viernes, 13 de junio de 2008

Ensayo sobre la categórica estupidez

Hace cosa de tres minutos y medio he leído una noticia que me ha dejado, cuanto menos, flipando en cuatricromía. Suelo deleitarme con aquellos pequeños acontecimientos -de ordinario relegados a páginas interiores y esquinas intrascendentes del papel- que por surrealistas, tiernos, morbosos o chocantes me hacen olvidar el detritus de la primera plana, pero en ocasiones me topo con excrementos del siglo XXI como éste. Antes de suscitaros la mala leche os adelanto dos de ésas a las que me refiero, como el hallazgo de un hombre muerto, con un profiláctico engarzado en su miembro y una cobra en la mano, la cual era causante de la defunción y presentaba a su vez mordiscos del finado (no se sabe quién mordió primero o si la sierpe estaba a punto de ser violada), o la aparición de otro, un poco más vivo, encerrado en el receptáculo de una morgue y abrazado a su novia recientemente fallecida, junto a la cual pretendía ensayar una galopante y letal hipotermia (incluyo este suceso entre los tiernos, y no entre los morbosos). Volviendo al foco de esta crítica, dicha noticia se refería al estricto e impecable trabajo de los encargados de seguridad de la T5 de Heathrow (aeropuerto más importante de Londres), quienes impidieron el acceso a un joven por llevar en su camiseta la imagen de una pistola. Sí, suena a coña, y espero que así sea. Lo triste es que no era un arma convencional; el estampado de la prenda correspondía a Optimus Prime, líder de una banda de robots de la serie Transformers (un clásico que recordarán los de mi generación, llevada al cine hace poco). Para los que no conozcan a dicho personaje, se trata de un enorme camión que se transforma en cyborg de forma humana -más o menos- y viceversa, y uno de cuyos brazos adopta la forma de una sofisticada arma de fuego, tan futurista y alejada de las convencionales que bien podría ser un carísimo cascanueces o disparar vinilos de los Ramones. Según la British Airways, a saber, el colmo de la erudición dentro de las aerolíneas (recordemos que ahorraron 450 millones de libras por racanear las aceitunas de su comida a bordo), no pueden facilitar la entrada a pasajeros con bombas o palabras soeces impresas en su vestuario. De hecho, amenazaron al terrorista en potencia con arrestarlo si se volvía a enfundar la camiseta una vez superado el control. No comment. En el texto se hacía alusión a perogrulladas similares, de pasajeros a los que no se les permitió embarcar por llevar raquetas de tenis, bocadillos con demasiada mayonesa, un premio Goya, piercings en los pezones o letras árabes en la ropa. No sabría qué añadir sin quedarme corto o sin ser demasiado poco ofensivo, así que dejo que cada uno saque sus propias conclusiones. Desde luego, la psicosis por la seguridad ha vuelto rematadamente gilipollas a medio mundo. Ayer, sin ir más lejos, no pude entrar de primeras en la exposición de Alphonse Mucha en Caixaforum (estupenda, a la sazón) por llevar un paraguas de bastón. ¡Claro!, pensé yo, los paraguas de pincho o los plegables son inservibles para destrozar una obra de arte... La próxima vez iré con un cuchillo jamonero, bolas de petanca, un soplete, destornilladores varios, aguarrás mezclado con Channel nº5 y chicles, que de esas cosas no dicen nada, y de paso preguntaré qué demonios tienen en contra de los paraguas de bastón (quizás una fobia del comisario, supersticioso de postín, o un extrañísimo anti-fetichisimo, quién sabe...). Ya parece imposible ir de un lado para otro sin que a uno lo atosiguen con descabelladas exigencias y protocolarias rarezas que sólo entran en las aserrinadas cabezas de los responsables. ¿Acabaremos todos igual de locos? Eso debe de ser contagioso, jamás pensé que el Homo Sapiens fuera capaz de caer tan bajo. Si resucitaran los Erectus, a ver quién se atrevía a distinguir unos de otros. No hay más que ver a los camioneros, quienes se comportan de forma idéntica, destrozando como irracionales todos los objetos que no son de su agrado y colgándose como monos de las cabinas de sus compañeros menos encendidos (luego hablan de atropellos...). Menos mal que sus camiones no se transforman en robots y se lían a tiros, porque si sólo con aparcarlos en el carril derecho ya sumen al país en el caos, no me quiero ni imaginar los destrozos. En fin, prefiero poner fin a este ensayo sobre la estupidez porque no consigo procesar las hazañas de mis congéneres, y además tengo mucho que hacer, mañana voy a Wimbledon a pelotear un poco y antes he de recoger mi camiseta personalizada de la tienda. Sale un cartucho de dinamita alegando que la reina madre es una incurable meretriz decimonónica, aunque no lo entenderán porque está escrito en árabe. ¿A que no sabéis qué llevo para comer a bordo? Sólo espero que de camino al aeropuerto no me den un Goya al mejor vestuario...

domingo, 4 de mayo de 2008

Esa cosa nostra...

