lunes, 4 de enero de 2010

Traslado del blog

Como aventuré, he trasladado el blog a otra parte. De aquí me he llevado aproximadamente la mitad de los artículos, tras una improvisada selección, y aunque no cerraré el Páramo, se quedará tal y como lo veis.

El el nuevo espacio, que inauguro bajo el nombre de Latitud Latente, encontraréis lo mejor que he puesto aquí hasta la fecha y todos los nuevos artículos que me dé por redactar. Espero que mi asiduidad a la hora de escribir sea similar a la de los comienzos del Páramo, y al menos publique dos o tres posts cada mes.

La dirección es ésta: http://nachosamper.wordpress.com/

El post del 4 de enero es el primero de los nuevos, a la vez que el de bienvenida. Os invito, como hiciera con este blog que hoy abandono, a pasaros siempre que queráis, y por supuesto a comentar cualquier aspecto de los artículos. Todavía no está completo en cuanto a enlaces y elementos adyacentes; si tenéis un espacio virtual y queréis que lo incluya en la sección correspondiente, será un placer, como también acepto recomendaciones para los apartados de libros y películas.

Sin más, gracias a todos los que os habéis pasado alguna vez por aquí a lo largo de estos tres años y pico. He podido saber de gente que visitaba el Páramo con frecuencia y de la que nunca llegué a tener constancia; me gustaría que tanto los que me conocéis como los que no dejéis algún rastro de vuestro paso por el nuevo blog, con el único fin de poner cara a todo aquél que tenga la gentileza de visitarme y poder mejorar mis dotes de anfitrión.

Nos vemos en Latitud Latente. http://nachosamper.wordpress.com/

viernes, 4 de diciembre de 2009

La yema de la memoria

Hace poco me recorrí una docena de tiendas en busca de esas bombillas que duran varios cientos de horas y encima ayudan al medio ambiente, pero ningún dependiente me pudo proporcionar la que necesitaba, la de las ideas. Porque la mía, la de siempre, de las de toda la vida, debe de estar fundida y contaminando como un viejo seiscientos.

No sé dónde se compran las bombillas de pensar, las que se cargan de talento e irradian ideas brillantes; si las hay, prefiero que sea de ésas nuevas y duraderas, no quiero más épocas de oscuridad creativa ni andar con velas de imaginación que solo dan a luz textos pobres y masticados. El caso es que me he comido un plátano y en vez de vitaminas he notado como asimilaba una suerte de inspiración -habrá sido el potasio, o esa parte ennegrecida que siempre evito y que tal vez sea un nido de ideas peregrinas-.

Estaba ahorrando para una de esas bombillas y todo apunta a que ha sido en vano. Después del chasco compré un periódico y miré la sección inmobiliaria para ver si me alcanzaba para un piso -por eso del cambio de aires-, pero apenas me daban por ello un baldosín o dos enchufes y me pareció un despilfarro. Por otra parte -la positiva-, deduje que una mudanza bloguística podría ayudar a recuperar las aptitudes de escritura y las fuerzas para teclear, y tras meditarlo sucintamente he decidido empaquetar todos los textos y marcharme a otra plataforma. Es posible, incluso, que cambie el nombre de ésta, mi guarida virtual, y le dé otro aire, otra decoración y leitmotiv.
Espero recuperar las ganas de amorrarme al alfabeto y aliñar con mordacidad cualquier anécdota; intentaré hacerlo antes de fin de año, no vaya a parecer que es uno de esos propósitos inútiles que se asumen por el salto anual, y que nunca se consuman.

Tengo la sensación de que la bombilla es un concepto efectivamente asociado a las ideas, pero que hasta la fecha se ha tenido en cuenta de un modo incorrecto; aquel día, el de la búsqueda frustrada, vi por casualidad unas pequeñas en forma de huevo, o de ovoide por lo menos, y algo me dice que son las que debo adquirir. En realidad, la idea existe una vez rompe la bombilla, como un pollo ha de quebrar el cascarón que lo retiene para empezar a vivir. La bombilla es sólo eso, una corteza bajo la cual se va fraguando algo que de eclosionar, antes o después, vivo o muerto. Desconozco, por otra parte, cómo ha de empollarse un cigoto de esta clase -imagino que no será a la vieja usanza, pues dar calor a una fuente que ya lo produce es tan inútil como escupir al mar-, pero en cuanto lo logre y vayan naciendo ideas, espero os paséis a visitarlas por mi nuevo hogar.

jueves, 1 de octubre de 2009

Mensaje en una botella

La policía encontró el cuerpo tumbado en la bodega. No había marcas de violencia a primera vista. A escasos centímetros estaba un hueco donde, horas antes, descansaba una botella legendaria. Ninguno de los allí presentes estaba al tanto de si el vidrio, ahora plantado entre las piernas del muerto, ostentaba leyenda alguna, ni parecía importarles tal dato; todos miraban el cuerpo exánime tendido sobre el maderamen, atentos a la curiosa forma que ofrecía, rígido y yerto, con las manos plantadas a ambos lados de la cabeza, sobresaliendo a modo de segundo cuello. Era una botella humana cuya vida se había bebido alguien. El oficial, cansado del cadáver, sostuvo el frasco del hueco a contraluz y halló un paño arrugado ocupando la mitad de la cavidad. Había absorbido el vino completamente, con ansia moderada. El único testigo de todo está borracho e inconsciente, se lamentó el descubridor.

Un agente recién incorporado al cuerpo tropezó con el cadáver y cayó de bruces contra las tablas, justo antes de ser reprendido por todos. Los brazos se descolocaron un poco, y él mismo tuvo que devolverlos a la forma original -la de una carnosa botella tendida sobre la chapa de un gran sarcófago mohoso-. Era la hora del bocadillo, pero nadie tenía hambre. No obstante, todos los presentes miraban en ocho direcciones y escudriñaban las baldas y celdas repletas de añejos, anhelando echar cien tragos consecutivos y celebrar allí mismo que por suerte el muerto era otro y no ellos. Un pretexto validísimo para el más reacio, pero no para el oficial. Prohibía tajantemente tocar una sola botella, mientras manoseaba la legendaria y plantaba sus huellas por todo el vidrio verde intentando sacar el paño con un alambre deformado. Lo extrajo pronto, y a cada nariz llegó un tufo a sangre fresca. No sólo es vino esto rojo, reparó, y pidió a sus subalternos una superficie limpia y clara. El mismo que tropezara le ofreció sus manos en forma de cuenco, ganándose una merecida bofetada. La bóveda acústica, por extraña razón, no imitó el chasquido de mejilla azotada; incluso el eco había huido tras exhumarse el paño.

Quien tuviera una idea acerca de cómo pudo hallar la muerte aquel anciano vestido de carmesí, probablemente se equivocaba y su hipótesis era deliberadamente peregrina. El oficial se dejaba seducir por cierto embrujo milenario, sin confesarlo, si bien seguía apostando por un envenenamiento macabro. Pero aquí no hay rastro de huellas, maldecía, y justo encontró labios marcados por todo el cuello de la botella. Después le consiguieron una loseta de mármol deteriorado, plana y clara como él pedía, y sobre ella estrujó a conciencia el paño sanguinolento, que al retorcerse emitió una suerte de quejido e hizo palidecer al más atezado. En el mármol se derramó el líquido y sus salpicaduras; allí pudo verse la mezcla de vino y sangre, las dos densidades, los dos posos tan distintos. Quedó ordenado que nadie tocara la loseta hasta verse coagulada la sangre.

