jueves, 30 de julio de 2009

Queso ladrador

El señor Blas se remangó con la lentitud del hombre interminable que era; enseñaba la cicatriz del antebrazo a los parroquianos, como cada velada. Ya ni siquiera le ponía entusiasmo al presumir, la mostraba por inercia o puro hábito. Diecinueve puntos, cosidos el día diecinueve de algún año remoto, tras un bayonetazo errático... Algunas noches de afluencia masiva eran más de veinte, por eso sólo dejaba ver la estela de guerra fugazmente, impidiendo a cualquiera contar cuántos constaban. Nadie era capaz de distinguirlos estando repleto de vino y orujo, ni con todo el tiempo del mundo.
Con cada chato de vino servía una tosca loncha de queso rancio, de un descomunal y eterno ejemplar. Dejarla en el plato era un mal gesto a evitar, algo parecido a mear en su propia cicatriz con desprecio. Cierta vez, un muchacho nuevo que iba de paso a la ciudad osó engullir sólo meda ración, acompañando el masticar con una mueca de desaprobación ante el estado catastrófico del queso. Al final hubo de comerse entero lo que quedaba de la pieza, tendido sobre la barra, el propio Blas y sus cien kilos apoyados en el lomo quebrado, quien luego lo arrojó a través de la ventana con pasmosa rutina.
Todos acudimos al día siguiente con una sonrisa taimada esculpida entre las comisuras; el queso había desaparecido por fin. Se había ganado el sobrenombre de "La piedra filosofal" tras años incontables ejerciendo de tapa obligada de un modo tan misterioso. Blas había dispuesto varios vasos sobre la barra de mármol roído, que encontramos nada más hacer acto de presencia, cada uno acompañado por dos generosos tacos de queso aceitoso y ocre. A su espalda, un enorme ejemplar de La Mancha reposaba en la encimera, a medio cortar, fingiendo ser una sonrisa de burla. Nadie halló un vocablo suficientemente terrorífico para bautizarlo.
El de Blas era el único bar del pueblo. El pueblo era el único espacio habitado en veinte kilómetros a la redonda. La fatalidad se empeñó en que el forastero que mascaba tabaco decidiera alojarse allí por dos días. Durante el primero no abrió la boca en el bar, ni bebió alcohol, ni probó bocado alguno. Lo apodamos 'El pensador', pues se acodaba en la mesa y clavaba la vista en las vetas de la madera, adoptando una postura muy académica. Durante el segundo calcó dicha pose en la misma barra, delante del propio Blas. Pidió una cerveza y la bebió a sorbitos a lo largo de una hora, ignorando por completo el mendrugo de queso arenoso que había florecido junto a la jarra. Una vez dio cuenta de ella, pidió otra sin apenas levantar la mirada. Todos los presentes recurrimos al gesto instintivo de entornar los ojos para evitar que las salpicaduras de sangre nos los nublaran. No hubo más derramamiento que el de otro medio litro de cerveza en la jarra sobada del forastero; de nuevo, Blas colocó a su vera un plato mellado, el doble de grande, con dos pedazos de queso y un currusco de pan. El foráneo reemprendió la liturgia de beberse la rubia en pequeñas diécesis. Las fauces del rollizo posadero crujieron.
- Es posible que esos trozos de queso suyos sean tan pequeños que usted no haya llegado a verlos...
Cuando sus miradas convergieron, las bombillas flaquearon y quisieron desvanecerse de puro pánico. Cuando el extraño aferró el plato con dos dedos y lo acercó para sí, nosotros dejamos escapar discretamente el aire que llevábamos una eternidad conteniendo entre las costillas. Cuando lo depositó en el suelo tras escupir el tabaco sobre él y acudieron los gatos a devorarlo, alguien se meó encima y nadie se alarmó por ello.
El más joven, pardo y medio cojo, de nombre Polvo, lamió el regalo y rehusó hincarle el diente a semejante ofensa gastronómica. El Perdigón, cascado y curtido en hambrunas, engulló buena parte masticando ruidosamente, acaparando toda atención. Nada más aconteció durante su ingesta. Toda vez se sació, dio media vuelta y enfiló la mesa grande del fondo, donde le esperaba el compañero aún hambriento; más o menos a mitad de camino, en el vértice geográfico del local, volcó violentamente y consonó eructos y estertores a modo de despedida.
Blas despegó al malogrado de las baldosas y lo llevó a la cocina. Después salió con la escopeta en ristre y le reventó las tripas al recién llegado sin pestañear. Nos echó a todos del bar con una pavorosa paciencia, empujando hacia la portezuela a los más ebrios que, como los demás, miraban embelesados la extraña figura que los intestinos del desconocido habían formado al desparramarse sobre el enlosado; pareciera una cabeza de perro ladrando furioso.
El aforo fue idéntico la noche siguiente, si bien ninguno de sus miembros fue capaz de avistar el queso en todo el bar. Donde antes yaciera, se erigía un esbelto caldero de hierro colado, humeante, babeando un penetrante olor a caza, del que Blas iba sacando con un cucharón medio doblado generosas raciones de carne hervida y patatas para hacer de carabina a veinte vasos de vino, dispuestos como un pelotón de fusilamiento sobre la barra.