Unas pocas horas delante del ordenador bastaron para organizar y dar forma a nuestro periplo Siciliano; hostales, rutas, billetes de autobús, de avión, facturación... Intentamos mandarnos a nosotros mismos por fax, pero cuando se nos ocurrió ya habían cerrado todos los cibercafés, y en los coffee-shop nos proponían viajes de otro tipo, lo que nos era poco útil en ese momento. Llegamos a Bremen tras padecer un absurdo y poco ortodoxo control de aduana por parte de dos incompetentes guardias alemanes -¡Viva la Europa sin fronteras!-, a quienes les bastó vernos jóvenes y provenientes de Holanda para preguntarnos por hipotéticas posesiones de estupefacientes y sustancias aturdidoras, e incluso revolver en nuestra bolsa de comida como perros hambrientos (pastores alemanes, dedujimos). En la terminal, tan pequeña que dudamos si era tal o una maqueta levantada para entretener a los viajeros, nos tocó esperar dos horas más de lo previsto por unas prácticas militares que estaban teniendo lugar en el aeropuerto de Trapani, nuestro destino en la isla hostigada por la bota transalpina. No dijimos nada por si los causantes de las prácticas eran los mismos teutones que nos habían olisqueado los pasaportes y la entrepierna, como buenos sabuesos, y tras la demora y el viaje de rigor tomamos tierra en otra terminal tanto o más exigua, impregnada de la dejadez caótica italiana en lugar de la pulcritud minimalista de los germanos. Media horita adicional de autobús y llegamos a la ciudad en sí, cuya estación, tranquila en la noche, se preparaba para el jaleo diurno. Nos dejamos guiar hasta el hostal por una políglota anciana de la propia Bremen que también se alojaba allí, a la cual llevé amablemente la maleta en agradecimiento por hacer de lazarillo, si bien pronto vería que hubiera sido más apropiado endosarle mi mochila, y no al revés. En el corto paseo no nos pasó desapercibida la decadencia de la urbe, portuaria y confiada a la exportación de sal, ni el grasiento aspecto chulesco de nuestro posadero, que nos condujo escaleras de caracol arriba hasta nuestra estancia, la más alta, en plena azotea, acogedora. Cenita improvisada en la cama y a recargar baterías. Madrugón relativo, estiramientos entre los tejados que evitaban mirar a las fachadas que los sostenían, desconchadas por el salitre, despedidas y desayuno incluido en una cafetería próxima. Café italiano y emparedado, creo que una de mis primeras experiencias con el popular bed&breakfast, del que me he hecho fan. Así nos echamos a la calle, donde al rato nos encontramos a nuestra guía recorriendo el paseo marítimo con ritmo militar, y a quien seguimos a duras penas por las callejuelas plagadas de iglesias, que se quedaban pequeñas para alojar la verborrea de la inagotable y canosa caminante, incansable y solitaria viajera, suficientemente autosuficiente, madre de una hija que hablaba ocho idiomas enyugada con un descendiente de los reyes de Nápoles, Decidimos llamarla Doris, pues no existía tiempo entre sus historias para preguntar por el verdadero nombre. Nos desprendimos de ella en la oficina de turismo, después de desestimar una incursión a las ruinas de Selinunte por incompatibilidad de transbordos. Acopio de provisiones y cerveza y de nuevo al bus; tres horas hasta la próxima parada, Agrigento, al sur de la isla. Un agradable calor mediterráneo nos recibió en la estación y acompañó por entre las estrechísimas calles que brotaban de la Vía Atenea, avenida principal. Un amable y rollizo lugareño nos atendió en la oficina de turismo, aunque perdimos parte de la información por mirar embelesados las peculiares malformaciones que se arracimaban en sus lóbulos, a modo de uvas cerúleas. No tardamos en dar con el hostal, escondido en un callejón de apenas un metro. Cordialísimo recibimiento e invitación a café, en una casa típica de aspecto renovado, con una habitación que ya quisieran muchos hoteles. Y por treinta cochinos euros. Al salir a curiosear conocimos al dueño -cuyo nombre he olvidado-, quien sirvió más café y se ofreció gentilmente para mostrarnos la ciudad al caer el sol. Decidimos recorrerla a nuestro aire, algo escamados ante tanta hospitalidad, y resultó delicioso perderse por los laberintos de casas e iglesias de arenosa apariencia. Agrigento es una ciudad con vidilla, encanto, una combinación de idiosincrasia pueblerina y lavado de cara turístico, que mezcla comercios de moda al último grito -indispensable para los italianos- con talleres de oficios de antaño en los que se trabaja al margen de las tendencias. Birra fresca y cena de pescadito en un recóndito y típico restaurante, con truffato poco casero de postre. Por la mañana más café y tostadas, incluidas en el irrisorio precio, e interesante charla con el propietario, de profesión fotógrafo y periodista, bien querido por sus colegas de Il corriere della sera y bien odiado por la mafia siciliana, a la que no le agradan sus intentonas de evidenciar lo