so y ocre. A su espalda, un enorme ejemplar de La Mancha reposaba en la encimera, a medio cortar, fingiendo ser una sonrisa de burla. Nadie halló un vocablo suficientemente terrorífico para bautizarlo. jueves, 30 de julio de 2009
Queso ladrador
so y ocre. A su espalda, un enorme ejemplar de La Mancha reposaba en la encimera, a medio cortar, fingiendo ser una sonrisa de burla. Nadie halló un vocablo suficientemente terrorífico para bautizarlo. viernes, 10 de julio de 2009
El abominable hombre de las rosas

miércoles, 17 de junio de 2009
Prodigiosa crónica del alunizaje umbilical
lan de pensiones". En realidad no recuerdo la concatenación de estos hechos; por lo que sé, según unas anotaciones de mi alter ego en una servilleta negra, nos hallábamos en una tierra gobernada por póngidos. Como en aquella obra de teatro de primeros de siglo, todo parecía ser más liviano, es decir, las cosas tenían la consistencia de los viejos paraguas. Por ese motivo, entiendo la caótica sucesión de tanto despropósito, pero no me lo tengáis en cuenta. Ya os avisé de que nadie había conseguido mezclar mercurio y sombras en un mismo recipiente. Un osario sudoroso, eso era; si le recorría la levadura del futuro, jamás pensaba en sostener más de un nido de buitres sobre su entrecuesto, y el relente de su mirada torva, siempre veteado de prisas, imitaba un crujir insoportablemente calcado al de su propia sordera. Cuando ella, la vetusta moradora del mar polvoriento, hacia alusión a la mazmorra o sus zarigüeyas inertes, todo temblaba como en un mal sueño de azucar quemado. Para la desgracia del zahorí, la noche cobraba un insoportable hedor a maiz huérfano. Sin saber cómo, se había adentrado en las entrañas purulentas de su propio ser, de un modo calcado a cuando, de niño, abatía a los cuervos arrojándoles nueces calcáreas y la sal más sometida al óxido. Aproximadamente un queso de bola conquistado por las larvas, y de hito en hito, miles de misivas a un satélite pobre en brillos. A la medianoche de cada mes, las huestes de serrín bogaban a través de algún viscoso afluente, como enajenados, en el surco de su ineptitud, y las escasas escamas aún blandían la osadía del fósforo. Igual que tras la sobredosis de sueño, cada arista cóncava bailoteaba sobre su pábilo y hacía de la danza una alegoría de la aniquilación.miércoles, 29 de abril de 2009
La importancia de volverse libro
miércoles, 15 de abril de 2009
De la voracidad y otros malos hábitos
atoso tocado sin duda le había sentado mal. Al dolor de estómago se le sumó el de la menstruación, siempre tan oportuna, pero no se atrevió siquiera a recurrir a sus analgésicos, pues había decidido ayunar en aras de mitigar las consecuencias de su pecaminoso sueño. A media mañana sufrió un vaído y decidió darse un paseo hasta la parroquia donde hiciera la comunión hace muchos años, templo en el que aún ejercía el párroco que la casara con el Señor siendo una niña. Nada más entrar, antes de buscarlo, se santiguó y realizó dos genuflexiones lentas, a modo de penitencia, y aunque le entró un brutal acceso de sed se contuvo de beber el agua bendita, que sólo usó para purgarse la frente. En eso salió el hombre de la sacristía, precedido de dos niños que se miraban con cara de susto, y al verla le indicó con un gesto agrio que la acompañara al confesionario. - Rezaré dos avemarías, Padre.
- Tres, por el padre, el hijo y el espíritu santo.
- Vengo porque he pecado - le confesó sin saber cómo exponerle el asunto.
- Lo sé -asumió muy circunspecto-. Sólo recurrís al Señor para mendigar su eterna bondad y misericordia. Y aun así Él os perdona, porque sois su rebaño. ¿Cuáles son tus pecados?
- Me averguenza contárselo, Padre...
- ¡Te has deshonrado sucumbiendo a la carne y los placeres, como Belcebú! - bramó.
- Baje el tono... - suplicó -. No, me conservo célibe y pura. El caso es que Lucifer o sus acólitos irrumpieron en mis sueños y me obligaron a acabar con el Sumo Sacerdote.
- ¿Estás diciendo que has asesinado al Obispo de Roma, al Siervo de los siervos? - se puso a temblar.
- Estaba vivo todo el tiempo, en realidad, yo sólo...
- Jesucristo bendito... - le oyó santiguarse compulsivamente.
- He ayunado para purificarme - trató de justificarse María Jesús.
- Eso no tiene perdón de Dios, hija mía.
- Pero si yo nunca...
- Silencio - cortó autoritario -. ¿Cómo has osado cometer semejante pecado? ¿Qué has usado para hacer mártir a nuestro Pontífice? ¡Dime!
- Me lo comí, Padre - dijo con naturalidad-. Crudo, mientras bendecía. Casulla y alba incluidas. La mitra me sentó fatal.