viernes, 10 de julio de 2009

El abominable hombre de las rosas

Me refugio en la calle de la angostura hecha piedra, apenas un pasadizo abandonado en mitad de Barcelona. Sí quisiera recorrerlo en postura de crucifixión, seguramente me viera obligado a cruzarme de brazos y aerodinamizarme para ganar el otro extremo, donde nace una plazoleta decadente en la que conviven turistas exploradores y nativos de perfil circense. Los mossos pasan furtivamente por la zona, como quien padece un sueño y vuelve a la rutina sin alteración alguna.

Podría decirse que vivo emparedado en un gran pasillo, lo que no significa ni mucho menos que ya sea pasto de la claustrofobia; tan sólo me inquieta pensar cómo habría sido la estancia de haberme hallado al otro lado del corredor. Cuando me asomo a él, la primera idea que me aborda es la de salvar la barandilla y saltar a la cornisa del edificio adyacente, peligrosamente cercana, aunque si no lo hago es por el miedo a introducirme en un mundo excesivamente distinto. Sé, de buena tinta, que la pequeña atmósfera de la callejuela es en el fondo tan densa porque su razón de ser es la de separar dos dimensiones enfrentadas. Frente a mi ventanuco se ubica una habitación extraña, casi siempre eclipsada por toallas tendidas, donde día tras día un descarado paquistaní arracima las rosas que ha de ir a vender por la Rambla, y aunque podría alargar el brazo para robarle una y abofetearlo por espiarnos cada noche, soy consciente de que en realidad pertenece a un mundo tan remoto que jamás podría tantearlo mediante gestos terrenales y convencionales.

Si el primer día me hubiera equivocado de portal, tal vez me hubiese convertido en él, y ya estaría incordiando con flores baratas sin aroma alguno a los tortolitos que pasean en dirección a la Barceloneta. Y tendería las toallas chapuceramente y miraría de reojo al vecino del edificio próximo, que estaría devolviéndome la mirada y pensando de dónde demonios puedo sacar tantas y tan deplorables rosas.

Por ahora no quiero saber más de ese universo; lo que he descubierto de él hasta el momento ya me parece excesivo. Creo que ahora bajaré al paseo, y si le veo con su cadáveres de jardinería, no creo que pueda evitar señalarlo inquisitivamente como si acabara de bajar de un platillo volante.