descabellado y corrupto de crear industrias del gas en el Valle de los Templos. Intercambio de e-mails y directos a dicho valle, situado a la entrada de la ciudad, donde los restos de la necrópolis se torran al sol y los turistas desembolsan ocho euros para verlos, cuatro si se es joven o estudiante de ciertas disciplinas, entre las que no se incluye arquitectura, por causas desconocidas. Abalorios africanos, perdidos entre las piedras, foto con turistas japoneses, sorbete de limón y de vuelta a por los bultos, bien custodiados por nuestro compañero de profesión, si es que aún se lo permiten ser. Un par de horas en el autobús, diluidas en cabezadas, y nos inyectamos de lleno en el corazón de la alocada y caótica Palermo, un desorden sin parangón. Motos desbocadas con jinetes a pelo descubierto, coches desbordando la capacidad de los carriles, ciclistas temerarios poseídos por la locura del asfalto, peatones cruzando por sitios inverosímiles... Tan sólo los perros, inmunes al estrés y la estupidez, yacían desperdigados por las aceras en las pocas sombras que ofrecía aquel día casi estival que nos recibió. A esta vorágine enloquecedora se sumaba la manía de los lugareños -e italianos en general- de no bajar jamás de los cien decibelios, un hecho tan grave que han decidido retirar definitivamente el verbo susurrar de su vocabulario. Siendo éste un rasgo fundamental por el que se reconoce a un transalpino, ni mucho menos se puede ignorar la nueva tendencia de los púberes: esclavizarse incondicionalmente a la moda y la frivolidad de la estética. Y es que ni uno solo de ellos se pasea sin un peinado especial y llamativo, recién salido de la pasarela Milán, y por supuesto jamás sin atuendos a la altura: vaqueros ajustados, abrigos hinchados y con pelo sintético -aunque una veintena de grados invite a lo contrario-, camisetas entalladas con motivos que señalan un estado de pseudo-rebeldía que no se veía desde la eclosión del Pop Art, y sin olvidar nunca las popularísimas gafas de mosca (sucedáneos de Ray-ban por lo general), que indefectiblemente han de ocultar la parte superior del rostro y no deben ser retiradas bajo ningún concepto, ni de noche, sólo para limpiarlas y cuando no haya nadie alrededor. Al margen de esta peculiar e incipiente idiosincrasia (y juraría que gran parte de los jóvenes allí presentes eran peninsulares de visita), se respiraba un ambiente bastante mediterráneo, con vetas del norte de África, bien humorado y alegre, síntoma inequívoco de la presencia del cromosoma latino. En muchos comercios y restaurantes se podía entrar dando a gritos los buenos días o tardes y ser atendido como en el bar de abajo de toda la vida. En los barrios que flanqueaban algunas arterias principales se percibía ese africanismo del que hablo; bien podrían ser muchos replicas insulares de Tetúan, Hammamet o Nueva Delhi -aunque no he estado-: bloques de casas a medio habitar, deteriorados y sucios, igual que las calles, angostas, lóbregas, destilando pobreza y al mismo tiempo un sabor que hace de Palermo un rincón pintoresco y digno de recorrer. Por aquella maraña de pasadizos ennegrecidos y terrazas con inacabables catálogos de objetos colgantes, y tras una cena con la pasta de rigor, encontramos el barrio de marcha, Ballaro, underground in-extremis, donde los italianos hipermodernos se sustituían por otros más desaseados y hippies, sentados en cajas de cerveza y bebiéndose la misma, bailando a las órdenes de una disc jockey callejera, entre perros desatendidos, obras, coches inoportunos, inmundicia y menudeos de hierba. Inigualable. Hubo que volver antes de lo previsto por las exigencias de los recepcionistas, estrictos e inflexibles con lo horarios nocturnos. El de Palermo fue el único hotel que visitamos, y además de ofrecer la peor habitación de las cuatro, la única sin baño, el desayuno brilló por su ausencia. Éste nos los procuramos a la mañana siguiente antes de seguir contemplando su inmenso bagaje arquitectónico, algo repetitivo a la sazón, pero sin duda interesante. Regalitos y recuerdos, muchas fotos, helado de limón y chocolate, comida en la terraza del simpático Enzo, mortadela siciliana y a hacer la digestión al puerto. La gama de azules del mar y el paseo contrastaba con el verde brillante de la pradera colindante y la decoración colorista de unas camas de cerámica instaladas para el reposo o el amor. Allí nos reclinamos unas horas, las que nos quedaban hasta enclaustrarnos de nuevo en el autobús, y disfrutamos del sol, los niños volando cometas, la brisa marina y el rumor de las olas: era el oasis de Palermo. Pero hubo que regresar a por las mochilas y volver a Trapani, donde nos esperaba un posadero bastante impuntual y salado, que nos dejó en una habitación estupenda que apenas pudimos aprovechar, pues de madrugada la abandonamos en dirección al aeropuerto, de donde salimos volando, como volando se pasó el viaje, cual última voluntad sobre el patíbulo

