única adolece de calidad de ser racional. Tamaña falta de anhelo intelectual nos aproxima al mundo de los anfibios, insectos y demás entes mediocres en cuanto a propósitos espirituales. Es peor leer solamente una vez que no leer jamás. Cuando usted se sumerja en alguna historia y pase las páginas obnubilado, odiará a su jefe, a la televisión, al fútbol y a su rutina por haberle sustraído tantas horas de lectura. No tema, hay tiempo para todo. Nunca es tarde para empezar a contrarrestar la desertización cognitiva. Y, por supuesto, en ningún momento se avergüence de esta loable afición. Si supera el miedo a ser descubierto con un ejemplar de El Quijote o La colmena entre las manos, inmediatamente hallará un nuevo placer o pasatiempo: convencer a esos aburridos para que derroten al hastío mediante la literatura y el ensayo.

Ahora le dejo solo, pero tranquilo, es fácil no salirse del camino si uno así lo quiere. Coja un libro, léalo, paladéelo y reincida como si fuera un delito emocionante. Y mime la palabra. No más dardos ni botellazos, por favor.

lunes, 27 de agosto de 2007

La luz del jardín

¿Dónde pretende irse ese verano del que hablaba en la anterior entrada? No lo reconozco con su máscara de lluvias, tempestades y temperaturas reptantes; parece haber declinado, ahora es tan sólo una estación gemebunda a merced de la siguiente, el otoño, que ya enseña los dientes. A pesar de su prematura languidez, ha sido próspero y fructífero -de ahí que este páramo haya pasado dos meses en él regazo del olvido-. Todos acaban teniendo algo especial, sí, pero algunos dejan marcas indelebles en retinas, mentes, corazones y estómagos, marcas que no vuelven a repetirse por ser únicas. Lo mágico reside en la novedad, la primera experimentación. Un lugar nunca es tan hermoso la segunda vez, y si nos lo parece es un error, provocado por la dulce influencia del remanente que nos queda tras el primer contacto con él. Y querríamos volver una y otra vez a aquellos lugares, con aquellas personas, y cuando de nuevo estamos allí cerramos los ojos con fuerza y deseamos sentir lo mismo que al conocerlos, sin éxito. Pero regresar es revivir la sensación, y puede resultar igual de gratificante. Lo bueno de los lugares es que no se mueven de su sitio, no desaparecen, aunque también es una merma de su valor; si cambiasen tanto como las personas los perseguiríamos con idéntico tesón.

Al final todos buscamos levantar un jardín afectivo con las flores más valiosas. De vez en cuando hallamos una especialmente llamativa, esbelta, con un aroma desconocido capaz de endulzar el aire enrarecido dejado por las flores putrefactas, e intentamos cortarla para plantarla allí donde mejor la podamos observar. Esta maniobra es tan cotidiana como comprensible, pero arriesgada y egoísta si dicha flor no ha alcanzado aún su máximo esplendor. Entonces lamentamos haber intentado arrancarla de su hábitat, donde crecía y relucía, y la volvemos a plantar cuidadosamente, con miedo a que se quiebre. Después nos sentamos lo más cerca posible a mirarla, evitando la tentación de tocar sus pétalos aterciopelados, su tallo enhiesto, sabiendo que se podría marchitar al manosearla. Pero hasta de lejos nos embriaga la vitalidad que desprende, y aspiramos su perfume, o lo recordamos, igual que los instantes en los que la teníamos entre las manos, y aunque añoramos la dicha que nos producía, nos conformamos con verla brillar en su mundo. Algunos sólo las recopilan por vanidad; otros lo hacen por cuidar la flor, asumen la responsabilidad de mantener un tesoro de la naturaleza, se esfuerzan por dar lo mejor de sí para que no le falte de nada y brille hasta el final. Eso los convierte en afortunados. Sólo esperan que las flores tan bellas no sepan guardar rencor por el originario acceso de autocomplacencia.

En verano siempre descubrimos alguna...
En otoño la añoramos...
En invierno aún más, y contamos los días que faltan para la primavera...

domingo, 1 de julio de 2007

Desvarío estival

- Toc, toc...

- ¿Quién es?

- El verano

- ¡Joder, ya era hora!


Y sé que es él porque los grillos han perdido el miedo a la noche, porque el sol ningunea a la luna y sus reflejos de plata, porque la piel insiste en no ser cubierta, porque algo me conmueve continuamente. El verano es la sensación de no estar haciendo nunca lo suficiente, y al mismo tiempo de saber deleitarse con la más nimia experiencia. Percibo el rumor del mar a miles de kilómetros, tentándome, a la quietud de las cumbres, obrando igual, a los parajes recónditos de la naturaleza, invitándome, a las estrellas que se esmeran en duplicar su fulgor. Y el verano es tener tiempo para someterse con gusto a todos estos extraños influjos que se desatan súbitamente tras un insoportable letargo tan extenso como desquiciante. Pero tantos segundos de ofrenda invitan a pensar, meditar, a repasar mentalmente el camino que nos ha llevado al clímax del año, al goce simple y efímero. Es, efectivamente, ese estado de conmoción casi perpetua, de hipersensibilidad a los estímulos, de incerteza y confusión por no poder reconocer la mayoría de ellos, el sentido de desorientación parcial, el por qué eterno. ¿Por qué? Esa es la pregunta más formulada en mi ser, y aunque se repita hasta la saciedad, suele ser la cuestión más absurda, retórica e irresoluta de todas. Porque cuando hay tiempo para cavilar sobre lo que ha de ser reflexionado, hay también retorcidos accesos de dolor e incertidumbre, los que acarrea la ausencia de respuestas y conclusiones. Y es que cuando pienso y me pregunto y no hallo contestación concluyo: no podemos ser la razón de todo esto. Y si no somos eso, entonces no somos nada.