miércoles, 17 de junio de 2009

Prodigiosa crónica del alunizaje umbilical

He vivido tres años y medio dentro de un mamut, pero en ningún momento me creí aquello de "cuando llega el solsticio de verano, más vale tener cerca un plan de pensiones". En realidad no recuerdo la concatenación de estos hechos; por lo que sé, según unas anotaciones de mi alter ego en una servilleta negra, nos hallábamos en una tierra gobernada por póngidos. Como en aquella obra de teatro de primeros de siglo, todo parecía ser más liviano, es decir, las cosas tenían la consistencia de los viejos paraguas. Por ese motivo, entiendo la caótica sucesión de tanto despropósito, pero no me lo tengáis en cuenta. Ya os avisé de que nadie había conseguido mezclar mercurio y sombras en un mismo recipiente. Un osario sudoroso, eso era; si le recorría la levadura del futuro, jamás pensaba en sostener más de un nido de buitres sobre su entrecuesto, y el relente de su mirada torva, siempre veteado de prisas, imitaba un crujir insoportablemente calcado al de su propia sordera. Cuando ella, la vetusta moradora del mar polvoriento, hacia alusión a la mazmorra o sus zarigüeyas inertes, todo temblaba como en un mal sueño de azucar quemado. Para la desgracia del zahorí, la noche cobraba un insoportable hedor a maiz huérfano. Sin saber cómo, se había adentrado en las entrañas purulentas de su propio ser, de un modo calcado a cuando, de niño, abatía a los cuervos arrojándoles nueces calcáreas y la sal más sometida al óxido. Aproximadamente un queso de bola conquistado por las larvas, y de hito en hito, miles de misivas a un satélite pobre en brillos. A la medianoche de cada mes, las huestes de serrín bogaban a través de algún viscoso afluente, como enajenados, en el surco de su ineptitud, y las escasas escamas aún blandían la osadía del fósforo. Igual que tras la sobredosis de sueño, cada arista cóncava bailoteaba sobre su pábilo y hacía de la danza una alegoría de la aniquilación.

miércoles, 29 de abril de 2009

La importancia de volverse libro

Era jueves cuando la cabeza de Ernesto se transformó en un libro de tapa rústica y papel lacado, en cuyo lomo apareció grabado su nombre como vestigio de la vieja personalidad. Le disgustó tener que peinarse con raya en medio obligatoriamente, pero le consoló la brillantez que había adquirido tras la conversión; aunque su madre, aterrorizada, lo echó a escobazos de la cocina, él fue capaz de esgrimir una docena de razones para defender su respeto y derecho a la vida -paginada o no-, que si bien fueron ignoradas por ella y el resto de la familia, convencieron al librero del barrio para que lo contratara de relaciones públicas. Así, Ernesto entretuvo a vecinos y foráneos con peroratas y soliloquios, reconquistando su afecto, e incluso conoció a quien después tomaría por esposa, una joven de piel satinada que le dejara el teléfono escrito en la primera página de su cabeza.

miércoles, 15 de abril de 2009

De la voracidad y otros malos hábitos

Durante la noche del Viernes Santo, María Jesús soñó que se comía al Sumo Pontífice empezando por las piernas, mientras éste proclamaba con solemnidad su bendición urbi et orbe en algún idioma que ella desconocía y creyó identificar como latín. Ya de mañana, envuelta en remordimientos -por partida doble, al fin y al cabo el anciano era carne-, intentó vomitar en el retrete metiéndose los dedos por si hubiera quedado en ella algo del Papa, cuyo aparatoso tocado sin duda le había sentado mal. Al dolor de estómago se le sumó el de la menstruación, siempre tan oportuna, pero no se atrevió siquiera a recurrir a sus analgésicos, pues había decidido ayunar en aras de mitigar las consecuencias de su pecaminoso sueño. A media mañana sufrió un vaído y decidió darse un paseo hasta la parroquia donde hiciera la comunión hace muchos años, templo en el que aún ejercía el párroco que la casara con el Señor siendo una niña. Nada más entrar, antes de buscarlo, se santiguó y realizó dos genuflexiones lentas, a modo de penitencia, y aunque le entró un brutal acceso de sed se contuvo de beber el agua bendita, que sólo usó para purgarse la frente. En eso salió el hombre de la sacristía, precedido de dos niños que se miraban con cara de susto, y al verla le indicó con un gesto agrio que la acompañara al confesionario.
- Buenos días, Don Adolfo - se saltó el protocolo de puro nerviosismo.
- Cuántos meses sin visitar la casa donde te comprometiste con Dios - espetó.

- Rezaré dos avemarías, Padre.

- Tres, por el padre, el hijo y el espíritu santo.

- Vengo porque he pecado - le confesó sin saber cómo exponerle el asunto.

- Lo sé -asumió muy circunspecto-. Sólo recurrís al Señor para mendigar su eterna bondad y misericordia. Y aun así Él os perdona, porque sois su rebaño. ¿Cuáles son tus pecados?

- Me averguenza contárselo, Padre...

- ¡Te has deshonrado sucumbiendo a la carne y los placeres, como Belcebú! - bramó.

- Baje el tono... - suplicó -. No, me conservo célibe y pura. El caso es que Lucifer o sus acólitos irrumpieron en mis sueños y me obligaron a acabar con el Sumo Sacerdote.