martes, 8 de abril de 2008

Claroscuridades

No siempre la luz es el fin, la meta... no siempre es bueno acercarse a ella, a veces resulta mejor morar entre penumbras, pues las respuestas del hombre se acaban escribiendo sobre fondos muy oscuros.

martes, 29 de enero de 2008

Inmutabilidad, palabra de hielo

Apurando los últimos días del mes, con una especie de gripe deambulando por mí y pensando dónde instalarse para someterme definitivamente, me planto por primera vez este año frente a la extensión del páramo. Mis días como morador de la Europa central se van acabando, si bien aquí nada ha sufrido transfiguraciones o cambios escandalosos: el frío fluctúa sin acercarse nunca a los parámetros de los templado, los lugareños no toleran un acento extranjero ni sus gestos de cortesía, los carteristas del metro aprisionan a sus víctimas y los despluman, la música no deja de sonar por los rincones de Praga -jazz, blues, reggae, bossanova... dónde y cuándo sea-, mi calle sigue uniendo el solemne puente de Carlos -que nunca me canso de recorrer- y el de la Legión, cuyo parque flotante ha perdido la vistosidad que le otorgó el otoño... Todo sigue vivo por aquí, y sin anhelos de caducarse. Sólo hay que sentarse en el mítico café Louvre, o el Slavia, con una bebida aromática delante, y decidir dónde ir entonces. La vieja plaza del reloj siempre es un recurso a mano, de día o de noche, cuando la silueta de la catedral de Tyn gana enteros en tenebrismo, y desde el corazón de la urbe uno se puede encaminar a cualquier otro órgano: el parque de Petřin, el mayor de los pulmones, la arteria aorta o plaza de Vàclav -que en realidad es una anchísima avenida-, el castillo y sus aledaños, que hacen las veces de masa encefálica y pensante, o el barrio de Vyšehrad, que reciéntemente visité y disfruté, aunque dudo si es un riñón -con piedra preciosa, claro- o el intestino delgado. Quiero pensar que me queda mucho por ver, y he visto bastantes cosas pintorescas ya: un perro paseando a otro, un borracho comprando galones de aceite y un cochecito de policía, un par de checos amables, jovenzuelos jugando al gato y al ratón con los revisores... Aquí las salidas a la calle siempre aseguran cierto número de sucesos extraños, y sólo por ver a los mendigos pidiendo en posición de pídola -por comodidad o porque se les cae la cara de vergüenza- ya vale la pena hacerlo. Así que cojo mi bufanda y guantes, abrigo largo y oscuro, tarjeta de transporte, coronas intercambiables por cerveza, y salgo escaleras abajo, hacia el frío inamovible.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Y tras la cumbre...

Miro por la ventana con la cabeza borboteando y las neuronas apresurándose a empaquetar alfabéticamente todo el género de la temporada, para no empezar la nueva con asuntos pendientes; en mi cuarto suena la música, una canción que dice: "quizás la vida espera sobre la montaña". Me siento a escribir y trato de ordenar sobre folios o píxeles las adquisiciones espirituales y afectivas del año renqueante, como cada vez que un enero o falso renacer se deja ver en lontananza, pero en esta ocasión me desborda la cantidad de tareas, materias de mi ser, y ni sobre el papel soy capaz de recapitular o expresar cada una de ellas bajo una forma que conserve y manifieste todo su poder. La canción añade: "mientras yo espero...", y entonces comprendo mejor su significado, y sé también que no me atañe, porque no llego hoy ni mañana a cumbre alguna, sólo conquisto escalones que sí pudieran llevar a esa hipotética cima -que bien podría ser un abismo-, y entiendo que tampoco espero, no; sigo caminando sin aguardar a que esa vida venga a mí, porque al pie de la montaña sólo llegan las cosas en forma de alud y sepultan a quien no emprende nada.