Entonces liaron cigarrillos y fumaron, y siguieron lamentando no poder catar las bellas fermentaciones que los acechaban. El olor a humo no impidió a la bodega recuperar su atmósfera de vino rancio. En el mármol -ya de color rosa, desvaído- se fueron quedando pedazos de sangre sólida, dispuestos de una forma caprichosa y nada casual, que vistos desde una perspectiva -concretamente la que adoptaba el oficial al contemplarlos- componían con terrorífica imprudencia la pequeña y deteriorada figura de un anciano, sin signos de vida, encorvado y retorcido, como presa de un dolor intolerable.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ejercicio póstumo

En el error (erre con erre) se ensartan la fatalidad y la estupidez de un modo portentoso e indivisible. En la reiteración del error (erre que erre) interviene la misma mezcla, con la añadidura de la esperanza ("tal vez a la segunda..."). Ésta última es también la última en perderse, o casi, pero las otras son inalienables e indestructibles; de una apenas dudaba Einstein, entre otros, y de la adyacente sólo podría decir que se trata de una ley natural. Quizás en alguna dimensión paralela o inframundo de éste, nuestro hermoso pozo, se rija exclusivamente por la fatalidez y la estupidad, algo que a nosotros nos suena a vicio y lascivia. Todo ello hace pensar que son el puro origen del componente erótico o placentero que se experimenta al errar o equivocarse, cuya existencia es tan innegable como la de la sal en el mar, si bien para disfrutarlo es necesario haber recorrido buena parte de la vida de uno con las consecuencias de cada error a cuestas. ¿Por qué? Por que sólo en el lecho de muerte, cuando el ser humano halla unos minutos de total lucidez para hacer reflexiones verdaderamente profundas, puede tomar consciencia de los caminos que le fueron bloqueados con cada equivocación o fallo urdido. De este modo, averiguamos si esos errores nos han conducido a la mejor o menos mala meta, y automáticamente se convierten en grandes logros o pasos aún más negligentes. Por fortuna, el estado catastrófico en el que cada ser humano llega a dicho momento impide recopilar y descifrar miles de vidas nunca consumadas, y alguna sustancia segregada únicamente en esos instantes nos ayuda a convencernos de que aquélla a la que ponemos punto y final ha sido, indudablemente, la mejor opción posible. Para algunos y contados resurrectos, ésta ha sido siempre la esencia de la consabida coletilla "morir en paz". Por poner una pega, resulta algo desalentador el no poder disfrutar del error en vida, cuando no podemos ver sus consecuencias, a no ser que alguien nos ilumine con esta revelación que hoy expongo. No he muerto y resucitado para saberlo, no, creo que simplemente se le han escapado unas gotas de lucidez a esa glándula vaga que sólo se exprime en la recta final. Los pesimistas y escépticos tendrán que agotar sus tortuosas vidas para comprobar cuánta razón tenía, mientras que los optimistas y visionarios podrán regocijarse en sus propias cagadas según las cometan. Que surja o no el vicio, no es cosa mía por el momento. Al fin y al cabo, el placer de equivocarse es casi un ejercicio póstumo...

jueves, 30 de julio de 2009

Queso ladrador

El señor Blas se remangó con la lentitud del hombre interminable que era; enseñaba la cicatriz del antebrazo a los parroquianos, como cada velada. Ya ni siquiera le ponía entusiasmo al presumir, la mostraba por inercia o puro hábito. Diecinueve puntos, cosidos el día diecinueve de algún año remoto, tras un bayonetazo errático... Algunas noches de afluencia masiva eran más de veinte, por eso sólo dejaba ver la estela de guerra fugazmente, impidiendo a cualquiera contar cuántos constaban. Nadie era capaz de distinguirlos estando repleto de vino y orujo, ni con todo el tiempo del mundo.
Con cada chato de vino servía una tosca loncha de queso rancio, de un descomunal y eterno ejemplar. Dejarla en el plato era un mal gesto a evitar, algo parecido a mear en su propia cicatriz con desprecio. Cierta vez, un muchacho nuevo que iba de paso a la ciudad osó engullir sólo meda ración, acompañando el masticar con una mueca de desaprobación ante el estado catastrófico del queso. Al final hubo de comerse entero lo que quedaba de la pieza, tendido sobre la barra, el propio Blas y sus cien kilos apoyados en el lomo quebrado, quien luego lo arrojó a través de la ventana con pasmosa rutina.
Todos acudimos al día siguiente con una sonrisa taimada esculpida entre las comisuras; el queso había desaparecido por fin. Se había ganado el sobrenombre de "La piedra filosofal" tras años incontables ejerciendo de tapa obligada de un modo tan misterioso. Blas había dispuesto varios vasos sobre la barra de mármol roído, que encontramos nada más hacer acto de presencia, cada uno acompañado por dos generosos tacos de queso aceitoso y ocre. A su espalda, un enorme ejemplar de La Mancha reposaba en la encimera, a medio cortar, fingiendo ser una sonrisa de burla. Nadie halló un vocablo suficientemente terrorífico para bautizarlo.
El de Blas era el único bar del pueblo. El pueblo era el único espacio habitado en veinte kilómetros a la redonda. La fatalidad se empeñó en que el forastero que mascaba tabaco decidiera alojarse allí por dos días. Durante el primero no abrió la boca en el bar, ni bebió alcohol, ni probó bocado alguno. Lo apodamos 'El pensador', pues se acodaba en la mesa y clavaba la vista en las vetas de la madera, adoptando una postura muy académica. Durante el segundo calcó dicha pose en la misma barra, delante del propio Blas. Pidió una cerveza y la bebió a sorbitos a lo largo de una hora, ignorando por completo el mendrugo de queso arenoso que había florecido junto a la jarra. Una vez dio cuenta de ella, pidió otra sin apenas levantar la mirada. Todos los presentes recurrimos al gesto instintivo de entornar los ojos para evitar que las salpicaduras de sangre nos los nublaran. No hubo más derramamiento que el de otro medio litro de cerveza en la jarra sobada del forastero; de nuevo, Blas colocó a su vera un plato mellado, el doble de grande, con dos pedazos de queso y un currusco de pan. El foráneo reemprendió la liturgia de beberse la rubia en pequeñas diécesis. Las fauces del rollizo posadero crujieron.
- Es posible que esos trozos de queso suyos sean tan pequeños que usted no haya llegado a verlos...
Cuando sus miradas convergieron, las bombillas flaquearon y quisieron desvanecerse de puro pánico. Cuando el extraño aferró el plato con dos dedos y lo acercó para sí, nosotros dejamos escapar discretamente el aire que llevábamos una eternidad conteniendo entre las costillas. Cuando lo depositó en el suelo tras escupir el tabaco sobre él y acudieron los gatos a devorarlo, alguien se meó encima y nadie se alarmó por ello.
El más joven, pardo y medio cojo, de nombre Polvo, lamió el regalo y rehusó hincarle el diente a semejante ofensa gastronómica. El Perdigón, cascado y curtido en hambrunas, engulló buena parte masticando ruidosamente, acaparando toda atención. Nada más aconteció durante su ingesta. Toda vez se sació, dio media vuelta y enfiló la mesa grande del fondo, donde le esperaba el compañero aún hambriento; más o menos a mitad de camino, en el vértice geográfico del local, volcó violentamente y consonó eructos y estertores a modo de despedida.
Blas despegó al malogrado de las baldosas y lo llevó a la cocina. Después salió con la escopeta en ristre y le reventó las tripas al recién llegado sin pestañear. Nos echó a todos del bar con una pavorosa paciencia, empujando hacia la portezuela a los más ebrios que, como los demás, miraban embelesados la extraña figura que los intestinos del desconocido habían formado al desparramarse sobre el enlosado; pareciera una cabeza de perro ladrando furioso.
El aforo fue idéntico la noche siguiente, si bien ninguno de sus miembros fue capaz de avistar el queso en todo el bar. Donde antes yaciera, se erigía un esbelto caldero de hierro colado, humeante, babeando un penetrante olor a caza, del que Blas iba sacando con un cucharón medio doblado generosas raciones de carne hervida y patatas para hacer de carabina a veinte vasos de vino, dispuestos como un pelotón de fusilamiento sobre la barra.

viernes, 10 de julio de 2009

El abominable hombre de las rosas

Me refugio en la calle de la angostura hecha piedra, apenas un pasadizo abandonado en mitad de Barcelona. Sí quisiera recorrerlo en postura de crucifixión, seguramente me viera obligado a cruzarme de brazos y aerodinamizarme para ganar el otro extremo, donde nace una plazoleta decadente en la que conviven turistas exploradores y nativos de perfil circense. Los mossos pasan furtivamente por la zona, como quien padece un sueño y vuelve a la rutina sin alteración alguna.

Podría decirse que vivo emparedado en un gran pasillo, lo que no significa ni mucho menos que ya sea pasto de la claustrofobia; tan sólo me inquieta pensar cómo habría sido la estancia de haberme hallado al otro lado del corredor. Cuando me asomo a él, la primera idea que me aborda es la de salvar la barandilla y saltar a la cornisa del edificio adyacente, peligrosamente cercana, aunque si no lo hago es por el miedo a introducirme en un mundo excesivamente distinto. Sé, de buena tinta, que la pequeña atmósfera de la callejuela es en el fondo tan densa porque su razón de ser es la de separar dos dimensiones enfrentadas. Frente a mi ventanuco se ubica una habitación extraña, casi siempre eclipsada por toallas tendidas, donde día tras día un descarado paquistaní arracima las rosas que ha de ir a vender por la Rambla, y aunque podría alargar el brazo para robarle una y abofetearlo por espiarnos cada noche, soy consciente de que en realidad pertenece a un mundo tan remoto que jamás podría tantearlo mediante gestos terrenales y convencionales.