martes, 22 de mayo de 2007

Lo más probable es el adiós

Cuando ellos se quedaban quietos y abrazados, el mundo los usaba de vértice para poder girar. Era la doble condena; soportar otro peso, además de la distancia, y favorecer al tiempo que cuanto estaban juntos corría a grandes zancadas y al separarse volvía farragoso el caminar. Los brazos suyos apenas habían aprendido a anudarse entre sí durante los dos años que habían transcurrido desde aquel día gélido, cuando se fundieron por primera vez junto al puerto moteado de gaviotas y melancólicas sirenas roncas, junto al barco que ahora, como tanta otras veces, le devoraba a él para vomitarlo en un puerto distinto y vacío, un puerto sin ella. Sabían muy bien que después de cada encuentro lo más seguro era el adiós.

Desde la cubierta agitaba su mano casi desmayada, y ella, cariacontecida, abandonada en el muelle, repetía el gesto. Los movimientos eran precisos, calcados, como los dos mundos de un espejo, y parecían imitar la rutina de eliminar el vapor desplegado en la superficie para verse bien, porque mirándose el uno al otro se veían a ellos mismos en realidad -ya habían alcanzado la máxima dimensión del amor-, y parecían también decir algo, decían: «No, no te olvidaré».

Los estibadores, ajenos a la despedida, arrastraban pesadas cajas mohosas sobre el suelo empapado, y el gentío rumoreaba incomprensiones a gran volumen. Ninguno, ni al unísono, superaba el ruido que el silencio entre ellos les generaba en sus mentes. A él se le ocurrían decenas de cosas para gritar desde la altísima barandilla, a ella también, mas no lo hacían, porque creían haberse dicho todo ya. Lo que nunca, jamás se decían, era «Adiós», pues pronunciarlo suponía asegurar: «Ya no volveremos a vernos». La palabra más probable ni siquiera formaba parte de su vocabulario.

Se abrazaban, se besaban, y el último beso lo guardaban siempre para la próxima vez. Cada una de ellas, según subía por la escalerilla, iba recordándolos todos, pues olvidar uno solo era para él como tragar puñados de ceniza.

jueves, 17 de mayo de 2007

La nula indulgencia de Cronos

Cargarse otro año a las espaldas es una mera conclusión del anticipo que recibimos varios meses antes; no llegan de pronto los achaques, no se desvanece súbitamente la memoria, pero pesan cada vez más, aunque evitando cumplirlos en vano, siempre rodeados de quienes allí han de estar, y sin bajar la vista por miedo al rostro deslumbrante del futuro, suponen pasos correctos. Nada cambia, sólo dígitos superfluos en documentos o preguntas de rigor. Sí, veintitrés primaveras, veranos, otoños, inviernos, 1200 semanas, más de 8000 días... desde lejos todo parece más monstruoso. Ahora no es para tanto.


Uno se siente igual que el día anterior a su cumpleaños. No obstante, echando la vista atrás se puede ver la evolución del ser que todos sufrimos y, al menos en mi caso, las cosas positivas del pasado suelen prevalecer sobre las que provocaron algún mal. Bueno vale, ahora me fallan las rodillas cuando subo las escaleras del metro, se me ve el cartón, el lumbago asoma el hocico e incluso se me agota antes la paciencia, pero también aparecen nuevos aspectos que imprimen ilusión a todo.


Noto que he ganado en observación, que mi modo de aprehender y analizar se ha enriquecido, veo más allá, más matices, y aprendo a valorarlos. El otro día fui capaz de disfrutar al ver a una anciana comiendo un helado con avidez mientras caminaba casi a trompicones hacia un banco, donde se sentó a dar buena cuenta de él y pasar el rato. Reconocí su actitud como una de esas 'pequeñas cosas' a las que cada vez doy más importancia, como leer tranquilamente en la calle y levantar la vista para contemplar a la gente mientras pienso cuántas historias podrían escribirse de cada uno de ellos, o mirar la luna y las estrellas con deleite como si la noche siguiente ya no fueran a estar allí, o decirle a una desconocida lo primero que se me pase por la cabeza al verla pasar. Hasta me hizo gracia ver a dos nauseabundas palomas pelearse por posarse sobre un cartel -había sitio para las dos-, pues evocaban los defectos propios de los humanos y pensé que tal vez fueran más parecidas a nosotros de lo que pensamos.


Lo mejor de cumplir fue, sin duda, hacerlo junto a los que deben estar siempre más cerca que lejos. Lo peor, cumplirlos sin los que no pudieron venir, especialmente los que dentro de poco no veré tanto como hasta ahora, pero a quienes mantendré no cerca, sino en pleno centro de la memoria. Son de las cosas que no cambiarán por mucho que insista el tiempo. Todo lo que acabe dará pasó a lo nuevo, lo inmaculado, aquello por estrenar. En momentos así, cuando más difícil es reír, más falta hace la risa.


Os agradezco a todos formar parte de mí.