¿Y cómo voy a obligar a la boca a recrear con sonidos todo aquello que el año me ha aportado si ni diez dedos lo han conseguido? Las vías de transmisión humanas siempre corrompen o sesgan los mensajes, qué le vamos a hacer. No sabría sacar íntegramente las sensaciones producidas por haber visitado nuevos mundos, paraísos, por haber hecho de ellos mi casa y sitio, por haber alcanzado una de las metas más costosas y emprendido un vuelo sin hilos, por haber encontrado un tesoro a los ojos de todos cuando había abandonado la búsqueda y ver cada día que sus riquezas no parecen tener fin. Y los recuerdos de todo ello, recientes e intensos, corretean libremente sin que quiera pedirles calma. Este peldaño contempla a los demás desde las alturas, sus baldosas se ligan con la certeza de la progresión y el ascenso; los próximos estarán cada vez más altos, y la cumbre será eso, una cumbre, pero sólo habrá una, al final, y el viaje a ella ya ha empezado, porque ahora conozco los rudimentos del vuelo y no miro hacia abajo, porque no voy solo, y las maletas casi vacías hacen que sea un viaje y no una huída.

Todo lleva el fantasma de lo irrepetible; es mejor surcar nuevos cielos que repetir eternamente. A todos, de corazón, un nuevo año lleno de paz y futuros e indelebles recuerdos.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Maldito duende

Cuando aún dudábamos de la impredictibilidad a la que se supone están sometidas las noches en Praga, recalamos voluntariamente en una lúgubre madriguera de cerveza -teórico manantial de inspiración para artistas y bohemios- conocido como Duende, por recomendación interesada de dos de sus dueños, un fornido cuarentón checo que se filtraba vodka como si de agua se tratase y un pusilánime y engreído ricachón de Washington. Era noche fría, como casi siempre, y la cercanía del río acentuaba la ferocidad del otoño, así que sin vacilar nos adentramos puerta a través hasta la primera sala del local, donde se establecía la barra, tras la cual se parapetaba una camarera de glóbulos rojos en duermevela, quien contemplaba con ojos entornados a la clientela. Ésta había conquistado todas las mesas de la primera estancia, que ya apuntaba maneras en cuanto a aleatoriedad decorativa, por lo que nos desplazamos hasta la segunda mediante un angosto pasillo empedrado que hacía las veces de túnel entre ellas. Bajo la seguridad del arco, escudriñamos antes de sentarnos el panorama que se había coagulado en aquel espacio y aquel tiempo, ambos de dificultosa catalogación, así como los seres que lo estaban digiriendo: un grupúsculo de angloparlantes en una de las cuatro mesas -la primera a la izquierda- y dos hombres de aspecto local en la que tenía a bien descansar al fondo a la derecha. Un coctel de osadía y desconfianza nos llevó a obviar la más cercana y acomodarnos sobre aquella que dormitaba junto a la pared más alejada de la boca que nos había vomitado en ese inclasificable rincón de Praga. Al punto acudió la camarera de la sonrisa enclaustrada, a quien ordenamos dos tragos rubios. Durante su lenta escancia observamos las composición de las paredes ocres que soportaban la baja bóveda: de ellas colgaba graciosamente una colección de imágenes y tallas de naturaleza dispar… un Buda sonriente, una foto de Bruce Lee pintarrajeada, un lienzo colorido gobernado por una virgen indígena que charlaba por un teléfono móvil, un tapiz de Jesucristo amontonando ovejas, unas cortinas de esparto moteadas de pavos reales, un puzle de sus Satánicas Majestades… Nos sirvieron, y entre tanto estudiamos con atención a los dos hombres que conversaban no muy lejos de nosotros, claramente sometidos a la tiranía de las muchas cervezas que sus hígados venían soportando aquella noche. El uno, de unas tres décadas de edad, hablaba con vehemencia al otro, de medio siglo como mínimo, quien callaba absorto sin parecer escuchar la verborrea de su interlocutor y solo asentía de cuando en cuando, probablemente por palabras que ya resonaban en el interior de su mente. Reparamos en que en la única mesa desocupada, donde reposaban tres vasos y sus correspondientes últimos tragos olvidados, se había entronado un joven de aspecto desaseado bajo el embrujo de alguna sustancia perseguida por la ley, el cual se hizo cargo de aquellos tres posos de cebada y volvió a ser engullido por el túnel. Acto seguido, el más joven de los dos vecinos se arrastró hasta nuestra mesa balbuceando en checo, traduciendo después ante nuestros rostros de incomprensión: quería lumbre para prenderse un cigarrillo. No pudimos proporcionárselo, y regresó a su sitio con torpeza, disculpándose exageradamente por haber disturbado nuestra velada. No nos sorprendimos del todo cuando le vimos extraer un mechero del bolsillo de la chaqueta y procurar pira a su cigarro, pero si temimos por la integridad de su compañero cuando trató de encender el que le correspondía a él, confiando en su pulso oscilante, a punto de aplicar la llama a la luenga barba del amigo en vez de al extremo del quebradizo cilindro. Controlamos las risas al tranquilizarnos la extinción del fuego, mientras el joven de la higiene distraída regresaba para dar vida a su marihuana liada en un papel con el vértice incandescente de una de las velas allí congregadas. En la mesa que antes había esquilmado estaban ahora dos hombres algo mayores que nosotros, contemplándonos con ojos pícaros e intenciones no exentas de lascivia, y el más anciano de los vecinos despertaba a su lengua del letargo y gritaba casi a su colega, sin que entendiéramos el motivo de su enfado ni el contenido de sus reproches. Pidió un café, aparentemente harto de la cerveza, para dejar otra vez en coma sus cuerdas vocales y retomar el gesto triste del artista que ha perdido su motivación o su musa. Desaparecieron los observadores de la acera opuesta pero regresó el adorador del cannabis, aún mas hechizado por él, y tras enojarse inexplicablemente con las cortinas de pavos reales, que todavía no habían abierto la boca o las costuras, se colocó una bolsa de plástico en la cabeza y se esfumó, para volver al poco y sentarse a leer un periódico con deficiente atención. En ese instante mi compañero y yo nos miramos, y sin añadir palabra fuimos a la barra, abonamos nuestras cervezas -más caras de lo habitual por una especie de impuesto sobre la inspiración- y nos dejamos caer sobre la acera helada, parpadeando confusos sin saber muy bien qué clase de vórtice espiritual habíamos tenido a bien visitar aquella noche que así comenzó.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Los países majos