Si el primer día me hubiera equivocado de portal, tal vez me hubiese convertido en él, y ya estaría incordiando con flores baratas sin aroma alguno a los tortolitos que pasean en dirección a la Barceloneta. Y tendería las toallas chapuceramente y miraría de reojo al vecino del edificio próximo, que estaría devolviéndome la mirada y pensando de dónde demonios puedo sacar tantas y tan deplorables rosas.

Por ahora no quiero saber más de ese universo; lo que he descubierto de él hasta el momento ya me parece excesivo. Creo que ahora bajaré al paseo, y si le veo con su cadáveres de jardinería, no creo que pueda evitar señalarlo inquisitivamente como si acabara de bajar de un platillo volante.

miércoles, 17 de junio de 2009

Prodigiosa crónica del alunizaje umbilical

He vivido tres años y medio dentro de un mamut, pero en ningún momento me creí aquello de "cuando llega el solsticio de verano, más vale tener cerca un plan de pensiones". En realidad no recuerdo la concatenación de estos hechos; por lo que sé, según unas anotaciones de mi alter ego en una servilleta negra, nos hallábamos en una tierra gobernada por póngidos. Como en aquella obra de teatro de primeros de siglo, todo parecía ser más liviano, es decir, las cosas tenían la consistencia de los viejos paraguas. Por ese motivo, entiendo la caótica sucesión de tanto despropósito, pero no me lo tengáis en cuenta. Ya os avisé de que nadie había conseguido mezclar mercurio y sombras en un mismo recipiente. Un osario sudoroso, eso era; si le recorría la levadura del futuro, jamás pensaba en sostener más de un nido de buitres sobre su entrecuesto, y el relente de su mirada torva, siempre veteado de prisas, imitaba un crujir insoportablemente calcado al de su propia sordera. Cuando ella, la vetusta moradora del mar polvoriento, hacia alusión a la mazmorra o sus zarigüeyas inertes, todo temblaba como en un mal sueño de azucar quemado. Para la desgracia del zahorí, la noche cobraba un insoportable hedor a maiz huérfano. Sin saber cómo, se había adentrado en las entrañas purulentas de su propio ser, de un modo calcado a cuando, de niño, abatía a los cuervos arrojándoles nueces calcáreas y la sal más sometida al óxido. Aproximadamente un queso de bola conquistado por las larvas, y de hito en hito, miles de misivas a un satélite pobre en brillos. A la medianoche de cada mes, las huestes de serrín bogaban a través de algún viscoso afluente, como enajenados, en el surco de su ineptitud, y las escasas escamas aún blandían la osadía del fósforo. Igual que tras la sobredosis de sueño, cada arista cóncava bailoteaba sobre su pábilo y hacía de la danza una alegoría de la aniquilación.

miércoles, 29 de abril de 2009

La importancia de volverse libro

Era jueves cuando la cabeza de Ernesto se transformó en un libro de tapa rústica y papel lacado, en cuyo lomo apareció grabado su nombre como vestigio de la vieja personalidad. Le disgustó tener que peinarse con raya en medio obligatoriamente, pero le consoló la brillantez que había adquirido tras la conversión; aunque su madre, aterrorizada, lo echó a escobazos de la cocina, él fue capaz de esgrimir una docena de razones para defender su respeto y derecho a la vida -paginada o no-, que si bien fueron ignoradas por ella y el resto de la familia, convencieron al librero del barrio para que lo contratara de relaciones públicas. Así, Ernesto entretuvo a vecinos y foráneos con peroratas y soliloquios, reconquistando su afecto, e incluso conoció a quien después tomaría por esposa, una joven de piel satinada que le dejara el teléfono escrito en la primera página de su cabeza.

miércoles, 15 de abril de 2009

De la voracidad y otros malos hábitos

Durante la noche del Viernes Santo, María Jesús soñó que se comía al Sumo Pontífice empezando por las piernas, mientras éste proclamaba con solemnidad su bendición urbi et orbe en algún idioma que ella desconocía y creyó identificar como latín. Ya de mañana, envuelta en remordimientos -por partida doble, al fin y al cabo el anciano era carne-, intentó vomitar en el retrete metiéndose los dedos por si hubiera quedado en ella algo del Papa, cuyo aparatoso tocado sin duda le había sentado mal. Al dolor de estómago se le sumó el de la menstruación, siempre tan oportuna, pero no se atrevió siquiera a recurrir a sus analgésicos, pues había decidido ayunar en aras de mitigar las consecuencias de su pecaminoso sueño. A media mañana sufrió un vaído y decidió darse un paseo hasta la parroquia donde hiciera la comunión hace muchos años, templo en el que aún ejercía el párroco que la casara con el Señor siendo una niña. Nada más entrar, antes de buscarlo, se santiguó y realizó dos genuflexiones lentas, a modo de penitencia, y aunque le entró un brutal acceso de sed se contuvo de beber el agua bendita, que sólo usó para purgarse la frente. En eso salió el hombre de la sacristía, precedido de dos niños que se miraban con cara de susto, y al verla le indicó con un gesto agrio que la acompañara al confesionario.
- Buenos días, Don Adolfo - se saltó el protocolo de puro nerviosismo.
- Cuántos meses sin visitar la casa donde te comprometiste con Dios - espetó.

- Rezaré dos avemarías, Padre.

- Tres, por el padre, el hijo y el espíritu santo.

- Vengo porque he pecado - le confesó sin saber cómo exponerle el asunto.

- Lo sé -asumió muy circunspecto-. Sólo recurrís al Señor para mendigar su eterna bondad y misericordia. Y aun así Él os perdona, porque sois su rebaño. ¿Cuáles son tus pecados?

- Me averguenza contárselo, Padre...

- ¡Te has deshonrado sucumbiendo a la carne y los placeres, como Belcebú! - bramó.

- Baje el tono... - suplicó -. No, me conservo célibe y pura. El caso es que Lucifer o sus acólitos irrumpieron en mis sueños y me obligaron a acabar con el Sumo Sacerdote.

- ¿Estás diciendo que has asesinado al Obispo de Roma, al Siervo de los siervos? - se puso a temblar.

- Estaba vivo todo el tiempo, en realidad, yo sólo...

- Jesucristo bendito... - le oyó santiguarse compulsivamente.

- He ayunado para purificarme - trató de justificarse María Jesús.

- Eso no tiene perdón de Dios, hija mía.

- Pero si yo nunca...

- Silencio - cortó autoritario -. ¿Cómo has osado cometer semejante pecado? ¿Qué has usado para hacer mártir a nuestro Pontífice? ¡Dime!

- Me lo comí, Padre - dijo con naturalidad-. Crudo, mientras bendecía. Casulla y alba incluidas. La mitra me sentó fatal.

Del otro lado de la rejilla empezaron a surgir ruidos guturales, demoníacos, y María Jesús se asustó. Mientras salía a hurtadillas del confesionario, el párroco estalló y comenzó a gritar enfurecido, condenándola al fuego eterno y leer los evangelios cientos de veces, golpeando las paredes de madera con saña. Cuando ya huía espantada del templo, un ruido seco y atronador le hizo volverse; el confesionario había volcado por las embestidas del anciano, que se encontraba atrapado bajo el amasijo de tablones y seguía intercalando crudelísimas penitencias entre las palabras de auxilio.

De nuevo en la calle, sucumbió a otro desvanecimiento más fuerte y tuvo que sentarse en mitad de la acera. Pasaron unos niños, pero ninguno se inquietó por su gesto desmadejado ni la postura, tan infrecuente en un adulto. Tras ellos venía un joven cura portando en brazos un paquete, quien sí reparó en ella y se interesó por su estado. Preocupado, sin saber bien cómo reanimarla, abrió el paquete y extrajo un fajo de hostias sagradas, que bendijo allí mismo y ofreció a María Jesús preguntándole primero por su fe y nivel de pecados actual.

- Vengo de confesarme, estoy limpia - juró con un hilillo de voz, metiéndose el pan en la boca con ansia.

El sacerdote abrió después una pequeña y lujosa botella que contenía vino de misa, limpió el borde con el hábito y le hizo beber un trago que terminó de devolverle el color a sus mejillas de color talco. Se incorporó ayudada por el religioso, que se inquietó al ver una pequeña mancha de sangre sobre el enlosado.

- ¿Está usted herida?

- No, Padre, es mi periodo.

- Ah - se calmó y avinagró el gesto a la vez -. Entonces debo decirle que me ha engañado, pues sí poseía un pecado de difícil expiación. Tendría que sentirse culpable por no haber utilizado su simiente para engendrar un nuevo cristiano; ahora es como si hubiera acabado con una vida humana. ¿Se da cuenta?