- ¿Estás diciendo que has asesinado al Obispo de Roma, al Siervo de los siervos? - se puso a temblar.

- Estaba vivo todo el tiempo, en realidad, yo sólo...

- Jesucristo bendito... - le oyó santiguarse compulsivamente.

- He ayunado para purificarme - trató de justificarse María Jesús.

- Eso no tiene perdón de Dios, hija mía.

- Pero si yo nunca...

- Silencio - cortó autoritario -. ¿Cómo has osado cometer semejante pecado? ¿Qué has usado para hacer mártir a nuestro Pontífice? ¡Dime!

- Me lo comí, Padre - dijo con naturalidad-. Crudo, mientras bendecía. Casulla y alba incluidas. La mitra me sentó fatal.

Del otro lado de la rejilla empezaron a surgir ruidos guturales, demoníacos, y María Jesús se asustó. Mientras salía a hurtadillas del confesionario, el párroco estalló y comenzó a gritar enfurecido, condenándola al fuego eterno y leer los evangelios cientos de veces, golpeando las paredes de madera con saña. Cuando ya huía espantada del templo, un ruido seco y atronador le hizo volverse; el confesionario había volcado por las embestidas del anciano, que se encontraba atrapado bajo el amasijo de tablones y seguía intercalando crudelísimas penitencias entre las palabras de auxilio.

De nuevo en la calle, sucumbió a otro desvanecimiento más fuerte y tuvo que sentarse en mitad de la acera. Pasaron unos niños, pero ninguno se inquietó por su gesto desmadejado ni la postura, tan infrecuente en un adulto. Tras ellos venía un joven cura portando en brazos un paquete, quien sí reparó en ella y se interesó por su estado. Preocupado, sin saber bien cómo reanimarla, abrió el paquete y extrajo un fajo de hostias sagradas, que bendijo allí mismo y ofreció a María Jesús preguntándole primero por su fe y nivel de pecados actual.

- Vengo de confesarme, estoy limpia - juró con un hilillo de voz, metiéndose el pan en la boca con ansia.

El sacerdote abrió después una pequeña y lujosa botella que contenía vino de misa, limpió el borde con el hábito y le hizo beber un trago que terminó de devolverle el color a sus mejillas de color talco. Se incorporó ayudada por el religioso, que se inquietó al ver una pequeña mancha de sangre sobre el enlosado.

- ¿Está usted herida?

- No, Padre, es mi periodo.

- Ah - se calmó y avinagró el gesto a la vez -. Entonces debo decirle que me ha engañado, pues sí poseía un pecado de difícil expiación. Tendría que sentirse culpable por no haber utilizado su simiente para engendrar un nuevo cristiano; ahora es como si hubiera acabado con una vida humana. ¿Se da cuenta?

- Pero - comenzó a malhumorarse María Jesús, sintiendo que un jovenzuelo como aquél no debía recriminarle nada por mucho cura que fuera - yo soy célibe y casta. Respeto el cuerpo que me entregó nuestro Señor. ¿No piden ustedes eso cada domingo?

El sacerdote la miró sin saber qué replicar, entornado unos ojillos de ratón asustado. En este instante, de modo providencial, una procesión de Semana Santa apareció doblando la esquina en silencio, portando la talla de una virgen. Delante del séquito caminaban de rodillas dos encapuchados con la espalda al aire, fustigándose. Él aprovechó para girarse hacia ellos y trazó una cruz en el aire a modo de bendición por su incondicional devoción, provocando un gesto orgásmico en las plañideras que daban agua a los costaleros. María Jesús, quien nunca había asistido a aquellos desfiles de gratuita autoflagelación, se horrorizó de pronto y vomitó todo el banquete sagrado que le ofreciera el joven samaritano, cuya sotana salpicó de pequeños fragmentos de lo que parecía una carísima tela bordada.

- Y usted - se dirigió al asqueado religioso, limpiándose la boca y señalando a los penitentes arrodillados - ¿No se sacrifica como nuestros hermanos?