He hallado, en un rincón del continente, una aproximadísima recreación de la vida idílica que podría describirse en cualquier novela de ficción, y es real, sí, vívida y fehaciente; existe. Sólo he paladeado una porción de tan suculento pastel, Groningen, y he regresado a las heladas estepas de centroeuropa con ganas de empacharme de él en cuanto me vaya de aquí. Nunca es desagradable volver a Praga, por supuesto, pero tras integrarme entre los holandeses los checos me resultan aún más incomprensibles y deshumanizados, como máquinas irascibles programadas para no excederse en gentilezas o buenos gestos. Allí sólo me encontré caras amables, sonrisas, hospitalidad, angloparlantes y modales refinados. ¡Así da gusto! Las ancianas te tratan como si fueras su propio nieto, hasta el más rudo vendedor ambulante te desea buen fin de semana, y seguro que los maleantes -si los hubiere- te atracan con un por favor adelantado y gesto dulce. Se mastica tranquilidad por sus calles, armonía, todo es una maquinaria engrasada con la lógica del bienestar, y parece funcionar de maravilla, según pude comprobar. Las bicicletas tienen tomada la ciudad, son una plaga benigna que añade sabor al entorno, lo embellecen con su desordenado modo de amontonarse en cualquier farola o esquina, y lo desintoxican de humo y ruidosos vehículos. De todas las drogas que circulan por Gronigen atropelladamente como los glóbulos rojos de un hemofílico, la más placentera debe de ser seguro la de pedalear, que viene a ser causa y efecto en sí misma. Sin dos ruedas y un sillín no eres nadie, sólo un lento peatón entre balas de aluminio. A las afueras se encuentra un lugar digno de mención y reiteradas visitas en todas las estaciones, pues en cada una ofrece un aroma peculiar e inimitable: este lago, inmenso, que muestra la fotografía. En otoño se componen sobre él unos atardeceres incandescentes que poco tienen que envidiar a la luz emputecida de la Praga crepuscular, y el aire desatado durante el ocaso provoca en la hierba crecida de su ribera un engolfamiento parecido al del Moldava a la altura de la Isla de Kampa. Un paraíso auténtico, una ensoñación, sólo se comprende sentado junto a él, especialmente a la sombra del molino que lo vigila minuto tras minuto. Aquí poco podría añadir sin quedarme corto en la evocación de su magia. Es una pieza más de un cautivador asentamiento humano, pero de humanos empeñados en desprenderse de las más deleznables actitudes de su condición. Imagino que a quien lea esto le entrarán ganas de acercarse a visitarlo, y no dudo que los disfrutará, pero he de reconocer que se me hinchan los dedos con apetitosas palabras, porque descubrirlo junto a alguien que ya lo conoce y lo aprecia profundamente hace de la visita algo todavía más trascendental y delicioso, y si dicha guía tiene demás la manía de hechizar sistemáticamente todo cuanto pisa o maneja, se salta al territorio de las experiencias imborrables. Pero puedo asegurar que nadie desterrará de sus recuerdos una incursión por Groningen, aunque aviso que tiene un peligro latente; es como el Amazonas, si uno va, es posible que nunca vuelva de allí.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Destino de madera