- Pero - comenzó a malhumorarse María Jesús, sintiendo que un jovenzuelo como aquél no debía recriminarle nada por mucho cura que fuera - yo soy célibe y casta. Respeto el cuerpo que me entregó nuestro Señor. ¿No piden ustedes eso cada domingo?

El sacerdote la miró sin saber qué replicar, entornado unos ojillos de ratón asustado. En este instante, de modo providencial, una procesión de Semana Santa apareció doblando la esquina en silencio, portando la talla de una virgen. Delante del séquito caminaban de rodillas dos encapuchados con la espalda al aire, fustigándose. Él aprovechó para girarse hacia ellos y trazó una cruz en el aire a modo de bendición por su incondicional devoción, provocando un gesto orgásmico en las plañideras que daban agua a los costaleros. María Jesús, quien nunca había asistido a aquellos desfiles de gratuita autoflagelación, se horrorizó de pronto y vomitó todo el banquete sagrado que le ofreciera el joven samaritano, cuya sotana salpicó de pequeños fragmentos de lo que parecía una carísima tela bordada.

- Y usted - se dirigió al asqueado religioso, limpiándose la boca y señalando a los penitentes arrodillados - ¿No se sacrifica como nuestros hermanos?

Él arrugó la cara y se recolocó el alzacuellos, incómodo. Después palideció un poco, dio media vuelta sin añadir palabra y caminó en dirección a la iglesia, donde en ese instante entraban apresuradamente dos asistentes de sanidad camilla en ristre. La procesión terminó de pasar, y María Jesús alcanzó a ver decepcionada las manchas de sangre que los devotos habían abandonado sobre el asfalto. Con una mueca de asco, dio la espalda al escenario de tan fanático espectáculo y decidió irse a desayunar con la limosna que siempre le solicitaba Don Adolfo, a pesar de la falta de hambre que le había provocado una fe tan indigesta como la suya.

- Amen - dijo entonces eructando como si acabara de darse un banquete grasiento, con la mirada clavada en el cielo.

lunes, 26 de enero de 2009

Aspirales

Hay dos cosas que no soporto en este mundo: las espirales y el ruido de la aspiradora. Supongo que si ambas confluyeran en algún momento de mi vida -una espiral que al girar produjera ese odioso estruendo-, me vería forzado a ponerle fin en caso de que no lo decidiera ella por cuenta propia, porque muchas vidas poseen un oscuro mecanismo de aniquilación que puede activarse de manera insospechada y sin consultarlo con el dueño. Dicen que la combustión espontánea surge de ahí; son vidas con la calidad de un fósforo y tendencia a arrimarse a la lumbre equivocada, y esto no se refiere sólo a lo físico, pues los peores detonantes cuelgan como una guillotina en cada mente. No se puede agitar un cóctel mal elaborado, porque el resultado nunca será bueno. Volviendo a las espirales, una vez me contó un vendedor de electrodomésticos que esta malformación geométrica no surgió de la propia naturaleza como siempre se había comentado -denigró con descaro la perfección de los huracanes y remolinos acuáticos-, sino que el ser humano la fue generando de modo absurdo por su manía a simplificar lo que veía. Es decir, por ejemplo, que ante una deliberada disposición de círculos concéntricos, el hombre tendía a unirlos inconscientemente; a partir de esa base, a multitud de teóricos se les empezó a llenar la boca con la expresión "la vida es una espiral sin sentido", pero curiosamente a ninguno de ellos se le ocurrió buscárselo. Tanto me intrigó la teoría del vendedor que sentí la perentoria necesidad de preguntarle por sus odios más acérrimos, aquello que le desquiciaba proverbialmente. Él, al oír la cuestión, se atusó el cuello de la camisa y contestó muy envalentonado que la única cosa que no lograba soportar era una calabaza flotando en un río -al parecer toleraba la suspensión en cualquier otra masa de agua-. Quise indagar en esa rara fobia, pero él empezó a impacientarse y a insistir en si pensaba comprar o no la aspiradora por la que había preguntado. Sus pocos modales, junto con la envidia rabiosa que me provocara tan poco corriente aversión, hicieron que perdiera los papeles y terminé arrojándole el aspirador a la cabeza hecho un basilisco, justo antes de salir como una flecha por la puerta automática del establecimiento. Después me sentí bastante mal y acabé en un bar próximo tomándome un chato de vino para aplacar la culpabilidad, mientras maldecía en voz baja que pudiera decirse tanto aspirador como aspiradora -la ausencia de un género concreto era la tercera cosa que más podía aborrecer-. Al rato entraron dos personas comentando la agresión que había tenido lugar en la tienda de menaje del hogar contigua; que si el dependiente sin sentido, un lunático de dos metros, que al huir había intentado tocar a unos niños... Me alegró que la descripción no encajara conmigo, pero sobre todo disfruté oyendo de sus bocas las primeras declaraciones del impertinente vendedor, quien nada más recuperar la consciencia aseguró haber visto espirales girando en el vacío. Apuré los posos del vino y me fui sin pagar, satisfecho de la doble tropelía, aunque algo asqueado porque los testigos tenían pinta de hermafroditas muy poco concretos. Como hacía sol me pareció apropiado ir caminando a casa y evitar la sauna móvil que era el autobús ya desde temprana primavera, pero esa decisión, a priori inocua, me condujo a un fatal hallazgo; cuando avanzaba en dirección al centro, observé que en el riachuelo paralelo a la carretera flotaba inerte una pequeña calabaza naranja de vetas verdes. Enseguida me acordé del vendedor contuso, y en pleno acceso de compasión descendí hasta a la orilla para cogerla en brazos cual vulgar Moisés, por si al pobre se le ocurriera pasar por allí y encontrarse con la cucurbitácea perdida. No tardé mucho en arrepentirme; la hortaliza pesaba como si estuviera llena de plomo y despedía un hedor a cieno repugnante, además de empaparme la camisa de agua sucia. En cuanto llegué a casa la solté -sin saber por qué demonios no me había deshecho de ella por el camino- con tan mala suerte que resbaló desde la mesa de la cocina y cayó al suelo estallando en incontables pedazos de color ámbar. Estaba seca y medio podrida. Me puse nervioso a causa del estropicio y busqué la escoba, sin éxito, lo que me obligó a recurrir a la aspiradora para eliminar los restos de aquella masacre vegetal, sin que pudiera recordar tampoco de dónde había salido tan abominable artefacto. La conjura de su estruendo y los efluviuos casi venenosos de la calabaza me reportaron unas náuseas incontrolables, tanto que acabé por inclinarme sobre el inodoro a vomitar con el dinamismo de un bulímico experimentado, sin aspavientos. En el agua se formó una película granate a causa del vino del arrepentimiento, y aunque no me asqueó ni molestó acabé pulsando el botón de la cadena para dar buena cuenta de ella. El líquido comenzó a girar violentamente hasta convertirse en una espiral perfecta, mareante, horrorosa, casi tanto como el rugido de la cisterna, de súbito terriblemente parecido al del aspirador -u aspiradora-. Entendí entonces que aquel era el preciso y concretísimo instante previo a mi fin, y todo se volvió de color naranja intenso. Cuando me desperté estaba tendido sobre el suelo de un gran almacén de electrodomésticos, rodeado de tostadoras, exprimidores de cítricos, planchas de pelo y depiladoras, a los pies de dos hermafroditas que me miraban consternados, como si un gigante acabara de golpearme con todas sus fuerzas.

miércoles, 14 de enero de 2009

Habitabilidad de la caries

Se mire a donde se mire, uno tiene la sensación de vivir en un agujero horadado a golpe de imprudencias morales. No todos los huecos tienen paredes o límites contemplables; en el nuestro, sin ir más lejos, éstas se erigen a partir de prejuicios y valores de nulo pedigrí, cimientos que junto a la ceguera fraternal de los homo sapiens forman una urdimbre tan invisible como pesada e infraqueable. Y lo que es más grave, sin fecha de caducidad. Porque la intolerancia humana ya nació siendo anacrónica, un sinsentido. ¿Se puede llegar a ser una caries dentro de la propia caries? Cuanto menos, es viable vivir ahí incrustado, pero no tanto convivir con congéneres ya podridos de serie, autoproclamados los contaminantes del elixir social. La perentoria tarea de sanar éste, nuestro agujero, pasa por erradicar aquello que lo ennegrece y deteriora, si bien el cometido obliga a convertirse en algo muy parecido a aquello que se destruye. Es, digamos, el arancel por un beneficio que siempre se hallará al otro lado de donde nos encontremos, y que a cada cual le saldrá más o menos caro, según el valor de la cuenta corriente de su conciencia. El mundo necesita una endodoncia de guardia, es evidente, y hasta que no se descubran nuevas piezas de marfil a estrenar, habrá que esmaltar y depurar la actual. Al menos estos días de nieve tiñen de blanco una caries que es apenas un hábitat carbonizado.

