Por fin, tras muchos años, he tenido la oportunidad de conocer la afamada ciudad del Támesis. Ciertamente, no me ha decepcionado, tal vez un poco el Big Ben, que en fotos me parecía algo más monumental y cuando lo tuve delante lo concebí como una mole demasiado terrenal, aunque no por ello exenta de beldad arquitectónica, de noche sobre todo. En cuanto se iba el sol -tuvimos esa extraña suerte, ausencia de lluvias y bastantes horas con el astro rey sobre nuestras cabezas- la ciudad se sumergía en una curiosa atmósfera de misterio, cambiaba de cara. De día estaba espléndida, impoluta, especialmente cuando los rayos solares la bañaban, y de noche dejaba un poco de lado el trasiego y la agitación. Según vimos, la vida nocturna de los londinenses no es demasiado convulsa; el último día, a eso de las once, nos fue imposible encontrar un pub abierto en el que tomarnos unas pintas de despedida. Una pena, como también lo fue haber dejado de visitar algunos lugares emblemáticos como Trafalgar Square o Piccadilly Circus, pero que subsanamos con una estupenda caminata de varios kilómetros, la mayoría de ellos recorridos junto a las orillas del Támesis, río que, por otra parte, no me transmitió toda la inspiración que esperaba extraer de él. Tal vez lo peor de esta grata visita fueran los lugareños, tan hieráticos y fríos, impersonales, tan ingleses, vamos. No sabría decir si destilan esa gelidez y apatía porque se las ha contagiado la ciudad, o si la propia ciudad es a veces tan grisácea y sombría porque se lo han pegado los habitantes. Misterios de la vida. Alguien debería decirles que no cuesta tanto sonreír o manifestar algún sentimiento de cercanía, aunque sea por pura educación. Curiosamente, quien más amable se mostró con nosotros fue un mendigo que vimos día tras otro en las cercanías del hotel. Nos lo cruzamos nada más bajar del autobús, y tras asustarnos un poco por su aspecto menesteroso y la zona poco iluminada tuvimos una extraña revelación: aquel hombre era una viva y deteriorada imagen del malogrado Benny Hill. Tuvimos que desechar la forma conocida del orondo humorista, pues el resucitado estaba famélico y cubierto de harapos, escondido tras un generoso y descuidado mostacho. ¿Será un mito su muerte, y ahora practica la mendicidad en el centro de Londres? El caso es que justo antes de marcharnos, en la estación, nos saludó e incluso nos dedicó alguna palabra en un español paupérrimo, pero jovial. Esto atenuó un poco la mala imagen que habíamos formado sobre sus conciudadanos, aunque sólo lo hiciera por un intercambio de peniques, de nuestras manos a las suyas, pero no me voy a entrometer en las motivaciones de cada uno para ser amable y cortés. No dejó de ser una anécdota curiosa; el más educado de toda la ciudad era aquel desarrapado y gentil sintecho, o quizás todos los pobres de Londres fuesen las mejores personas de la zona, o cuanto menos las más afables y cordiales. Respecto a esto, nos llamó poderosamente la atención que en las repisas de los escaparates y soportales hubiese hileras de pinchos para evitar que se acomodasen sobre ellas dichos personajes, condenados por las autoridades a convertirse en faquires. Ahora me pregunto si el responsable de esto lo hizo para erradicar la pobreza -o al menos ocultarla un poco- o para castigar la buena educación. Son peculiares, desde luego, estos ingleses. Como vimos, todos tenemos lo nuestro, en cualquier parte de Europa y del mundo. Es absurdo intentar ser perfecto, no parece merecer la pena. Fue una gran escapada de fin de semana y resultó agradable compartirla, si bien echamos de menos a quienes no pudieron sumarse a la expedición. Pero bueno, la vida es larga y hay tantos sitios para visitar que jamás los conoceremos todos. La próxima huída seremos más.