En Praga los rincones gestionados por la muerte también conservan la belleza de cualquier otro espacio construido para la vida. Este cementerio de Vinohrady lo demuestra; aun siendo un oasis de aniquilación destila imponentes efluvios de existencia, es un ente tan integrado en la urbe como al margen de ella. Las tumbas son auténticas piezas de arte, desde las más mugrientas hasta las que yacen sobre el humus sin dejarse leer epitafios ni fechas sobre el propietario que ya nada puede poseer. Estas dos me parecieron especialmente imponentes, más que los pequeños mausoleos o las que iban acompañadas de bustos del finado. Sobre todas ellas se extiende una maraña de ramas y hojas, un laberinto de savia que se inyecta en el suelo donde un submundo de cadáveres aguarda, quizás alimentándose de ella. Beben del jugo de la naturaleza pura que los cubre y oculta. Todo el camposanto se rinde a la penumbra de los vegetales; los árboles forman cúpulas mohosas, odiadas por el sol, y a sus pies se arremolinan hongos de aspecto inocente, sin duda germinados con la semilla de la muerte, que también se adhiere a las hojas secas desterradas por el otoño, las que cubren cada rincón, cada sepulcro, cada avenida de cuerpos sepultados. Es un manto ocre que adopta el color de la propia piel humana al volverse inútil, pudrirse, compuesto al tiempo por el verde de otras tantas hojas sanas que por alguna razón yacen junto a las caídas. Imitan el ritual humano de visitar a los ausentes, calcan la costumbre global de no ignorar a los que no pueden ver ni ser vistos. Tras unos minutos entre la sombra y la escala de grises y pardos, se confunden todos los elementos: la piedra, el mármol, el frío, la tierra, la carne invisible, los fluidos reemplazados... Entonces uno concibe el entorno como eso, un ser con algo parecido a la vida que se compone de muerte y putrefacción. Con todo, la sordidez del óbito se diluye aquí con tremenda facilidad; es un paisaje más, idílico y tenebroso a la vez, mezcla que en realidad lo hace más apetitoso. Cuando salí por la puerta desvencijada, todavía conmovido, varias piezas del rompecabezas que se desplegó en mi mente al llegar a Praga fueron agrupándose. Nadie quiere abandonar gratuitamente la ciudad, sustrato o atmósfera; todos se quedan, en especial los muertos, quienes asimilan la calidad de la madera del devorador de carne que los hospeda y se transforman, creando arboles, naturaleza con alma humana, y reemprenden el proceso de todo ser. De sus ramas y troncos se extrae después la materia prima que da lugar a las omnipresentes marionetas, humanoides articulados de gesto inmutable que no son sino la reencarnación favorita de los lugareños. Sí, es poco lógico vivir con la perpetua expresión hierática de una marioneta y tras fenecer desear ser una de ellas al cien por cien. Son muy tradicionales, pero no se dan cuenta de que una vida de madera enmohece el alma. Ésa podría ser una explicación a su hosquedad. Por otra parte, los visitantes de Praga se contaminan sin saberlo de esta vorágine de cuerdas y texturas vegetales; esa sensación de flotar que se tiene al deambular por la ciudad es simplemente la que padecen los títeres cuando son manejados por dedos ágiles y periciosos. Praga es simplemente el teatro de marionetas del mundo, un rincón plagado de escenarios que sólo tienen cabida en los relatos fantásticos, y por ello estar aquí es un cuento de hadas de final aleatorio, una representación inevitable ante la que hay que rendirse. Quien quisiera que creara nuestro hábitat era seguro un docto titiritero, poco precavido también, pues aunque reservó un espacio para su afición, se le quedó pequeño, y por eso siempre acaba enredando todas sus marionetas entre sí. Probablemente ahora tenga cuerdas en mis dedos y no esté escribiendo con plena consciencia, pero al menos estas hebras invisibles no me amordazan las manos, ni lo harán.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Héroes Del Silencio

Hace once años proclamaron, sin que les creyésemos, que volverían en la gira del próximo milenio. No hallábamos posos de café que auspiciaran su reagrupación, y en efecto transcurrió una década de angustia e incertidumbre que confirmó los fantasmas de su desaparición. Pensábamos que efectivamente nos habían olvidado, pero cuando habíamos perdido la esperanza hallada en su propia fuente, reaparecieron, en la ciudad que los vio surgir y hacerse grandes, a orillas del Ebro, en el día más señalado. Volvieron para desterrar nuestro hastío melódico, para ponernos fuera del alcance del bostezo universal, donde bogábamos casi exánimes y estancados. Verlos era una de las cosas que nos quedaban por hacer.

Aquel día 12 de octubre comparecimos con antelación y nervios en el lugar de tan señalado evento, en nuestro sitio, para sacarnos nuestra espina. Dos horas y media antes del inicio de la magia ya estábamos allí, las dos horas y media más largas de nuestras vidas, que darían paso a las dos horas y media más cortas de las mismas. Me había jugado varias cenas a que no volvería de Praga hasta bien entrado el próximo año, pero perdí mi apuesta por el rock and roll. Mereció la pena el viaje y la espera.