martes, 18 de noviembre de 2008

Mitad, el vértice

Cuando decide caminar lo hace sin apenas interés por los pasos dados y a dar, sobre trazadas poco rectilíneas, como si le hubieran hecho los pies atropelladamente en una tarde de aburrimiento y funcionasen a medias. Pero al fin y al cabo es caminar, porque llega a donde quiere llegar. A veces piensa también a la mitad, respira a la mitad, mira a la mitad, o sólo precisa de la mitad de los parpadeos que de costumbre, como un tic que se va curando, pero de esas cosas nadie se da cuenta, ni siquiera él, porque esa noción siempre se le queda en la mitad con la que no va pensando. Y consigue lo mismo que todos aquellos que malgastan energías en cada cometido. Él profesa el pragmatismo, raciona su vida igual que los que mueren en el desierto racionan el agua hasta el último día, cuando creen ver la flor más bella del mundo, la que crece sólo en sueños suyos y de pronto sobre la arena -el humus dorado de la ensoñación-, y entonces la riegan y gastan todas sus reservas en ella, las de agua y las de afecto, de esperanza y de tesón, y se quedan abrazados a su tallo hasta que apuran también las últimas gotas de vida del odre errante y agrietado que son. Él siente que se agrieta a veces, cuando camina y cuando no, pero eso tampoco lo nota nadie, porque él sólo se cuartea por dentro, a él se le arpa un alma mal lubricada, y los demás ven únicamente una cara en la que se ha doblado una sonrisa. Procura andar por caminos vacíos, serpenteando, a pasos acelerados y cortos, tal como la vida transcurre por él, viscosamente, con una textura de lija, y al final siempre hace morir esa senda suya en el mismo punto; un punto que no es un final en sí mismo, ni una clausura, sino un vértice inseguro, difícil de atrapar como una mariposa fea y grís que, como él, vuela rápido y dando bandazos mientras las bellas se pavonean con alas vagas para dejarse ver, delicado como el polvillo que las sostiene, un punto que se estropa igual si se manosea y no es tratado dulcemente, como las flores de élitros que germinan en páramos esteriles. Él mira el vértice desde lejos, aunque lo hace a medias por miedo a destruirlo, pues lo contemplaría con todas sus fuerzas si se le dejara elegir, y lo toca con manos invisibles para no desgastarlo. Y cada tarde, cuando el camino se le extingue, da un paso más que el día anterior, alargando la huella dejada por aquella serpiente que le muerde la vida, y se queda más cerca del vértice donde brota el ángulo de la satisfacción, donde quisiera apoyar ambos pies y saltar para cambiar la trazada del camino y comenzar la segunda mitad del viaje, con mucho cuidado de no pisar la flor que allí ha crecido, ha visto ir creciendo en el légamo de la rutina, su flor en su desierto, la que le mete todas las mariposas del mundo en las tripas, su flor en su vida arrasada, que no está a medias porque ya se le ha llenado de años, que espanta como a moscas insolentes golpeándose el pecho, allí, junto a su flor, su mitad, que no es sino la pura compleción de sí mismo, golpeándose el corazón, avisándole de que nunca le permitiría amarla con sólo la mitad de sus fuerzas.

jueves, 16 de octubre de 2008

El estanque negro

Cuando un conato de gripe te tumba, aprovéchalo y medita. Eso hice en el ecuador de la semana, reposar y marginarme del mundanal ruido después de mucho tiempo sin regalarme un ratito de ausencia social, esos que me conceden un hiato virgen para escuchar lo que yo mismo tengo que decirme. Porque nadie más me iba a entender mejor que yo, y es que si se piensa con la mente abierta, ha de hacerse con la cabeza cerrada. Y pensaba, en el presente que me mordisquea el alma. Como el otoño me diera tregua y el sol garantizaba dos docenas de grados, cogí la bici por montura y partí hacia el monte colindante, al estanque donde suelo ir a sentarme y vender mi tiempo a la conciencia. Pero, sorpresa predecible, estaba seco y minado de excrementos caninos en la orilla; hasta a sus escasos tres palmos de agua les había afectado la carestía que nos restriegan en los medios, falsa o verdadera, no lo sé. Lo cierto es que cada vez hay menos para repartirse, hasta en cosas que no pueden contabilizarse ni acotarse con límites, y si ni la propia vida se rige ya con lógica y sus pilares tiemblan, ¿cómo va a funcionar bien la sociedad que la padece? Porque, y aunque se me tache de genocida o demagogo, cualquiera se fía de un mundo anárquico y descompensado, de directrices descabelladas, del que se van los capaces de reconducirlo y donde quedan los que lo envenenan y hacen enfermar aún más, un mundo en el que mientras unos no encuentran un amor al que entregarse otros destruyen y asesinan a quien se lo juró sin merecerlo, en el que muchos anhelan y a veces ni pueden formar familia de dos generaciones al tiempo que otros lo logran y acto seguido intentan venderla, alquilarla o arrancarle la vida. Toda esta chapuza sólo pudo hacerla un niño henchido de rencor y rabia, quizá ese famoso creador del que tanto presumen unos, aquellos que promulgan su bien categórico mientras pretenden tatuar homosexuales a la usanza nazi con una mano y tocar a niños con la otra, o los que vacían la parte racional de la cabeza para llenarla con la mierda que escupe un enfermo desde su altar de oro, incitando al odio y la muerte, un ejemplo de aquellos especímenes que jamás debería albergar un útero humano. Como hace poco decía una mente pensante -en peligro de extinción-, es insultante que un mindundi gane millones cantando y un científico no. Es sólo un ejemplo de miles, se me ocurren multitud de formas de expresar la descompensación de este, nuestro agujero. Nunca funcionará, aceptémoslo. Todo lo maravilloso puede arrebatártelo un buen día el psicópata de turno, el resentido de cada esquina, un mero apologista de la envidia, el más imbécil de los politicastros. Pero aunque todos me sigan colgando la etiqueta del pesimismo, entended esto como un reconocimiento de todo lo bueno que nos merecemos y se nos niega, como una reflexión que hacer para no bajar la cabeza sumisos y seguir con ganas de arreglar el mundo. Sólo busco denunciar la locura en la que estamos convirtiendo nuestro entorno, que deberíamos cuidar y mimar, con criterio y altruismo. Con lo fácil que es ser feliz y lo complicado que se empeña en ponérnoslo el prójimo, o nosotros mismos, idiotas perdidos, tan propensos a buscar el dolor y poder seguir quejándonos. Esta maquinaria está oxidada, y si miramos cómo cruje y se hace virutas, acabará por volverse algo irrecuperable. Acabará sucediendo, si seguimos consintiendo todo a los descerebrados del mitin y la batuta, a las lobotomizadas eminencias de la túnica y el mazo, a las sabandijas que se aprovechan de su inconsciencia, a la corruptela de la pipa y la placa, a los que han perdido sus valores porque han visto al vecino tirarlos a la alcantarilla cuando nadie miraba. Porque es más fácil así, porque siempre gana el que hace trampas, el que es niño en un juego de adultos, la sanguijuela entre gusanos desdentados. Si pudiera permitírmelo, compraría otro mundo a estrenar y demostraría lo fácil que es hacerlo girar sin trompicones, pero si ni siquiera tengo derecho a un empleo acorde y una ratonera a precio de taj mahal, cualquiera me convence de ello. Yo seguiré yendo a mi estanque, que no es poco, y ya se llenará, o lo colmaré yo mismo escupiendo verdades. Si no nos vuelven a prohibir pensar...

martes, 23 de septiembre de 2008

¡Coño, el otoño!