Él arrugó la cara y se recolocó el alzacuellos, incómodo. Después palideció un poco, dio media vuelta sin añadir palabra y caminó en dirección a la iglesia, donde en ese instante entraban apresuradamente dos asistentes de sanidad camilla en ristre. La procesión terminó de pasar, y María Jesús alcanzó a ver decepcionada las manchas de sangre que los devotos habían abandonado sobre el asfalto. Con una mueca de asco, dio la espalda al escenario de tan fanático espectáculo y decidió irse a desayunar con la limosna que siempre le solicitaba Don Adolfo, a pesar de la falta de hambre que le había provocado una fe tan indigesta como la suya.

- Amen - dijo entonces eructando como si acabara de darse un banquete grasiento, con la mirada clavada en el cielo.

lunes, 26 de enero de 2009

Aspirales

Hay dos cosas que no soporto en este mundo: las espirales y el ruido de la aspiradora. Supongo que si ambas confluyeran en algún momento de mi vida -una espiral que al girar produjera ese odioso estruendo-, me vería forzado a ponerle fin en caso de que no lo decidiera ella por cuenta propia, porque muchas vidas poseen un oscuro mecanismo de aniquilación que puede activarse de manera insospechada y sin consultarlo con el dueño. Dicen que la combustión espontánea surge de ahí; son vidas con la calidad de un fósforo y tendencia a arrimarse a la lumbre equivocada, y esto no se refiere sólo a lo físico, pues los peores detonantes cuelgan como una guillotina en cada mente. No se puede agitar un cóctel mal elaborado, porque el resultado nunca será bueno. Volviendo a las espirales, una vez me contó un vendedor de electrodomésticos que esta malformación geométrica no surgió de la propia naturaleza como siempre se había comentado -denigró con descaro la perfección de los huracanes y remolinos acuáticos-, sino que el ser humano la fue generando de modo absurdo por su manía a simplificar lo que veía. Es decir, por ejemplo, que ante una deliberada disposición de círculos concéntricos, el hombre tendía a unirlos inconscientemente; a partir de esa base, a multitud de teóricos se les empezó a llenar la boca con la expresión "la vida es una espiral sin sentido", pero curiosamente a ninguno de ellos se le ocurrió buscárselo. Tanto me intrigó la teoría del vendedor que sentí la perentoria necesidad de preguntarle por sus odios más acérrimos, aquello que le desquiciaba proverbialmente. Él, al oír la cuestión, se atusó el cuello de la camisa y contestó muy envalentonado que la única cosa que no lograba soportar era una calabaza flotando en un río -al parecer toleraba la suspensión en cualquier otra masa de agua-. Quise indagar en esa rara fobia, pero él empezó a impacientarse y a insistir en si pensaba comprar o no la aspiradora por la que había preguntado. Sus pocos modales, junto con la envidia rabiosa que me provocara tan poco corriente aversión, hicieron que perdiera los papeles y terminé arrojándole el aspirador a la cabeza hecho un basilisco, justo antes de salir como una flecha por la puerta automática del establecimiento. Después me sentí bastante mal y acabé en un bar próximo tomándome un chato de vino para aplacar la culpabilidad, mientras maldecía en voz baja que pudiera decirse tanto aspirador como aspiradora -la ausencia de un género concreto era la tercera cosa que más podía aborrecer-. Al rato entraron dos personas comentando la agresión que había tenido lugar en la tienda de menaje del hogar contigua; que si el dependiente sin sentido, un lunático de dos metros, que al huir había intentado tocar a unos niños... Me alegró que la descripción no encajara conmigo, pero sobre todo disfruté oyendo de sus bocas las primeras declaraciones del impertinente vendedor, quien nada más recuperar la consciencia aseguró haber visto espirales girando en el vacío. Apuré los posos del vino y me fui sin pagar, satisfecho de la doble tropelía, aunque algo asqueado porque los testigos tenían pinta de hermafroditas muy poco concretos. Como hacía sol me pareció apropiado ir caminando a casa y evitar la sauna móvil que era el autobús ya desde temprana primavera, pero esa decisión, a priori inocua, me condujo a un fatal hallazgo; cuando avanzaba en dirección al centro, observé que en el riachuelo paralelo a la carretera flotaba inerte una pequeña calabaza naranja de vetas verdes. Enseguida me acordé del vendedor contuso, y en pleno acceso de compasión descendí hasta a la orilla para cogerla en brazos cual vulgar Moisés, por si al pobre se le ocurriera pasar por allí y encontrarse con la cucurbitácea perdida. No tardé mucho en arrepentirme; la hortaliza pesaba como si estuviera llena de plomo y despedía un hedor a cieno repugnante, además de empaparme la camisa de agua sucia. En cuanto llegué a casa la solté -sin saber por qué demonios no me había deshecho de ella por el camino- con tan mala suerte que resbaló desde la mesa de la cocina y cayó al suelo estallando en incontables pedazos de color ámbar. Estaba seca y medio podrida. Me puse nervioso a causa del estropicio y busqué la escoba, sin éxito, lo que me obligó a recurrir a la aspiradora para eliminar los restos de aquella masacre vegetal, sin que pudiera recordar tampoco de dónde había salido tan abominable artefacto. La conjura de su estruendo y los efluviuos casi venenosos de la calabaza me reportaron unas náuseas incontrolables, tanto que acabé por inclinarme sobre el inodoro a vomitar con el dinamismo de un bulímico experimentado, sin aspavientos. En el agua se formó una película granate a causa del vino del arrepentimiento, y aunque no me asqueó ni molestó acabé pulsando el botón de la cadena para dar buena cuenta de ella. El líquido comenzó a girar violentamente hasta convertirse en una espiral perfecta, mareante, horrorosa, casi tanto como el rugido de la cisterna, de súbito terriblemente parecido al del aspirador -u aspiradora-. Entendí entonces que aquel era el preciso y concretísimo instante previo a mi fin, y todo se volvió de color naranja intenso. Cuando me desperté estaba tendido sobre el suelo de un gran almacén de electrodomésticos, rodeado de tostadoras, exprimidores de cítricos, planchas de pelo y depiladoras, a los pies de dos hermafroditas que me miraban consternados, como si un gigante acabara de golpearme con todas sus fuerzas.