A las nueve de la noche se apagaron las luces y la gente empezó a darse cuenta de lo que estaban a punto de presenciar. Unas pantallas mostraron las siluetas de los héroes al trasluz, moviéndose con parsimonia, mientras sonaban las guitarras de El estanque. Y entonces se alzaron y los vimos juntos por fin, sobre un escenario, poniéndonos la piel de pollo. Cinco figuras que no habían perdido la magia de sus manos y cuerdas vocales. Comenzaba el espectáculo.

Tras una traca de temas inolvidables, con una Sirena varada que nos conmovió a todos, Bunbury se acercó al micrófono para pedirnos un interceso; su voz estaba amenazando con decir adiós prematuramente. Todos palidecimos, pero el héroe volvió enseguida con más fuerza y, desde la pasarela que dividía al público en dos sectores igual de entregados, continuó deleitándonos con baladas supremas como La herida.

Al poco se volvieron a retirar y el público rugió enfervorizado pidiendo más acordes, redobles y alaridos. No era suficiente. Todavía faltaban algunas joyas de su extensísimo repertorio. Retomaron el camino al escenario y, entre aludes de aplausos, pusieron toda la carne en el asador, con malditos duendes, iberias sumergidas y tierras entre las que instalarnos, si bien poco duramos allí, pues nuestro ascenso hacia algún tipo de limbo fue instantáneo. Y en el clímax desaparecieron una vez más. Entonces tragamos saliva con gesto descompuesto suponiendo aquello el final, pero no nos rendimos. Un ‘Héroes, Héroes’ brotó de cada garganta allí congregada, y las palmas ardieron al chocar entre sí tras el segundo y último regreso. Fue en ese momento cuando toda luz dejó de brillar y las gradas se tornaron un mar negro salpicado de mecheros, miles y miles, formando constelaciones, encendidos por una chispa adecuada que fue, simplemente, inolvidable.

Y por desgracia se empezó a perfilar el ocaso de tan memorable actuación, un auténtico tesoro que almacenamos en la alacena de nuestras mentes, que al atisbar el final enfermaron de desdicha, como presas de virus, abandonadas en brazos de la fiebre, temerosas por no haber recibido bendiciones o flores de loto que hicieran rodar su fortuna.

Se fueron de súbito. Nunca fue tan breve una despedida, ni quisimos creer que fuera definitiva. Se desvaneció el sueño. Intentamos volver a él en vano, y en ese instante deseamos morir de siesta para revivir aquella experiencia impagable. La música dio paso al silencio que nos hizo enmudecer durante horas. Sin palabras.

sábado, 6 de octubre de 2007

Praga, la joya de la corona

Por fin, escribo unas líneas desde la inmaculada y bella ciudad de Praga. Decía Goethe que era la piedra más preciosa de la corona de las ciudades europeas, y se quedaba corto. Aquí todo se saborea: las calles empedradas como serpientes infinitas, los tranvías nerviosos, la lluvia traicionera y, por supuesto, la cerveza. Es el caldo vital de toda su actividad; estoy convencido de que el río Moldava, que divide la urbe perpetuamente, es pura y densa cerveza negra. Nada más poner pie en Praga, se percibe un evidente acogimiento, que sin duda surge del visitante, pues los anfitriones desprecian sistemáticamente a todo aquel que no habla checo a nivel de catedrático. Aquí el frío es inversamente proporcional a la simpatía. Es más fácil ver el sol huidizo que una sonrisa o un mínimo gesto de calidad humana. Incluso entre ellos se tratan con cautela, miedo quizás, como si demostrar afecto o alegría fuera un delito penado con cien latigazos. La gente joven, al menos, se muestra más hospitalaria y familiarizada con el inglés. Pero volviendo a la ciudad en sí, es difícil objetar algo. Praga es un lugar hechizado que emana auténtica magia, sortilegios que se inyectan en quien la recorre como una dulce dosis de sosiego. La ciudad encantada. Además del jolgorio o la dicha, parece estar prohibida la fealdad; no hay calle del centro y muchos otros barrios que no tenga una hilera de casas impolutas y llamativas, cada una distinta de la siguiente y la anterior, con un patrón tan poco armónico a veces que eleva el conjunto a una maestra creación. En los rincones se amontonan los hechizos que sin duda levantaron Praga. Es casi alucinógeno ser la savia de sus calles. Los lugareños, tras su rictus impenetrable, deben de padecer lo mismo, aunque lo disimulan muy bien. Según veo, está más de moda pasear con un perro miniaturizado de ojos saltones entre los brazos, o en una bolsa de viaje, donde sea excepto en el suelo azabache, como el resto de los perros del mundo. La próxima vez que salga al exterior haré como ellos, intentaré ocultar con caras de perro la ilusión de vivir aquí, y con suerte alguien me cogerá en brazos y me paseará de lado a lado.