Cuando salí ayer a la calle ya sospeché de su llegada, no por el fresco, la lluvia inoportuna o la ropa de abrigo aún mal planchada sobre los transeúntes; más bien era la sensación extraña que me invadía al caminar, al recorrer los pasillos del metro como el ganado urbano de caras mustias, esa sensación que parece nostalgia pero no lo es, aunque conmueve de forma parecida e inexacta. Fue tan preciso el cambio de estación con el del clima que todo se me trastocó excesivamente, aunque, por otro lado, sentí de nuevo la presencia de la inspiración, que se había reblandecido con el calor o andaba de vacaciones sin haber pedido la venia. Y así he conseguido reconquistar el páramo, que ya era hora. Inopinadamente, el otoño es un intervalo algo accesorio, ese que suele ser favorito de quien no puede disfrutar plenamente del verano por el trabajo, se pasa la primavera encerrado por la alergia y el invierno por el constipado, pero cada año acude sigiloso cargado de una extraña propensión a provocar conductas y episodios pintorescos, esos que tanto me gusta padecer y después recopilar en este espacio. Ayer mismo, una mujer con la cara naranja como una zanahoria me preguntó por una calle -en la que estábamos, no esperaba menor despiste-, y comprendí que efectivamente el estío ya era pasto del reloj biológico terrestre. Lloverá, y mucho, según dicen, pero habrá que resignarse; si es el precio por poder disponer otra vez de la capacidad creativa, la recibiré con brazos y boca abierta, que hay crisis y beber del grifo es un lujo sólo al alcance de los especuladores. Con suerte, antes de jubilar este memorable año terminaré de parir mi indecisa novela, que se empezara a gestar hace ya demasiados meses, y de la cual podrá disponer cualquiera que me la reclame, por supuesto. Y paciencia con el frío, que hay cosas peores con las que temblar...

viernes, 13 de junio de 2008

Ensayo sobre la categórica estupidez

Hace cosa de tres minutos y medio he leído una noticia que me ha dejado, cuanto menos, flipando en cuatricromía. Suelo deleitarme con aquellos pequeños acontecimientos -de ordinario relegados a páginas interiores y esquinas intrascendentes del papel- que por surrealistas, tiernos, morbosos o chocantes me hacen olvidar el detritus de la primera plana, pero en ocasiones me topo con excrementos del siglo XXI como éste. Antes de suscitaros la mala leche os adelanto dos de ésas a las que me refiero, como el hallazgo de un hombre muerto, con un profiláctico engarzado en su miembro y una cobra en la mano, la cual era causante de la defunción y presentaba a su vez mordiscos del finado (no se sabe quién mordió primero o si la sierpe estaba a punto de ser violada), o la aparición de otro, un poco más vivo, encerrado en el receptáculo de una morgue y abrazado a su novia recientemente fallecida, junto a la cual pretendía ensayar una galopante y letal hipotermia (incluyo este suceso entre los tiernos, y no entre los morbosos). Volviendo al foco de esta crítica, dicha noticia se refería al estricto e impecable trabajo de los encargados de seguridad de la T5 de Heathrow (aeropuerto más importante de Londres), quienes impidieron el acceso a un joven por llevar en su camiseta la imagen de una pistola. Sí, suena a coña, y espero que así sea. Lo triste es que no era un arma convencional; el estampado de la prenda correspondía a Optimus Prime, líder de una banda de robots de la serie Transformers (un clásico que recordarán los de mi generación, llevada al cine hace poco). Para los que no conozcan a dicho personaje, se trata de un enorme camión que se transforma en cyborg de forma humana -más o menos- y viceversa, y uno de cuyos brazos adopta la forma de una sofisticada arma de fuego, tan futurista y alejada de las convencionales que bien podría ser un carísimo cascanueces o disparar vinilos de los Ramones. Según la British Airways, a saber, el colmo de la erudición dentro de las aerolíneas (recordemos que ahorraron 450 millones de libras por racanear las aceitunas de su comida a bordo), no pueden facilitar la entrada a pasajeros con bombas o palabras soeces impresas en su vestuario. De hecho, amenazaron al terrorista en potencia con arrestarlo si se volvía a enfundar la camiseta una vez superado el control. No comment. En el texto se hacía alusión a perogrulladas similares, de pasajeros a los que no se les permitió embarcar por llevar raquetas de tenis, bocadillos con demasiada mayonesa, un premio Goya, piercings en los pezones o letras árabes en la ropa. No sabría qué añadir sin quedarme corto o sin ser demasiado poco ofensivo, así que dejo que cada uno saque sus propias conclusiones. Desde luego, la psicosis por la seguridad ha vuelto rematadamente gilipollas a medio mundo. Ayer, sin ir más lejos, no pude entrar de primeras en la exposición de Alphonse Mucha en Caixaforum (estupenda, a la sazón) por llevar un paraguas de bastón. ¡Claro!, pensé yo, los paraguas de pincho o los plegables son inservibles para destrozar una obra de arte... La próxima vez iré con un cuchillo jamonero, bolas de petanca, un soplete, destornilladores varios, aguarrás mezclado con Channel nº5 y chicles, que de esas cosas no dicen nada, y de paso preguntaré qué demonios tienen en contra de los paraguas de bastón (quizás una fobia del comisario, supersticioso de postín, o un extrañísimo anti-fetichisimo, quién sabe...). Ya parece imposible ir de un lado para otro sin que a uno lo atosiguen con descabelladas exigencias y protocolarias rarezas que sólo entran en las aserrinadas cabezas de los responsables. ¿Acabaremos todos igual de locos? Eso debe de ser contagioso, jamás pensé que el Homo Sapiens fuera capaz de caer tan bajo. Si resucitaran los Erectus, a ver quién se atrevía a distinguir unos de otros. No hay más que ver a los camioneros, quienes se comportan de forma idéntica, destrozando como irracionales todos los objetos que no son de su agrado y colgándose como monos de las cabinas de sus compañeros menos encendidos (luego hablan de atropellos...). Menos mal que sus camiones no se transforman en robots y se lían a tiros, porque si sólo con aparcarlos en el carril derecho ya sumen al país en el caos, no me quiero ni imaginar los destrozos. En fin, prefiero poner fin a este ensayo sobre la estupidez porque no consigo procesar las hazañas de mis congéneres, y además tengo mucho que hacer, mañana voy a Wimbledon a pelotear un poco y antes he de recoger mi camiseta personalizada de la tienda. Sale un cartucho de dinamita alegando que la reina madre es una incurable meretriz decimonónica, aunque no lo entenderán porque está escrito en árabe. ¿A que no sabéis qué llevo para comer a bordo? Sólo espero que de camino al aeropuerto no me den un Goya al mejor vestuario...

domingo, 4 de mayo de 2008

Esa cosa nostra...