Del otro lado de la rejilla empezaron a surgir ruidos guturales, demoníacos, y María Jesús se asustó. Mientras salía a hurtadillas del confesionario, el párroco estalló y comenzó a gritar enfurecido, condenándola al fuego eterno y leer los evangelios cientos de veces, golpeando las paredes de madera con saña. Cuando ya huía espantada del templo, un ruido seco y atronador le hizo volverse; el confesionario había volcado por las embestidas del anciano, que se encontraba atrapado bajo el amasijo de tablones y seguía intercalando crudelísimas penitencias entre las palabras de auxilio.
De nuevo en la calle, sucumbió a otro desvanecimiento más fuerte y tuvo que sentarse en mitad de la acera. Pasaron unos niños, pero ninguno se inquietó por su gesto desmadejado ni la postura, tan infrecuente en un adulto. Tras ellos venía un joven cura portando en brazos un paquete, quien sí reparó en ella y se interesó por su estado. Preocupado, sin saber bien cómo reanimarla, abrió el paquete y extrajo un fajo de hostias sagradas, que bendijo allí mismo y ofreció a María Jesús preguntándole primero por su fe y nivel de pecados actual.
- Vengo de confesarme, estoy limpia - juró con un hilillo de voz, metiéndose el pan en la boca con ansia.
El sacerdote abrió después una pequeña y lujosa botella que contenía vino de misa, limpió el borde con el hábito y le hizo beber un trago que terminó de devolverle el color a sus mejillas de color talco. Se incorporó ayudada por el religioso, que se inquietó al ver una pequeña mancha de sangre sobre el enlosado.
- ¿Está usted herida?
- No, Padre, es mi periodo.
- Ah - se calmó y avinagró el gesto a la vez -. Entonces debo decirle que me ha engañado, pues sí poseía un pecado de difícil expiación. Tendría que sentirse culpable por no haber utilizado su simiente para engendrar un nuevo cristiano; ahora es como si hubiera acabado con una vida humana. ¿Se da cuenta?
- Pero - comenzó a malhumorarse María Jesús, sintiendo que un jovenzuelo como aquél no debía recriminarle nada por mucho cura que fuera - yo soy célibe y casta. Respeto el cuerpo que me entregó nuestro Señor. ¿No piden ustedes eso cada domingo?
El sacerdote la miró sin saber qué replicar, entornado unos ojillos de ratón asustado. En este instante, de modo providencial, una procesión de Semana Santa apareció doblando la esquina en silencio, portando la talla de una virgen. Delante del séquito caminaban de rodillas dos encapuchados con la espalda al aire, fustigándose. Él aprovechó para girarse hacia ellos y trazó una cruz en el aire a modo de bendición por su incondicional devoción, provocando un gesto orgásmico en las plañideras que daban agua a los costaleros. María Jesús, quien nunca había asistido a aquellos desfiles de gratuita autoflagelación, se horrorizó de pronto y vomitó todo el banquete sagrado que le ofreciera el joven samaritano, cuya sotana salpicó de pequeños fragmentos de lo que parecía una carísima tela bordada.
- Y usted - se dirigió al asqueado religioso, limpiándose la boca y señalando a los penitentes arrodillados - ¿No se sacrifica como nuestros hermanos?
Él arrugó la cara y se recolocó el alzacuellos, incómodo. Después palideció un poco, dio media vuelta sin añadir palabra y caminó en dirección a la iglesia, donde en ese instante entraban apresuradamente dos asistentes de sanidad camilla en ristre. La procesión terminó de pasar, y María Jesús alcanzó a ver decepcionada las manchas de sangre que los devotos habían abandonado sobre el asfalto. Con una mueca de asco, dio la espalda al escenario de tan fanático espectáculo y decidió irse a desayunar con la limosna que siempre le solicitaba Don Adolfo, a pesar de la falta de hambre que le había provocado una fe tan indigesta como la suya.
lunes, 26 de enero de 2009
Aspirales
miércoles, 14 de enero de 2009
Habitabilidad de la caries
martes, 18 de noviembre de 2008
Mitad, el vértice
jueves, 16 de octubre de 2008
El estanque negro
martes, 23 de septiembre de 2008
¡Coño, el otoño!
daba de vacaciones sin haber pedido la venia. Y así he conseguido reconquistar el páramo, que ya era hora. Inopinadamente, el otoño es un intervalo algo accesorio, ese que suele ser favorito de quien no puede disfrutar plenamente del verano por el trabajo, se pasa la primavera encerrado por la alergia y el invierno por el constipado, pero cada año acude sigiloso cargado de una extraña propensión a provocar conductas y episodios pintorescos, esos que tanto me gusta padecer y después recopilar en este espacio. Ayer mismo, una mujer con la cara naranja como una zanahoria me preguntó por una calle -en la que estábamos, no esperaba menor despiste-, y comprendí que efectivamente el estío ya era pasto del reloj biológico terrestre. Lloverá, y mucho, según dicen, pero habrá que resignarse; si es el precio por poder disponer otra vez de la capacidad creativa, la recibiré con brazos y boca abierta, que hay crisis y beber del grifo es un lujo sólo al alcance de los especuladores. Con suerte, antes de jubilar este memorable año terminaré de parir mi indecisa novela, que se empezara a gestar hace ya demasiados meses, y de la cual podrá disponer cualquiera que me la reclame, por supuesto. Y paciencia con el frío, que hay cosas peores con las que temblar...