miércoles, 14 de enero de 2009

Habitabilidad de la caries

Se mire a donde se mire, uno tiene la sensación de vivir en un agujero horadado a golpe de imprudencias morales. No todos los huecos tienen paredes o límites contemplables; en el nuestro, sin ir más lejos, éstas se erigen a partir de prejuicios y valores de nulo pedigrí, cimientos que junto a la ceguera fraternal de los homo sapiens forman una urdimbre tan invisible como pesada e infraqueable. Y lo que es más grave, sin fecha de caducidad. Porque la intolerancia humana ya nació siendo anacrónica, un sinsentido. ¿Se puede llegar a ser una caries dentro de la propia caries? Cuanto menos, es viable vivir ahí incrustado, pero no tanto convivir con congéneres ya podridos de serie, autoproclamados los contaminantes del elixir social. La perentoria tarea de sanar éste, nuestro agujero, pasa por erradicar aquello que lo ennegrece y deteriora, si bien el cometido obliga a convertirse en algo muy parecido a aquello que se destruye. Es, digamos, el arancel por un beneficio que siempre se hallará al otro lado de donde nos encontremos, y que a cada cual le saldrá más o menos caro, según el valor de la cuenta corriente de su conciencia. El mundo necesita una endodoncia de guardia, es evidente, y hasta que no se descubran nuevas piezas de marfil a estrenar, habrá que esmaltar y depurar la actual. Al menos estos días de nieve tiñen de blanco una caries que es apenas un hábitat carbonizado.