Unas pocas horas delante del ordenador bastaron para organizar y dar forma a nuestro periplo Siciliano; hostales, rutas, billetes de autobús, de avión, facturación... Intentamos mandarnos a nosotros mismos por fax, pero cuando se nos ocurrió ya habían cerrado todos los cibercafés, y en los coffee-shop nos proponían viajes de otro tipo, lo que nos era poco útil en ese momento. Llegamos a Bremen tras padecer un absurdo y poco ortodoxo control de aduana por parte de dos incompetentes guardias alemanes -¡Viva la Europa sin fronteras!-, a quienes les bastó vernos jóvenes y provenientes de Holanda para preguntarnos por hipotéticas posesiones de estupefacientes y sustancias aturdidoras, e incluso revolver en nuestra bolsa de comida como perros hambrientos (pastores alemanes, dedujimos). En la terminal, tan pequeña que dudamos si era tal o una maqueta levantada para entretener a los viajeros, nos tocó esperar dos horas más de lo previsto por unas prácticas militares que estaban teniendo lugar en el aeropuerto de Trapani, nuestro destino en la isla hostigada por la bota transalpina. No dijimos nada por si los causantes de las prácticas eran los mismos teutones que nos habían olisqueado los pasaportes y la entrepierna, como buenos sabuesos, y tras la demora y el viaje de rigor tomamos tierra en otra terminal tanto o más exigua, impregnada de la dejadez caótica italiana en lugar de la pulcritud minimalista de los germanos. Media horita adicional de autobús y llegamos a la ciudad en sí, cuya estación, tranquila en la noche, se preparaba para el jaleo diurno. Nos dejamos guiar hasta el hostal por una políglota anciana de la propia Bremen que también se alojaba allí, a la cual llevé amablemente la maleta en agradecimiento por hacer de lazarillo, si bien pronto vería que hubiera sido más apropiado endosarle mi mochila, y no al revés. En el corto paseo no nos pasó desapercibida la decadencia de la urbe, portuaria y confiada a la exportación de sal, ni el grasiento aspecto chulesco de nuestro posadero, que nos condujo escaleras de caracol arriba hasta nuestra estancia, la más alta, en plena azotea, acogedora. Cenita improvisada en la cama y a recargar baterías. Madrugón relativo, estiramientos entre los tejados que evitaban mirar a las fachadas que los sostenían, desconchadas por el salitre, despedidas y desayuno incluido en una cafetería próxima. Café italiano y emparedado, creo que una de mis primeras experiencias con el popular bed&breakfast, del que me he hecho fan. Así nos echamos a la calle, donde al rato nos encontramos a nuestra guía recorriendo el paseo marítimo con ritmo militar, y a quien seguimos a duras penas por las callejuelas plagadas de iglesias, que se quedaban pequeñas para alojar la verborrea de la inagotable y canosa caminante, incansable y solitaria viajera, suficientemente autosuficiente, madre de una hija que hablaba ocho idiomas enyugada con un descendiente de los reyes de Nápoles, Decidimos llamarla Doris, pues no existía tiempo entre sus historias para preguntar por el verdadero nombre. Nos desprendimos de ella en la oficina de turismo, después de desestimar una incursión a las ruinas de Selinunte por incompatibilidad de transbordos. Acopio de provisiones y cerveza y de nuevo al bus; tres horas hasta la próxima parada, Agrigento, al sur de la isla. Un agradable calor mediterráneo nos recibió en la estación y acompañó por entre las estrechísimas calles que brotaban de la Vía Atenea, avenida principal. Un amable y rollizo lugareño nos atendió en la oficina de turismo, aunque perdimos parte de la información por mirar embelesados las peculiares malformaciones que se arracimaban en sus lóbulos, a modo de uvas cerúleas. No tardamos en dar con el hostal, escondido en un callejón de apenas un metro. Cordialísimo recibimiento e invitación a café, en una casa típica de aspecto renovado, con una habitación que ya quisieran muchos hoteles. Y por treinta cochinos euros. Al salir a curiosear conocimos al dueño -cuyo nombre he olvidado-, quien sirvió más café y se ofreció gentilmente para mostrarnos la ciudad al caer el sol. Decidimos recorrerla a nuestro aire, algo escamados ante tanta hospitalidad, y resultó delicioso perderse por los laberintos de casas e iglesias de arenosa apariencia. Agrigento es una ciudad con vidilla, encanto, una combinación de idiosincrasia pueblerina y lavado de cara turístico, que mezcla comercios de moda al último grito -indispensable para los italianos- con talleres de oficios de antaño en los que se trabaja al margen de las tendencias. Birra fresca y cena de pescadito en un recóndito y típico restaurante, con truffato poco casero de postre. Por la mañana más café y tostadas, incluidas en el irrisorio precio, e interesante charla con el propietario, de profesión fotógrafo y periodista, bien querido por sus colegas de Il corriere della sera y bien odiado por la mafia siciliana, a la que no le agradan sus intentonas de evidenciar lo descabellado y corrupto de crear industrias del gas en el Valle de los Templos. Intercambio de e-mails y directos a dicho valle, situado a la entrada de la ciudad, donde los restos de la necrópolis se torran al sol y los turistas desembolsan ocho euros para verlos, cuatro si se es joven o estudiante de ciertas disciplinas, entre las que no se incluye arquitectura, por causas desconocidas. Abalorios africanos, perdidos entre las piedras, foto con turistas japoneses, sorbete de limón y de vuelta a por los bultos, bien custodiados por nuestro compañero de profesión, si es que aún se lo permiten ser. Un par de horas en el autobús, diluidas en cabezadas, y nos inyectamos de lleno en el corazón de la alocada y caótica Palermo, un desorden sin parangón. Motos desbocadas con jinetes a pelo descubierto, coches desbordando la capacidad de los carriles, ciclistas temerarios poseídos por la locura del asfalto, peatones cruzando por sitios inverosímiles... Tan sólo los perros, inmunes al estrés y la estupidez, yacían desperdigados por las aceras en las pocas sombras que ofrecía aquel día casi estival que nos recibió. A esta vorágine enloquecedora se sumaba la manía de los lugareños -e italianos en general- de no bajar jamás de los cien decibelios, un hecho tan grave que han decidido retirar definitivamente el verbo susurrar de su vocabulario. Siendo éste un rasgo fundamental por el que se reconoce a un transalpino, ni mucho menos se puede ignorar la nueva tendencia de los púberes: esclavizarse incondicionalmente a la moda y la frivolidad de la estética. Y es que ni uno solo de ellos se pasea sin un peinado especial y llamativo, recién salido de la pasarela Milán, y por supuesto jamás sin atuendos a la altura: vaqueros ajustados, abrigos hinchados y con pelo sintético -aunque una veintena de grados invite a lo contrario-, camisetas entalladas con motivos que señalan un estado de pseudo-rebeldía que no se veía desde la eclosión del Pop Art, y sin olvidar nunca las popularísimas gafas de mosca (sucedáneos de Ray-ban por lo general), que indefectiblemente han de ocultar la parte superior del rostro y no deben ser retiradas bajo ningún concepto, ni de noche, sólo para limpiarlas y cuando no haya nadie alrededor. Al margen de esta peculiar e incipiente idiosincrasia (y juraría que gran parte de los jóvenes allí presentes eran peninsulares de visita), se respiraba un ambiente bastante mediterráneo, con vetas del norte de África, bien humorado y alegre, síntoma inequívoco de la presencia del cromosoma latino. En muchos comercios y restaurantes se podía entrar dando a gritos los buenos días o tardes y ser atendido como en el bar de abajo de toda la vida. En los barrios que flanqueaban algunas arterias principales se percibía ese africanismo del que hablo; bien podrían ser muchos replicas insulares de Tetúan, Hammamet o Nueva Delhi -aunque no he estado-: bloques de casas a medio habitar, deteriorados y sucios, igual que las calles, angostas, lóbregas, destilando pobreza y al mismo tiempo un sabor que hace de Palermo un rincón pintoresco y digno de recorrer. Por aquella maraña de pasadizos ennegrecidos y terrazas con inacabables catálogos de objetos colgantes, y tras una cena con la pasta de rigor, encontramos el barrio de marcha, Ballaro, underground in-extremis, donde los italianos hipermodernos se sustituían por otros más desaseados y hippies, sentados en cajas de cerveza y bebiéndose la misma, bailando a las órdenes de una disc jockey callejera, entre perros desatendidos, obras, coches inoportunos, inmundicia y menudeos de hierba. Inigualable. Hubo que volver antes de lo previsto por las exigencias de los recepcionistas, estrictos e inflexibles con lo horarios nocturnos. El de Palermo fue el único hotel que visitamos, y además de ofrecer la peor habitación de las cuatro, la única sin baño, el desayuno brilló por su ausencia. Éste nos los procuramos a la mañana siguiente antes de seguir contemplando su inmenso bagaje arquitectónico, algo repetitivo a la sazón, pero sin duda interesante. Regalitos y recuerdos, muchas fotos, helado de limón y chocolate, comida en la terraza del simpático Enzo, mortadela siciliana y a hacer la digestión al puerto. La gama de azules del mar y el paseo contrastaba con el verde brillante de la pradera colindante y la decoración colorista de unas camas de cerámica instaladas para el reposo o el amor. Allí nos reclinamos unas horas, las que nos quedaban hasta enclaustrarnos de nuevo en el autobús, y disfrutamos del sol, los niños volando cometas, la brisa marina y el rumor de las olas: era el oasis de Palermo. Pero hubo que regresar a por las mochilas y volver a Trapani, donde nos esperaba un posadero bastante impuntual y salado, que nos dejó en una habitación estupenda que apenas pudimos aprovechar, pues de madrugada la abandonamos en dirección al aeropuerto, de donde salimos volando, como volando se pasó el viaje, cual última voluntad sobre el patíbulo

martes, 8 de abril de 2008

Claroscuridades

No siempre la luz es el fin, la meta... no siempre es bueno acercarse a ella, a veces resulta mejor morar entre penumbras, pues las respuestas del hombre se acaban escribiendo sobre fondos muy oscuros.

martes, 29 de enero de 2008

Inmutabilidad, palabra de hielo

Apurando los últimos días del mes, con una especie de gripe deambulando por mí y pensando dónde instalarse para someterme definitivamente, me planto por primera vez este año frente a la extensión del páramo. Mis días como morador de la Europa central se van acabando, si bien aquí nada ha sufrido transfiguraciones o cambios escandalosos: el frío fluctúa sin acercarse nunca a los parámetros de los templado, los lugareños no toleran un acento extranjero ni sus gestos de cortesía, los carteristas del metro aprisionan a sus víctimas y los despluman, la música no deja de sonar por los rincones de Praga -jazz, blues, reggae, bossanova... dónde y cuándo sea-, mi calle sigue uniendo el solemne puente de Carlos -que nunca me canso de recorrer- y el de la Legión, cuyo parque flotante ha perdido la vistosidad que le otorgó el otoño... Todo sigue vivo por aquí, y sin anhelos de caducarse. Sólo hay que sentarse en el mítico café Louvre, o el Slavia, con una bebida aromática delante, y decidir dónde ir entonces. La vieja plaza del reloj siempre es un recurso a mano, de día o de noche, cuando la silueta de la catedral de Tyn gana enteros en tenebrismo, y desde el corazón de la urbe uno se puede encaminar a cualquier otro órgano: el parque de Petřin, el mayor de los pulmones, la arteria aorta o plaza de Vàclav -que en realidad es una anchísima avenida-, el castillo y sus aledaños, que hacen las veces de masa encefálica y pensante, o el barrio de Vyšehrad, que reciéntemente visité y disfruté, aunque dudo si es un riñón -con piedra preciosa, claro- o el intestino delgado. Quiero pensar que me queda mucho por ver, y he visto bastantes cosas pintorescas ya: un perro paseando a otro, un borracho comprando galones de aceite y un cochecito de policía, un par de checos amables, jovenzuelos jugando al gato y al ratón con los revisores... Aquí las salidas a la calle siempre aseguran cierto número de sucesos extraños, y sólo por ver a los mendigos pidiendo en posición de pídola -por comodidad o porque se les cae la cara de vergüenza- ya vale la pena hacerlo. Así que cojo mi bufanda y guantes, abrigo largo y oscuro, tarjeta de transporte, coronas intercambiables por cerveza, y salgo escaleras abajo, hacia el frío inamovible.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Y tras la cumbre...

Miro por la ventana con la cabeza borboteando y las neuronas apresurándose a empaquetar alfabéticamente todo el género de la temporada, para no empezar la nueva con asuntos pendientes; en mi cuarto suena la música, una canción que dice: "quizás la vida espera sobre la montaña". Me siento a escribir y trato de ordenar sobre folios o píxeles las adquisiciones espirituales y afectivas del año renqueante, como cada vez que un enero o falso renacer se deja ver en lontananza, pero en esta ocasión me desborda la cantidad de tareas, materias de mi ser, y ni sobre el papel soy capaz de recapitular o expresar cada una de ellas bajo una forma que conserve y manifieste todo su poder. La canción añade: "mientras yo espero...", y entonces comprendo mejor su significado, y sé también que no me atañe, porque no llego hoy ni mañana a cumbre alguna, sólo conquisto escalones que sí pudieran llevar a esa hipotética cima -que bien podría ser un abismo-, y entiendo que tampoco espero, no; sigo caminando sin aguardar a que esa vida venga a mí, porque al pie de la montaña sólo llegan las cosas en forma de alud y sepultan a quien no emprende nada.


¿Y cómo voy a obligar a la boca a recrear con sonidos todo aquello que el año me ha aportado si ni diez dedos lo han conseguido? Las vías de transmisión humanas siempre corrompen o sesgan los mensajes, qué le vamos a hacer. No sabría sacar íntegramente las sensaciones producidas por haber visitado nuevos mundos, paraísos, por haber hecho de ellos mi casa y sitio, por haber alcanzado una de las metas más costosas y emprendido un vuelo sin hilos, por haber encontrado un tesoro a los ojos de todos cuando había abandonado la búsqueda y ver cada día que sus riquezas no parecen tener fin. Y los recuerdos de todo ello, recientes e intensos, corretean libremente sin que quiera pedirles calma. Este peldaño contempla a los demás desde las alturas, sus baldosas se ligan con la certeza de la progresión y el ascenso; los próximos estarán cada vez más altos, y la cumbre será eso, una cumbre, pero sólo habrá una, al final, y el viaje a ella ya ha empezado, porque ahora conozco los rudimentos del vuelo y no miro hacia abajo, porque no voy solo, y las maletas casi vacías hacen que sea un viaje y no una huída.

Todo lleva el fantasma de lo irrepetible; es mejor surcar nuevos cielos que repetir eternamente. A todos, de corazón, un nuevo año lleno de paz y futuros e indelebles recuerdos.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Maldito duende

Cuando aún dudábamos de la impredictibilidad a la que se supone están sometidas las noches en Praga, recalamos voluntariamente en una lúgubre madriguera de cerveza -teórico manantial de inspiración para artistas y bohemios- conocido como Duende, por recomendación interesada de dos de sus dueños, un fornido cuarentón checo que se filtraba vodka como si de agua se tratase y un pusilánime y engreído ricachón de Washington. Era noche fría, como casi siempre, y la cercanía del río acentuaba la ferocidad del otoño, así que sin vacilar nos adentramos puerta a través hasta la primera sala del local, donde se establecía la barra, tras la cual se parapetaba una camarera de glóbulos rojos en duermevela, quien contemplaba con ojos entornados a la clientela. Ésta había conquistado todas las mesas de la primera estancia, que ya apuntaba maneras en cuanto a aleatoriedad decorativa, por lo que nos desplazamos hasta la segunda mediante un angosto pasillo empedrado que hacía las veces de túnel entre ellas. Bajo la seguridad del arco, escudriñamos antes de sentarnos el panorama que se había coagulado en aquel espacio y aquel tiempo, ambos de dificultosa catalogación, así como los seres que lo estaban digiriendo: un grupúsculo de angloparlantes en una de las cuatro mesas -la primera a la izquierda- y dos hombres de aspecto local en la que tenía a bien descansar al fondo a la derecha. Un coctel de osadía y desconfianza nos llevó a obviar la más cercana y acomodarnos sobre aquella que dormitaba junto a la pared más alejada de la boca que nos había vomitado en ese inclasificable rincón de Praga. Al punto acudió la camarera de la sonrisa enclaustrada, a quien ordenamos dos tragos rubios. Durante su lenta escancia observamos las composición de las paredes ocres que soportaban la baja bóveda: de ellas colgaba graciosamente una colección de imágenes y tallas de naturaleza dispar… un Buda sonriente, una foto de Bruce Lee pintarrajeada, un lienzo colorido gobernado por una virgen indígena que charlaba por un teléfono móvil, un tapiz de Jesucristo amontonando ovejas, unas cortinas de esparto moteadas de pavos reales, un puzle de sus Satánicas Majestades… Nos sirvieron, y entre tanto estudiamos con atención a los dos hombres que conversaban no muy lejos de nosotros, claramente sometidos a la tiranía de las muchas cervezas que sus hígados venían soportando aquella noche. El uno, de unas tres décadas de edad, hablaba con vehemencia al otro, de medio siglo como mínimo, quien callaba absorto sin parecer escuchar la verborrea de su interlocutor y solo asentía de cuando en cuando, probablemente por palabras que ya resonaban en el interior de su mente. Reparamos en que en la única mesa desocupada, donde reposaban tres vasos y sus correspondientes últimos tragos olvidados, se había entronado un joven de aspecto desaseado bajo el embrujo de alguna sustancia perseguida por la ley, el cual se hizo cargo de aquellos tres posos de cebada y volvió a ser engullido por el túnel. Acto seguido, el más joven de los dos vecinos se arrastró hasta nuestra mesa balbuceando en checo, traduciendo después ante nuestros rostros de incomprensión: quería lumbre para prenderse un cigarrillo. No pudimos proporcionárselo, y regresó a su sitio con torpeza, disculpándose exageradamente por haber disturbado nuestra velada. No nos sorprendimos del todo cuando le vimos extraer un mechero del bolsillo de la chaqueta y procurar pira a su cigarro, pero si temimos por la integridad de su compañero cuando trató de encender el que le correspondía a él, confiando en su pulso oscilante, a punto de aplicar la llama a la luenga barba del amigo en vez de al extremo del quebradizo cilindro. Controlamos las risas al tranquilizarnos la extinción del fuego, mientras el joven de la higiene distraída regresaba para dar vida a su marihuana liada en un papel con el vértice incandescente de una de las velas allí congregadas. En la mesa que antes había esquilmado estaban ahora dos hombres algo mayores que nosotros, contemplándonos con ojos pícaros e intenciones no exentas de lascivia, y el más anciano de los vecinos despertaba a su lengua del letargo y gritaba casi a su colega, sin que entendiéramos el motivo de su enfado ni el contenido de sus reproches. Pidió un café, aparentemente harto de la cerveza, para dejar otra vez en coma sus cuerdas vocales y retomar el gesto triste del artista que ha perdido su motivación o su musa. Desaparecieron los observadores de la acera opuesta pero regresó el adorador del cannabis, aún mas hechizado por él, y tras enojarse inexplicablemente con las cortinas de pavos reales, que todavía no habían abierto la boca o las costuras, se colocó una bolsa de plástico en la cabeza y se esfumó, para volver al poco y sentarse a leer un periódico con deficiente atención. En ese instante mi compañero y yo nos miramos, y sin añadir palabra fuimos a la barra, abonamos nuestras cervezas -más caras de lo habitual por una especie de impuesto sobre la inspiración- y nos dejamos caer sobre la acera helada, parpadeando confusos sin saber muy bien qué clase de vórtice espiritual habíamos tenido a bien visitar aquella noche que así comenzó.