martes, 18 de noviembre de 2008

Mitad, el vértice

Cuando decide caminar lo hace sin apenas interés por los pasos dados y a dar, sobre trazadas poco rectilíneas, como si le hubieran hecho los pies atropelladamente en una tarde de aburrimiento y funcionasen a medias. Pero al fin y al cabo es caminar, porque llega a donde quiere llegar. A veces piensa también a la mitad, respira a la mitad, mira a la mitad, o sólo precisa de la mitad de los parpadeos que de costumbre, como un tic que se va curando, pero de esas cosas nadie se da cuenta, ni siquiera él, porque esa noción siempre se le queda en la mitad con la que no va pensando. Y consigue lo mismo que todos aquellos que malgastan energías en cada cometido. Él profesa el pragmatismo, raciona su vida igual que los que mueren en el desierto racionan el agua hasta el último día, cuando creen ver la flor más bella del mundo, la que crece sólo en sueños suyos y de pronto sobre la arena -el humus dorado de la ensoñación-, y entonces la riegan y gastan todas sus reservas en ella, las de agua y las de afecto, de esperanza y de tesón, y se quedan abrazados a su tallo hasta que apuran también las últimas gotas de vida del odre errante y agrietado que son. Él siente que se agrieta a veces, cuando camina y cuando no, pero eso tampoco lo nota nadie, porque él sólo se cuartea por dentro, a él se le arpa un alma mal lubricada, y los demás ven únicamente una cara en la que se ha doblado una sonrisa. Procura andar por caminos vacíos, serpenteando, a pasos acelerados y cortos, tal como la vida transcurre por él, viscosamente, con una textura de lija, y al final siempre hace morir esa senda suya en el mismo punto; un punto que no es un final en sí mismo, ni una clausura, sino un vértice inseguro, difícil de atrapar como una mariposa fea y grís que, como él, vuela rápido y dando bandazos mientras las bellas se pavonean con alas vagas para dejarse ver, delicado como el polvillo que las sostiene, un punto que se estropa igual si se manosea y no es tratado dulcemente, como las flores de élitros que germinan en páramos esteriles. Él mira el vértice desde lejos, aunque lo hace a medias por miedo a destruirlo, pues lo contemplaría con todas sus fuerzas si se le dejara elegir, y lo toca con manos invisibles para no desgastarlo. Y cada tarde, cuando el camino se le extingue, da un paso más que el día anterior, alargando la huella dejada por aquella serpiente que le muerde la vida, y se queda más cerca del vértice donde brota el ángulo de la satisfacción, donde quisiera apoyar ambos pies y saltar para cambiar la trazada del camino y comenzar la segunda mitad del viaje, con mucho cuidado de no pisar la flor que allí ha crecido, ha visto ir creciendo en el légamo de la rutina, su flor en su desierto, la que le mete todas las mariposas del mundo en las tripas, su flor en su vida arrasada, que no está a medias porque ya se le ha llenado de años, que espanta como a moscas insolentes golpeándose el pecho, allí, junto a su flor, su mitad, que no es sino la pura compleción de sí mismo, golpeándose el corazón, avisándole de que nunca le permitiría amarla con sólo la mitad de sus fuerzas.

jueves, 16 de octubre de 2008

El estanque negro

Cuando un conato de gripe te tumba, aprovéchalo y medita. Eso hice en el ecuador de la semana, reposar y marginarme del mundanal ruido después de mucho tiempo sin regalarme un ratito de ausencia social, esos que me conceden un hiato virgen para escuchar lo que yo mismo tengo que decirme. Porque nadie más me iba a entender mejor que yo, y es que si se piensa con la mente abierta, ha de hacerse con la cabeza cerrada. Y pensaba, en el presente que me mordisquea el alma. Como el otoño me diera tregua y el sol garantizaba dos docenas de grados, cogí la bici por montura y partí hacia el monte colindante, al estanque donde suelo ir a sentarme y vender mi tiempo a la conciencia. Pero, sorpresa predecible, estaba seco y minado de excrementos caninos en la orilla; hasta a sus escasos tres palmos de agua les había afectado la carestía que nos restriegan en los medios, falsa o verdadera, no lo sé. Lo cierto es que cada vez hay menos para repartirse, hasta en cosas que no pueden contabilizarse ni acotarse con límites, y si ni la propia vida se rige ya con lógica y sus pilares tiemblan, ¿cómo va a funcionar bien la sociedad que la padece? Porque, y aunque se me tache de genocida o demagogo, cualquiera se fía de un mundo anárquico y descompensado, de directrices descabelladas, del que se van los capaces de reconducirlo y donde quedan los que lo envenenan y hacen enfermar aún más, un mundo en el que mientras unos no encuentran un amor al que entregarse otros destruyen y asesinan a quien se lo juró sin merecerlo, en el que muchos anhelan y a veces ni pueden formar familia de dos generaciones al tiempo que otros lo logran y acto seguido intentan venderla, alquilarla o arrancarle la vida. Toda esta chapuza sólo pudo hacerla un niño henchido de rencor y rabia, quizá ese famoso creador del que tanto presumen unos, aquellos que promulgan su bien categórico mientras pretenden tatuar homosexuales a la usanza nazi con una mano y tocar a niños con la otra, o los que vacían la parte racional de la cabeza para llenarla con la mierda que escupe un enfermo desde su altar de oro, incitando al odio y la muerte, un ejemplo de aquellos especímenes que jamás debería albergar un útero humano. Como hace poco decía una mente pensante -en peligro de extinción-, es insultante que un mindundi gane millones cantando y un científico no. Es sólo un ejemplo de miles, se me ocurren multitud de formas de expresar la descompensación de este, nuestro agujero. Nunca funcionará, aceptémoslo. Todo lo maravilloso puede arrebatártelo un buen día el psicópata de turno, el resentido de cada esquina, un mero apologista de la envidia, el más imbécil de los politicastros. Pero aunque todos me sigan colgando la etiqueta del pesimismo, entended esto como un reconocimiento de todo lo bueno que nos merecemos y se nos niega, como una reflexión que hacer para no bajar la cabeza sumisos y seguir con ganas de arreglar el mundo. Sólo busco denunciar la locura en la que estamos convirtiendo nuestro entorno, que deberíamos cuidar y mimar, con criterio y altruismo. Con lo fácil que es ser feliz y lo complicado que se empeña en ponérnoslo el prójimo, o nosotros mismos, idiotas perdidos, tan propensos a buscar el dolor y poder seguir quejándonos. Esta maquinaria está oxidada, y si miramos cómo cruje y se hace virutas, acabará por volverse algo irrecuperable. Acabará sucediendo, si seguimos consintiendo todo a los descerebrados del mitin y la batuta, a las lobotomizadas eminencias de la túnica y el mazo, a las sabandijas que se aprovechan de su inconsciencia, a la corruptela de la pipa y la placa, a los que han perdido sus valores porque han visto al vecino tirarlos a la alcantarilla cuando nadie miraba. Porque es más fácil así, porque siempre gana el que hace trampas, el que es niño en un juego de adultos, la sanguijuela entre gusanos desdentados. Si pudiera permitírmelo, compraría otro mundo a estrenar y demostraría lo fácil que es hacerlo girar sin trompicones, pero si ni siquiera tengo derecho a un empleo acorde y una ratonera a precio de taj mahal, cualquiera me convence de ello. Yo seguiré yendo a mi estanque, que no es poco, y ya se llenará, o lo colmaré yo mismo escupiendo verdades. Si no nos vuelven a prohibir pensar...

martes, 23 de septiembre de 2008

¡Coño, el otoño!

Cuando salí ayer a la calle ya sospeché de su llegada, no por el fresco, la lluvia inoportuna o la ropa de abrigo aún mal planchada sobre los transeúntes; más bien era la sensación extraña que me invadía al caminar, al recorrer los pasillos del metro como el ganado urbano de caras mustias, esa sensación que parece nostalgia pero no lo es, aunque conmueve de forma parecida e inexacta. Fue tan preciso el cambio de estación con el del clima que todo se me trastocó excesivamente, aunque, por otro lado, sentí de nuevo la presencia de la inspiración, que se había reblandecido con el calor o andaba de vacaciones sin haber pedido la venia. Y así he conseguido reconquistar el páramo, que ya era hora. Inopinadamente, el otoño es un intervalo algo accesorio, ese que suele ser favorito de quien no puede disfrutar plenamente del verano por el trabajo, se pasa la primavera encerrado por la alergia y el invierno por el constipado, pero cada año acude sigiloso cargado de una extraña propensión a provocar conductas y episodios pintorescos, esos que tanto me gusta padecer y después recopilar en este espacio. Ayer mismo, una mujer con la cara naranja como una zanahoria me preguntó por una calle -en la que estábamos, no esperaba menor despiste-, y comprendí que efectivamente el estío ya era pasto del reloj biológico terrestre. Lloverá, y mucho, según dicen, pero habrá que resignarse; si es el precio por poder disponer otra vez de la capacidad creativa, la recibiré con brazos y boca abierta, que hay crisis y beber del grifo es un lujo sólo al alcance de los especuladores. Con suerte, antes de jubilar este memorable año terminaré de parir mi indecisa novela, que se empezara a gestar hace ya demasiados meses, y de la cual podrá disponer cualquiera que me la reclame, por supuesto. Y paciencia con el frío, que hay cosas peores con las que temblar...